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El pasado viernes 9 de septiembre, la Agrupación de Apoyo Logístico Nº81 de la isla de Tenerife ha celebrado los actos de relevo de mando del Grupo Logístico de dicha unidad.

Los actos comenzaron en el Acuartelamiento Ofra-Vistabella a las 11,45 horas con una Eucaristía de acción de gracias oficiada por el capellán castrense Marcos J. Albertos y presidida por el jefe de la Agrupación, coronel José Luis Bragado Candil.

Cáritas Castrense de Tenerife, en el mes de junio, hizo una campaña de recogida de alimentos en todas las unidades de la plaza de esta isla, que luego fueron entregando a aquellas personas que mas lo necesitaban que realizan sus funciones en dichas unidades y en la Guardia Civil.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En el pasaje del Evangelio de Lucas de la Liturgia de este domingo, un hombre le pregunta a Jesús: «¿Son pocos los que se salvan?» Y el Señor responde: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha» (Lc 13,24). La puerta estrecha es una imagen que podría asustarnos, como si la salvación fuera destinada solo a pocos elegidos o a los perfectos. Pero esto contradice lo que Jesús nos ha enseñado en muchas ocasiones; de hecho, poco más adelante, Él afirma: «Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios» (v. 29). Por lo tanto, esta puerta es estrecha, ¡pero está abierta a todos! No hay que olvidar esto: a todos. ¡La puerta está abierta a todos!

Para entenderlo mejor, hay que preguntarse qué es esta puerta estrecha. Jesús extrae la imagen de la vida de esa época y, probablemente, se refiere a que, cuando llegaba el atardecer, las puertas de la ciudad se cerraban y solo quedaba abierta una, más pequeña y más estrecha: para regresar a casa se podía pasar únicamente por ahí.

Pensemos, pues, en cuando Jesús dice: «Yo soy la puerta. Si uno entra por mí, estará a salvo» (Jn 10,9). Nos quiere decir que, para entrar en la vida de Dios, en la salvación, hay que pasar a través de Él, no de otro, de Él; acogerlo a Él y a su Palabra. Así como para entrar en la ciudad, había que “medirse” con la única puerta estrecha que permanecía abierta, del mismo modo, la vida del cristiano es una vida “a medida de Cristo”, fundada y moldeada en Él. Esto significa que la vara de medir es Jesús y su Evangelio: no lo que pensamos nosotros, sino lo que nos dice Él. Así que se trata de una puerta estrecha no por ser destinada a pocas personas, sino porque pertenecer a Jesús significa seguirle, comprometer la vida en el amor, en el servicio y en la entrega de uno mismo como hizo Él, que pasó por la puerta estrecha de la cruz. Entrar en el proyecto de vida que Dios nos propone implica limitar el espacio del egoísmo, reducir la arrogancia de la autosuficiencia, bajar las alturas de la soberbia y del orgullo, vencer la pereza para correr el riesgo del amor, incluso cuando supone la cruz.

Para ser concretos, pensemos en esos gestos cotidianos de amor que llevamos adelante con esfuerzo: pensemos en los padres que se dedican a los hijos haciendo sacrificios y renunciando al tiempo para sí mismos; en los que se ocupan de los demás y no solo de sus propios intereses, ¡cuánta gente es así, buena!; pensemos en quien se dedica al servicio de los ancianos, de los más pobres y de los más frágiles; pensemos en quien sigue trabajando con esfuerzo, soportando dificultades y tal vez incomprensiones; pensemos en quien sufre a causa de la fe, pero continúa rezando y amando; pensemos en los que, en lugar de seguir sus instintos, responden al mal con el bien, encuentran la fuerza para perdonar y el valor para volver a empezar. Solo son algunos ejemplos de personas que no eligen la puerta ancha de su conveniencia, sino la puerta estrecha de Jesús, de una vida entregada en el amor. Estas personas, dice hoy el Señor, serán reconocidas por el Padre mucho más de los que se creen ya salvados y, en realidad, son los «malhechores» (Lc 13,27).

