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El problema de la educación hoy. Como colaborar desde la comunidad cristiana.

Hoy no podemos decir que educar en la fe sea algo fácil. Educar, en general, siempre fue una labor difícil. La Iglesia ha trabajado este ámbito educativo siempre, como un servicio al hombre de cada tiempo, tratando de construir humanidad y transmitir -como no- la vida cristiana en mitad de la ciudad terrena.

Está claro que las dificultades en el orden de la formación de las nuevas generaciones existen y provocan tantas veces consecuencia sociales menos deseables. Hay quien habla de una verdadera emergencia educativa en general, no solo en lo referente a la formación religiosa. En este sentido podemos recordar el discurso del Papa Benedicto XVI, el 27 Junio 2010, a los obispos italianos que trataba sobre este asunto.

La comunidad cristiana, usando el simil del Papa Francisco, es hoy día un hospital de campaña. En el ámbito castrense se entiende muy bien que significa esta metáfora…El hospital de campaña está, no para sanar enfermedades de larga duración o procesos mas prolongados de sanación. El hospital de campaña está para atender las urgencias que hay que solventar con inmediatez, las heridas que sufre el mundo de hoy. Y una de esas urgencias, qué duda cabe, la encontramos en el ámbito educativo y de la familia.

Se habla hoy de fractura intergeneracional, pues se da una falta de transmisión de valores y certezas. El papel de los mayores, tantas veces hoy apartados del núcleo familiar y de los nietos, era un papel de trasnmision de valores tradicionales y de una memoria de la propia familia. Esto ya se da con dificultad.

La relación entre padres e hijos también se encuentra afectada, con las dificultades que existen en tantos matrimonios.

El nudo problemático radica en la dificultad de ser hijo en la familia, de crecer y de hacerse verdaderamente persona en el ámbito familiar. Existe la dificultad del dialogo y el desarrollo de una comunicación intergeneracional. De ahí resulta laboriosa la formación de la propia identidad y de la proyectación personal, con una difícil integración entre racionalidad y emotividad, inteligencia y afectividad, entre el impulso y la intencionalidad.

En forma restrictiva -desde un punto de vista menos positivo- la educación tiende ampliamente a reducirse a la mera transmisión de habilidades o capacidades para hacer (tecnicismo), mientras que el deseo de felicidad de las nuevas generaciones se trata de cubrir con una sobreabundancia de bienes de consumo y de gratificaciones efímeras.Se prima lo técnico sobre los valores morales.

En el contexto actual donde prima la globalización, el relativismo, el subjetivismo o el nihilismo, donde el fundamentalismo echa también sus raíces, hemos de tener clara cual es la finalidad de la educación desde el punto de vista cristiano, y actuar con la diligencia que urge en el hoy de nuestro mundo.

En este sentido recordar como expresaba el Papa emérito cual es la finalidad educativa:

“La formación de la persona es para hacerla capaz de vivir en plenitud y de aportar la propia contribución al bien de la comunidad” (Benedicto XVI, Roma Junio 2007).

En todo caso no vamos a ser voceros de calamidades. Ante estas dificultades comentadas, la cuestión es qué podemos hacer, comenzando desde el mismo núcleo familiar. Así pues se trata de hacer patente toda la potencialidad interior que lleva consigo cada persona, de hacerla crecer en su humanidad y convertirla en cooperante de la propia sociedad

Lo primero, trabajar en este tema con la cercanía y confianza que nacen del amor. Amar supone facilitar el camino y la estructura al ser humano.

Para educar debemos dar algo de nosotros mismos. No podemos quedar ajenos al propio acto educativo. Se precisa verdadera implicación que suponga donación de algo de nosotros mismos.

No se trata de facilitar los instrumentos técnicos necesarios para un “funcionar” en la vida, esto es decir, nociones e información teórica. Existe una necesidad urgente de ofrecer respuestas sobre la verdad de la vida misma. Como basamento moral y conductual debemos formar personas no frágiles o poco generosas, sino con capacidad para sobrellevar las dificultades de la vida, de saber amar y sufrir juntos. Esto supone una relación educativa que sepa valorar el justo equilibrio entre libertad y responsabilidad, libertad y disciplina de vida.

La referencia del educador es fundamental como fruto de la experiencia y la competencia, con el testimonio de una vida coherente de amor, verdad y bien. Esto sin olvidar la propia responsabilidad del educando que va creciendo conforme se desarrolla su vida.

Otra dimensión a considerar seria el influjo necesario sobre la cultura social, a través de los medios de comunicación y las redes. Es un trabajo que supone incentivar el ámbito social para que sea favorable a una verdadera educación.

El alma de la educación cristiana, como de toda la vida, precisa cimentarse sobre una esperanza razonable. No podemos educar sin esperanza, sin Dios. Y esto para nosotros mismos y para los demás.

El Papa Francisco recuerda “Transmitir conocimientos, modos de hacer, transmitir valores. A través de estos elementos se transmite la fe. También dice que “el educador debe estar a la altura de los educandos, debe preguntarse como anunciar a Jesucristo a una generación que cambia”, señalando que la tarea educativa hoy es algo clave y fundamental (Roma 29 Nov 2013).

 

Manuel Gómez.
Delegado para la Catequesis y Nueva Evangelización.

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