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La pascua del Coronel Arnaud Beltrame

Artículo escrito por nuestro Arzobispo, Monseñor Juan del Rio, y publicado en: 21 rs/ la revista cristiana de hoy 

¡Emocionaos, alegraos!
porque su nombre está inscrito para siempre en el cielo, en el corazón de Dios”.
Estos versos abrieron el 29 de marzo, Jueves Santo, a las 11 de la mañana, la celebración de la Pascua del Coronel Arnaud Beltrame, en la catedral de San Miguel de Carcassonne.

Arnaud Beltrame, que con este nombre ha entrado en la eternidad de ese Dios al que conoció ya adulto, se enfrentó a una situación que por su trabajo como gendarme cabía dentro de lo posible. Un terrorista tenía como rehenes, en un supermercado, a cuatro hombres y una mujer. Arnaud Beltrame se ofreció para ocupar el puesto de la mujer y, en el intento de reducir al terrorista, recibió varios disparos que le causaron la muerte unas horas más tarde.

El presidente Macron lo nombró Coronel y le concedió el título de Comendador de la Legión de Honor a título póstumo, máxima distinción francesa, en el transcurso del homenaje civil celebrado la víspera, en el Palacio Nacional de los Inválidos, en París. El discurso del Presidente no está lejos de ese sentimiento religioso que se está despertando lentamente en Francia: “Tomó una decisión que no solo era la del sacrificio, sino ante todo la de la fidelidad a uno mismo, la fidelidad a sus propios valores, la fidelidad a todo lo que siempre había sido y quería ser. A todo lo que lo sostenía”, dijo el presidente Macron. Al finalizar añadió: “Vivirá en vosotros, en vuestra memoria y en vuestras oraciones”.

Un nuevo Maximiliano Kolbe. El acto de Arnaud no era nuevo para él. En Irak, ante una situación similar, su reacción fue idéntica. Varios medios franceses han visto en el comportamiento del coronel Beltrame, el eco de Maximiliano Kolbe en el campo de concentración. No se trata de un gesto impulsivo ya que conocía muy bien el riesgo y el peligro que entrañaba tal decisión.

Sin embargo, el gesto del gendarme ha tenido una gran proyección. Quienes le conocían bien, vieron una consecuencia lógica de su forma de ser. Según un compañero y amigo de la gendarmería: “era completo en todo, en su vida, en su trabajo y en sus íntimas convicciones religiosas”. Un cristianismo que Arnaud descubrió cuando tenía 33 años, en la peregrinación anual del ejército a Lourdes, y que sólidamente se fue asentando en su vida hasta dar forma a su manera de ser.

Solía acudir los domingos a la parroquia de Saint Gervais d’Avranche donde ocupaba un discreto rincón. Sin embargo, cuando los gendarmes celebraban allí la fiesta de Santa Genoveva, su patrona, Arnaud encabezaba el grupo de asistentes. Había hecho el Camino de Santiago: “Cuando camino medito”, le decía a su esposa y a un buen amigo; por dos veces, había recorrido a pie la Bretaña parando en las capillas que encontraba y, por supuesto, en el santuario de Saint Anne d’Auray, donde en 2015, le pidió a María encontrar a la mujer de su vida. En la Pascua de 2016, en la abadía cisterciense de Timadeuc, en Bretaña, celebró la fiesta de su compromiso con Marielle. Verdaderamente todo en la vida de Arnaud ha sido testimonio de su fe.

21 se ha puesto en contacto con los Canónigos Regulares de la Madre de Dios, en la abadía de Santa María de Lagrasse, quienes nos han enviado y autorizado a hacer uso de la homilía del P. Jean-Baptiste así como del comunicado entregado a la prensa.

El P. Jean-Baptiste conocía muy bien a Arnaud y a su esposa Marielle, y llevaba con ellos cerca de dos años preparando su matrimonio cristiano. Prueba de ello son algunas de sus palabras en la homilía del funeral: “En el hospital, estábamos reunidos los tres como para el matrimonio que debía celebrarse próximamente y, lo que celebramos en su lugar fue la unción de enfermos. Dentro de dos meses debería haber presidido la alegría del matrimonio de Arnaud y Marielle y aquí estoy, celebrando su funeral”.