Hermanos y hermanas, nosotros, ¿de qué lado queremos estar? ¿Preferimos el camino fácil de pensar exclusivamente en nosotros mismos o elegimos la puerta estrecha del Evangelio, que pone en crisis nuestros egoísmos, pero nos vuelve capaces de acoger la vida verdadera que viene de Dios y que nos hace felices? ¿De qué lado estamos? Que la Virgen, que siguió a Jesús hasta la cruz, nos ayude a medir nuestra vida basándonos en Él, para entrar en la vida llena y eterna.


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo de cerca con preocupación y dolor la situación que se ha creado en Nicaragua y que afecta a personas e instituciones. Quisiera expresar mi convicción y mi deseo de que, por medio de un diálogo abierto y sincero, se puedan encontrar aún las bases para una convivencia respetuosa y pacífica. Pidamos al Señor, por la intercesión de la Purísima, que inspire en los corazones de todas las partes esta concreta voluntad.

Hermanos y hermanas, os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países: familias, grupos parroquiales, asociaciones. En particular, saludo a la comunidad del Pontificio Colegio Norteamericano, especialmente a los nuevos seminaristas que acaban de llegar, y los exhorto al compromiso espiritual y a la fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. Saludo a las consagradas del Ordo virginum y las animo a dar testimonio con alegría del amor de Cristo.

Saludo a los fieles de Verona, Trevignano, Pratissolo; a los jóvenes de Paternò, Lequile y a los del camino de la Via lucis que, apoyados por el ejemplo de los santos de “la puerta de al lado”, se encontrarán con los pobres que viven cerca de las estaciones del tren. Y también un saludo a los muchachos de la Inmaculada.

Perseveremos en la cercanía y en la oración por el querido pueblo ucraniano, que está viviendo una inmensa crueldad.

Os deseo un feliz domingo y por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En el pasaje del Evangelio de Lucas de la Liturgia de este domingo, un hombre le pregunta a Jesús: «¿Son pocos los que se salvan?» Y el Señor responde: «Esforzaos por entrar por la puerta estrecha» (Lc 13,24). La puerta estrecha es una imagen que podría asustarnos, como si la salvación fuera destinada solo a pocos elegidos o a los perfectos. Pero esto contradice lo que Jesús nos ha enseñado en muchas ocasiones; de hecho, poco más adelante, Él afirma: «Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios» (v. 29). Por lo tanto, esta puerta es estrecha, ¡pero está abierta a todos! No hay que olvidar esto: a todos. ¡La puerta está abierta a todos!

Para entenderlo mejor, hay que preguntarse qué es esta puerta estrecha. Jesús extrae la imagen de la vida de esa época y, probablemente, se refiere a que, cuando llegaba el atardecer, las puertas de la ciudad se cerraban y solo quedaba abierta una, más pequeña y más estrecha: para regresar a casa se podía pasar únicamente por ahí.

Pensemos, pues, en cuando Jesús dice: «Yo soy la puerta. Si uno entra por mí, estará a salvo» (Jn 10,9). Nos quiere decir que, para entrar en la vida de Dios, en la salvación, hay que pasar a través de Él, no de otro, de Él; acogerlo a Él y a su Palabra. Así como para entrar en la ciudad, había que “medirse” con la única puerta estrecha que permanecía abierta, del mismo modo, la vida del cristiano es una vida “a medida de Cristo”, fundada y moldeada en Él. Esto significa que la vara de medir es Jesús y su Evangelio: no lo que pensamos nosotros, sino lo que nos dice Él. Así que se trata de una puerta estrecha no por ser destinada a pocas personas, sino porque pertenecer a Jesús significa seguirle, comprometer la vida en el amor, en el servicio y en la entrega de uno mismo como hizo Él, que pasó por la puerta estrecha de la cruz. Entrar en el proyecto de vida que Dios nos propone implica limitar el espacio del egoísmo, reducir la arrogancia de la autosuficiencia, bajar las alturas de la soberbia y del orgullo, vencer la pereza para correr el riesgo del amor, incluso cuando supone la cruz.

Para ser concretos, pensemos en esos gestos cotidianos de amor que llevamos adelante con esfuerzo: pensemos en los padres que se dedican a los hijos haciendo sacrificios y renunciando al tiempo para sí mismos; en los que se ocupan de los demás y no solo de sus propios intereses, ¡cuánta gente es así, buena!; pensemos en quien se dedica al servicio de los ancianos, de los más pobres y de los más frágiles; pensemos en quien sigue trabajando con esfuerzo, soportando dificultades y tal vez incomprensiones; pensemos en quien sufre a causa de la fe, pero continúa rezando y amando; pensemos en los que, en lugar de seguir sus instintos, responden al mal con el bien, encuentran la fuerza para perdonar y el valor para volver a empezar. Solo son algunos ejemplos de personas que no eligen la puerta ancha de su conveniencia, sino la puerta estrecha de Jesús, de una vida entregada en el amor. Estas personas, dice hoy el Señor, serán reconocidas por el Padre mucho más de los que se creen ya salvados y, en realidad, son los «malhechores» (Lc 13,27).

Hermanos y hermanas, nosotros, ¿de qué lado queremos estar? ¿Preferimos el camino fácil de pensar exclusivamente en nosotros mismos o elegimos la puerta estrecha del Evangelio, que pone en crisis nuestros egoísmos, pero nos vuelve capaces de acoger la vida verdadera que viene de Dios y que nos hace felices? ¿De qué lado estamos? Que la Virgen, que siguió a Jesús hasta la cruz, nos ayude a medir nuestra vida basándonos en Él, para entrar en la vida llena y eterna.


Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigo de cerca con preocupación y dolor la situación que se ha creado en Nicaragua y que afecta a personas e instituciones. Quisiera expresar mi convicción y mi deseo de que, por medio de un diálogo abierto y sincero, se puedan encontrar aún las bases para una convivencia respetuosa y pacífica. Pidamos al Señor, por la intercesión de la Purísima, que inspire en los corazones de todas las partes esta concreta voluntad.

Hermanos y hermanas, os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países: familias, grupos parroquiales, asociaciones. En particular, saludo a la comunidad del Pontificio Colegio Norteamericano, especialmente a los nuevos seminaristas que acaban de llegar, y los exhorto al compromiso espiritual y a la fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. Saludo a las consagradas del Ordo virginum y las animo a dar testimonio con alegría del amor de Cristo.

Saludo a los fieles de Verona, Trevignano, Pratissolo; a los jóvenes de Paternò, Lequile y a los del camino de la Via lucis que, apoyados por el ejemplo de los santos de “la puerta de al lado”, se encontrarán con los pobres que viven cerca de las estaciones del tren. Y también un saludo a los muchachos de la Inmaculada.

Perseveremos en la cercanía y en la oración por el querido pueblo ucraniano, que está viviendo una inmensa crueldad.

Os deseo un feliz domingo y por favor no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

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FOLCLORE POPULAR

Artículo publicado en la sección de “Opinión” de “El Diario Montañés” el 24 de agosto del 2022
Alberto Gatón Lasheras, “Torancés Ilustre” del año 2022. Capellán Militar.

“Un pueblo que no sabe su historia está condenado a irrevocable muerte”, Menéndez-Pelayo, “Historia de las Ideas estéticas de España”.

Escribo este artículo mientras una lluvia fina empapa los agostados campos desde los ayuntamientos de Luena hasta Puente Viesgo, pasando por Corvera y Santiurde de Toranzo. Después de muchos días de sequía, el ocaso se diluyó entre el cielo y las cimas en este valle de recia personalidad y privilegiada historia amparada al regazo glaciar escavado por el río Pas: Toranzo. En sus hermosos y nobles pueblos escribieron Quevedo, Lope de Vega y Calderón de la Barca, maestros canteros labraron en el medioevo el recoleto templo románico de Villasevil donde Juan de Aragón y Castilla casó con la princesa Margarita de Austria, y ante cuyo Sagrario hincó la rodilla el todopoderoso Emperador Carlos I de España y de Alemania, y en el siglo pasado esculpieron la parroquia neorrománica de Puente Viesgo, orgullosas casonas ostentan escudos de antigua nobleza y, rasgando el horizonte de sus praderías, se recorta la silueta del enigmático convento del Soto y el prodigio arquitectónico de su octogonal torre. Valle de Toranzo que es página y libro de la historia no sólo de Cantabria sino, también, de España.