“Tenía 36 años cuando recibió por primera vez la comunión y el sacramento de la confirmación. Desde ese día no ocultó nunca la alegría de la fe redescubierta […] Ha ofrecido su vida para que parase la muerte. La creencia del terrorista le obligaba a matar; la fe cristiana de Arnaud le invitaba a salvar, ofreciendo su vida si era necesario […] Querida Marielle, en vuestra casa, que bendije el pasado 16 de diciembre, teníais reservada una pequeña habitación como oratorio donde rezabais juntos”.

Finalizó la homilía con una reinterpretación de la oración de san Francisco de Asís: “Como Arnaud diría y con él, repetimos: […] 'Donde haya desesperanza, pongamos esperanza. Donde está la tristeza, pongamos Alegría'”.

A la pregunta de 21 sobre que el riesgo que corría no le afectaba solamente a él sino también a su esposa, el P. Jean-Baptiste nos remitió a la explicación que daba en el comunicado de prensa que transmitió a los medios y que amablemente nos hizo llegar: “Solamente la fe puede explicar tal decisión de afrontar un sacrificio así. Sabía que Jesús dijo que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn 15,13). Sabía que, si su vida ya pertenecía a Marielle, también pertenecía a Dios, a Francia, a sus hermanos en peligro de muerte… Creo que solo la fe cristiana movida por la caridad podía pedirle este sacrificio sobrehumano”.

Marielle, una mujer enamorada y llena de esperanza. Según comentó el redactor jefe de La Vie, Jean-Pierre Denis a esta revista, “si el testimonio de Arnaud ha sido hasta dar la vida, el de su esposa, con la que se casó por lo civil en 2016, también ha sido muy generoso”. Las declaraciones de Marielle a La Vie causaron más conmoción por lo que no dijo que por lo que dijo: “Cuando colgué el teléfono -comentó Jean-Pierre Denis en su editorial- tras hablar con ella, retuve más los silencios que expresaban lo indecible. Escuché la admiración desgarradora de una enamorada ennoblecida por la esperanza de una cristiana. La inmensidad del bien ocupa todo su corazón: sin odio, sin sombra. Me pidió que le leyera las notas que había tomado y, tras un momento de reflexión, me pidió que cambiara el final. ¡Y qué final! Marielle no se queda en el Viernes Santo, va más allá: Llena de esperanza espero celebrar la Pascua de resurrección con él”. Amor y esperanza, inseparables.

Muchos franceses creyentes han percibido en el heroico gesto de Arnaud, resonancias bíblicas: su propio sacrificio en beneficio de otros. Para los no creyentes la heroicidad del Coronel Beltrame ha puesto de manifiesto un horizonte moral que revaloriza la vida, le da un sentido y la abre a una trascendencia de la que el hombre moderno está muy necesitado.

El testimonio de fe y coherencia de vida que ha dejado el Coronel Arnaud Beltrame es incuestionable. Como dijo su esposa, “en Arnaud no se podía separar al gendarme del cristiano”. Ser militar y creyente no es incompatible.

Entre 2014 y 2016 realizó un curso en la Escuela Europea de Inteligencia Económica, en Versalles. Uno de sus profesores, lo recuerda así: “Me quedé atónito al conocer su muerte, pero no me sorprendió. Tenía un sentido del sacrificio y de la entrega muy agudo. Su ideal era servir a su país. Era muy sonriente, amaba la acción, pero era muy profundo. No hablábamos de religión, pero era evidente que se interesaba por la espiritualidad. Se veía su fe, vivía en él. Raramente he encontrado a alguien tan humilde, modesto y, efectivamente, cristiano en su comportamiento”.

Un antes y un después del atentado. Mons. Alain Planet, obispo de Carcassonne-Narbonne celebró la misa del Domingo de Ramos por todas las víctimas en la iglesia de Saint-Étienne, en Trebes, lugar del atentado. Su alcalde, Éric Menassi, de la Unión de Izquierdas, católico practicante, a quien el obispo se dirigió como “querido Éric”, ha sentenciado que “habrá un antes y un después de este atentado”.