Cultos en Honor de María Santísima de la Victoria

El mes de agosto, es un mes intenso en la Parroquia y en la Cofradía de la Expiración, con diversos actos programados para dar Culto a su Titular María Santísima de la Victoria como preparación al día grande de la Virgen, la Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡feliz fiesta!

Hoy, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, el Evangelio nos ofrece el diálogo entre ella y su prima Isabel. Cuando María entra en la casa y saluda a Isabel, le dice: “Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre” (Lc 1,42). Estas palabras, llenas de fe y alegría y asombro, se han convertido en parte del “Ave María”. Cada vez que rezamos esta oración, tan hermosa y conocida, hacemos como Isabel: saludamos a María y la bendecimos, porque ella nos trae a Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de la liturgia de hoy hay una expresión de Jesús que siempre nos impacta y nos cuestiona. Mientras está en camino con sus discípulos, Él dice: “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49). ¿De qué fuego está hablando? ¿Y qué significan estas palabras hoy para nosotros, este fuego que nos trae Jesús?

Como sabemos, Jesús vino a traer el Evangelio al mundo, es decir, la buena noticia del amor de Dios por cada uno de nosotros. Por eso, nos está diciendo que el Evangelio es como un fuego, porque es un mensaje que, cuando irrumpe en la historia, quema los viejos equilibrios de la vida, quema los viejos equilibrios de la vida, nos desafía a salir del individualismo, nos desafía a superar el egoísmo, nos desafía a pasar de la esclavitud del pecado y de la muerte a la vida nueva del Resucitado, de Jesús Resucitado. En otras palabras, el Evangelio no deja las cosas como están; cuando pasa el Evangelio, y es escuchado y acogido, las cosas no se quedan como están. El Evangelio incita al cambio e invita a la conversión. No concede una falsa paz intimista, sino que enciende una inquietud que nos pone en camino, nos impulsa a abrirnos a Dios y a los hermanos. Es exactamente como el fuego: mientras nos calienta con el amor de Dios, quiere quemar nuestros egoísmos, iluminar los lados oscuros de la vida -¡todos los tenemos, eh!-, consumir los falsos ídolos que nos hacen esclavos.

Siguiendo las huellas de los profetas bíblicos -pensemos, por ejemplo, en Elías y Jeremías-, Jesús está inflamado por el fuego del amor de Dios y, para hacerlo arder en el mundo, se entrega él mismo el primero de todos, amando hasta el extremo, es decir, incluso hasta la muerte y la muerte de cruz (cf. Flp 2,8). Él está lleno del Espíritu Santo, que se asemeja al fuego, y con su luz y su poder revela el rostro misericordioso de Dios y da plenitud a los que se consideran perdidos, derriba las barreras de las marginaciones, cura las heridas del cuerpo y del alma, renueva una religiosidad reducida a prácticas externas. Por eso es fuego: cambia, purifica.

Entonces, ¿qué significa para nosotros, para cada uno de nosotros -para mí, para ustedes, para ti-, qué significa para nosotros esa palabra de Jesús, acerca del fuego? Nos invita a reavivar la llama de la fe, para que no se convierta en una realidad secundaria, o en un medio de bienestar individual, que nos lleve eludir los desafíos de la vida y del compromiso en la Iglesia y en la sociedad. En efecto -decía un teólogo-, la fe en Dios “nos tranquiliza, pero no del modo que quisiéramos: es decir, no para procurarnos una ilusión paralizante o una satisfacción dichosa, sino para permitirnos actuar” (Sulle vie di Dio, Milán 2008, 184). La fe, en definitiva, no es una “canción de cuna” que nos adormece. ¡La fe veradera es un fuego, un fuego encendido para mantenernos despiertos y activos incluso en la noche!

Entonces podemos preguntarnos: ¿Soy un apasionado por el Evangelio? ¿ Yo leo a menudo el Evangelio? ¿Lo llevo conmigo? La fe que profeso y celebro, ¿me sitúa en una tranquilidad feliz o enciende en mí el fuego del testimonio? También podemos preguntarnos como Iglesia: en nuestras comunidades, ¿arde el fuego del Espíritu, la pasión por la oración y la caridad, la alegría de la fe, o nos dejamos arrastrar por el cansancio y las costumbres, con el rostro apagado y el lamento en los labios y los chismes de cada día? ¿Así? Hermanos y hermanas, revisemos esto, para que también nosotros podamos decir como Jesús: Estamos inflamados por el fuego del amor de Dios y queremos “lanzarlo” al mundo, llevarlo a todos, para que cada uno descubra la ternura del Padre y experimente la alegría de Jesús, que ensancha el corazón -¡y Jesús ensancha el corazón!- y hace bella la vida. Recemos por ello a la Santísima Virgen: que ella, que acogió el fuego del Espíritu Santo, interceda por nosotros.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas

Deseo llamar la atención sobre la grave crisis humanitaria que afecta a Somalia y a algunas zonas de sus países vecinos. Las poblaciones de esta región, que ya viven en condiciones muy precarias, están ahora bajo peligro mortal a causa de la sequía. Espero que la solidaridad internacional pueda responder eficazmente a esta emergencia. Por desgracia, la guerra desvía la atención y los recursos, pero estos son los objetivos que exigen el mayor compromiso: la lucha contra el hambre, la salud, la educación.

Los saludo cordialmente a ustedes, fieles de Roma y peregrinos de varios países. ¡Veo banderas polacas, ucranianas, francesas, italianas y argentinas! Tantos peregrinos. Saludo, en particular, a los educadores y catequistas de la unidad pastoral de Codevigo (Padua), a los universitarios del Movimiento Juvenil Salesiano de Triveneto y a los jóvenes de la unidad pastoral de Villafranca (Verona).

Y un pensamiento especial para los numerosos peregrinos que se han reunido hoy en el Santuario de la Divina Misericordia de Cracovia, donde hace veinte años san Juan Pablo II hizo el Acto de Consagración del mundo a la Divina Misericordia. Hoy más que nunca vemos el significado de ese gesto, que queremos renovar en la oración y en el testimonio de vida. La misericordia es el camino de la salvación para cada uno de nosotros y para el mundo entero. Y pedimos al Señor, especial misericordia, misericordia y piedad para el martirizado pueblo ucraniano.

Les deseo a todos un buen domingo. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Que tengan un buen almuerzo y hasta pronto, también a los muchachos de la Inmaculada.

 

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de la Liturgia de hoy, Jesús habla a los discípulos para tranquilizarles de todo temor e invitarlos a estar alerta. Son dos las exhortaciones fundamentales que les dirige: la primera es «no temas, pequeño rebaño» (Lc 12,32); la segunda «estén preparados» (v. 35). “No temas” y “estén preparados”. Se trata de dos palabras-clave para derrotar los miedos que a veces nos paralizan y para superar la tentación de una vida pasiva, adormecida. “No temas” y “estén preparados”: detengámonos en estas dos invitaciones.

No temas. En primer lugar, Jesús anima a los discípulos. Acaba de terminar de hablarles del cuidado amoroso y providente del Padre, que se preocupa de los lirios del campo y de los pájaros del cielo y, por tanto, mucho más de sus hijos. Por eso no hay que afanarse y agitarse: nuestra historia está firmemente en las manos de Dios. Nos alienta esta invitación de Jesús a no temer. A veces, en efecto, nos sentimos presos de un sentimiento de desconfianza y de angustia: es el miedo a no lograrlo, a no ser reconocidos y amados, el miedo a no conseguir realizar nuestros proyectos, a no ser nunca felices, etc. Y entonces nos afanamos buscando soluciones, para encontrar algún espacio en el que emerger, para acumular bienes y riquezas, para obtener seguridades; ¿y cómo terminamos? Terminamos viviendo en la ansiedad y en la preocupación constante. Jesús, sin embargo, nos tranquiliza: ¡no temáis! Fiaos del Padre, que desea daros todo lo que realmente necesitáis. Ya os ha donado a su Hijo, su Reino, y siempre os acompaña con su providencia, cuidando de cada uno de vosotros cada día. No temas: ¡esta es la certeza a la que atar el corazón! No temas: un corazón atado a esta certeza. No temas.