Mons. Planet saludó con especial cariño a las familias de las víctimas allí presentes y a todas las autoridades civiles, militares y de las fuerzas de seguridad que habían acudido. También se dirigió a los musulmanes que se acercaron con todo respeto a manifestar su pesar por lo sucedido y a mostrar su cercanía: “Os saludo hermanos musulmanes de Trebes y de Carcassonne, que habéis querido venir a compartir nuestra pena. Vuestra presencia nos dice que quienes generan odio no ganarán. Junto a vosotros ponemos nuestra confianza en Dios, el clemente y el misericordioso, que nos resucitará de entre los muertos el día de la resurrección”.

Finalizó transmitiendo el sentir que todos los allí congregados querían hacer llegar a las familias de las víctimas: “Una vida dada no puede ser una vida perdida, transciende la desgracia para unirnos más, para creer que la vida es más fuerte que la muerte, para llamarnos a una esperanza que tendrá por signo la fraternidad”. Tras estas palabras, dio lectura al telegrama que el Papa Francisco le había remitido y en el que enviaba su consuelo y oración a las familias de los fallecidos y de los heridos, y hacía especial mención del gesto heroico de Arnaud Beltrame.
Así mismo, Mons. Planet, atendió muy amablemente las preguntas que desde 21 le transmitimos y, aunque a todas no pudo responder por un compromiso de privacidad con la familia, sí nos comentó que, no obstante algunos medios franceses habían considerado la posibilidad de la apertura del proceso de beatificación del Coronel Beltrame, en este tema estaba claro que se remitía a los cinco años que deben pasar entre el fallecimiento y la apertura de la causa y que establece el Código de Derecho Canónico.

El presidente Macron le dedicó unas emotivas palabras en su encuentro con los obispos de Francia: “Cuando llega la hora de la verdad, la parte del ciudadano y la parte del católico arden, en el verdadero creyente, en la misma llama”.

Aunque no hubiera tenido fe su gesto le honraría de por vida por mostrar, a la narcisista sociedad en que vivimos, que todavía hay capacidad de sacrificio como don de sí mismo. Santo o no, ¡quién sabe!, el testimonio de Arnaud es vida. 

Un centinela de la Paz

La muerte violenta del teniente coronel Arnaud Beltrame el pasado 23 de marzo, ha sacudido a la sociedad francesa y a todo el mundo. Este gendarme, de alta preparación militar y católico convencido, se jugó la vida en acto de servicio, en defensa de la seguridad y la paz de su país al intercambiarse por una rehén que estaba en manos de un terrorista yihadista.
Tenemos un fiel ejemplo de entrecruces de los valores castrenses de estar dispuesto a dar incluso la vida por defender a sus compatriotas y la vivencia de la fe en Jesús que nos dijo: “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13). El Papa Francisco calificó su acción como “una gesta generosa y heroica” y el presidente francés Macron reveló su ser militar: “aceptó morir para que el inocente pueda vivir, esa es la esencia de lo que significa ser soldado”.
No hay incompatibilidad entre el mensaje que nos trajo Cristo, el Príncipe de la paz, y la vocación de defender la libertad, la seguridad, la soberanía y el bien de la Patria. ¡No hay contradicción entre ser católico y militar! Más bien ennoblece lo que hay de bueno en el corazón de cada persona y redimensiona lo más genuino castrense. ¡La religión no es un estorbo en la milicia! ¡No está reñida con la sana laicidad! ¡No es la causante de las guerras, sino el principal antídoto contra la violencia y los conflictos! 
La condición militar tiene su base moral en la exigencia de defender los bienes espirituales y materiales de la comunidad nacional. Esta defensa es garante del bien común de la sociedad, presupuesto para la paz y la concordia entre los pueblos. Una prueba evidente de ello: es la gran labor de nuestros soldados en misiones internacionales, luchando contra los males que aquejan a la humanidad actual como es el terrorismo yihadista. Ellos nos están defendiendo a muchos kilómetros de nuestras fronteras, pero también los tenemos cercanos a nuestras casas, a fin de evitar actos ignominiosos, como los del supermercado de la ciudad de Trèbes, en el sur de Francia y en otros lugares del planeta.
Con cuanta razón san Juan Pablo II, en el Jubileo de los militares en el año 2000, definió a estos como “centinelas de la paz que escrutan el horizonte para evitar el peligro y promover por todas las partes la justicia y la paz”. ¡El policía Arnaud Beltrame, fue uno de ellos!

Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España

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