¡Pero saber que el Señor nos cuida con amor no nos autoriza a dormir, a dejarnos llevar por la pereza! Al contrario, debemos estar despiertos, vigilantes. En efecto, amar significa estar atentos a los demás, darse cuenta de sus necesidades, estar disponibles para escuchar y acoger, estar preparados.

La segunda palabra: «Estén preparados». Es la segunda invitación de hoy. Es sabiduría cristiana. Jesús repite en más de una ocasión esta invitación, y hoy lo hace a través de tres breves parábolas, centradas en un patrón de casa que, en la primera, vuelve sin previo aviso de la boda, en la segunda no quiere dejarse sorprender por los ladrones, y en la tercera vuelve de un largo viaje. En todas, el mensaje es este: es necesario estar despiertos, no dormirse, es decir no estar distraídos, no ceder a la pereza interior, porque, también en las situaciones en las que no lo esperamos, el Señor viene. Tener esta atención al Señor, no estar dormidos. Es necesario estar despiertos.

Y al final de nuestra vida nos pedirá cuentas de los bienes que nos ha encomendado; por esto, vigilar significa también ser responsables, es decir custodiar y administrar esos bienes con fidelidad. Hemos recibido tanto: la vida, la fe, la familia, las relaciones, el trabajo, pero también los lugares en los que vivimos, nuestra ciudad, la creación. Hemos recibido muchas cosas. Tratemos de preguntarnos: ¿cuidamos de este patrimonio que el Señor nos ha dejado? ¿Custodiamos la belleza o usamos las cosas solo para nosotros y para nuestras conveniencias del momento? Tenemos que pensar un poco en esto: ¿somos custodios de lo que se nos ha dado?

Hermanos y hermanas, caminemos sin miedo, en la certeza de que el Señor nos acompaña siempre. Y estemos despiertos, para que no nos durmamos mientras el Señor pasa. San Agustín decía: “Tengo miedo de que el Señor pase y no me dé cuenta”; de estar dormido y no darme cuenta de que el Señor pasa. ¡Estad despiertos! Que nos ayude la Virgen María, que ha acogido la visita del Señor y, con prontitud y generosidad, ha dicho su “he aquí”.

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Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Deseo saludar con satisfacción la partida desde los puertos de Ucrania de las primeras naves cargadas de cereales. Este paso demuestra que es posible dialogar y alcanzar resultados concretos, que benefician a todos. Por tanto, este acontecimiento se presenta también como un signo de esperanza, y deseo de corazón que, siguiendo este camino, se pueda poner fin a los combates y llegar a una paz justa y duradera.

Me enteré con dolor de la noticia del accidente de tráfico que tuvo lugar ayer por la mañana en Croacia: algunos peregrinos polacos que se dirigían a Medjugorje han perdido la vida y otros han resultado heridos. La Virgen interceda por todos ellos y por sus familiares.

Hoy es la jornada culminante de la Peregrinación Europea de los Jóvenes a Santiago de Compostela, aplazada desde el año pasado que fue el Año Santo Compostelano. Con alegría bendigo de corazón a cada uno de los jóvenes que han participado, y bendigo también a los que han trabajado para organizar y acompañar este evento. Que vuestra vida sea siempre un camino: ¡un camino con Jesucristo, un camino hacia Dios y hacia los hermanos, un camino en el servicio y en la alegría!

Y ahora dirijo mi saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países, en particular a los fieles de Malta. Saludo al grupo de Crevalcore, a los jóvenes de la diócesis de Verona y a los del Oratorio “Don Bosco” de Tolmezzo.

Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

 

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El domingo 31 de julio de 2022 quedará marcado para la historia de la Real parroquia Castrense del Santo Ángel Custodio y para toda su feligresía como un día grande e histórico ya que tras seis años fuera del templo debido a las obras de rehabilitación, la parroquia al completo pudo celebrar su vuelta.

Este regreso tan esperado tras aquel 17 de julio de 2016 en que se tuvo que dejar atrás el templo para trasladarse toda la parroquia a la iglesia de Santa Catalina siendo acogido por la feligresía de Nuestra Señora de la Palma, se preparó a conciencia por todos los miembros del Ejército de Tierra y Guardia Civil, las cofradías, las asociaciones y todos los grupos parroquiales.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de la Liturgia de hoy, un hombre dirige esta petición a Jesús: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo» (Lc 12,13). Es una situación muy común, problemas similares siguen estando a la orden del día: ¡cuántos hermanos y hermanas, cuántos miembros de una misma familia se pelean desgraciadamente, y quizás ya no se hablan, a causa de la herencia!

Jesús, respondiendo a ese hombre, no entra en detalles, sino que va a la raíz de las divisiones causadas por la posesión de cosas, y dice claramente: «Guardaos de toda codicia» (v. 15). ¿Qué es la codicia? Es la avidez desenfrenada de bienes, querer enriquecerse siempre. Es una enfermedad que destruye a las personas, porque el hambre de posesión es adictiva. El que tiene mucho nunca está satisfecho: siempre quiere más, y sólo para sí mismo. Pero así ya no es libre: está apegado, es esclavo de lo que paradójicamente debería haberle servido para vivir libre y sereno. En lugar de servirse del dinero, se convierte en un siervo del dinero. Pero la codicia es también una enfermedad peligrosa para la sociedad: por su culpa hemos llegado hoy a otras paradojas, a una injusticia como nunca antes en la historia, donde pocos tienen mucho y muchos tienen poco o nada. Pensemos también en las guerras y los conflictos: el ansia de recursos y riqueza está casi siempre implicada. ¡Cuántos intereses hay detrás de una guerra! Sin duda, uno de ellos es el comercio de armas. Este comercio es un escándalo al que no debemos ni podemos resignarnos.

Jesús nos enseña hoy que, en el fondo de todo esto, no hay sólo unos pocos poderosos o ciertos sistemas económicos: en el centro está la codicia que hay en el corazón de cada uno. Así que preguntémonos: ¿cómo es mi desprendimiento de las posesiones, de las riquezas? ¿Me quejo de lo que me falta o me conformo con lo que tengo? ¿Estoy tentado, en nombre del dinero y las oportunidades, a sacrificar las relaciones y sacrificar el tiempo por los demás? Y también, ¿sacrifico la legalidad y la honestidad en el altar de la codicia? Digo “altar”, altar de la codicia, pero ¿por qué he dicho altar? Porque los bienes materiales, el dinero, las riquezas pueden convertirse en un culto, en una verdadera idolatría. Por eso Jesús nos advierte con palabras fuertes. Dice que no se puede servir a dos señores, y ―prestemos atención― no dice Dios y el diablo, no, ni siquiera el bien y el mal, sino Dios y las riquezas (cf. Lc 16,13). Uno espera que diga que no se puede servir a dos señores, a Dios y al diablo. En cambio, dice: a Dios y a las riquezas. Servirse de las riquezas sí; servir a la riqueza no: es idolatría, es ofender a Dios.

Entonces ―podríamos pensar― ¿no se puede desear ser ricos? Por supuesto que se puede, es más, es justo desearlo, es bueno hacerse rico, ¡pero rico según Dios! Dios es el más rico de todos: es rico en compasión, en misericordia. Su riqueza no empobrece a nadie, no crea peleas ni divisiones. Es una riqueza que ama dar, distribuir, compartir. Hermanos, hermanas, acumular bienes materiales no es suficiente para vivir bien, porque ―repite Jesús― la vida no depende de lo que se posee (cf. Lc 12,15). En cambio, depende de las buenas relaciones: con Dios, con los demás y también con los que tienen menos. Entonces, preguntémonos: ¿cómo quiero enriquecerme? ¿quiero enriquecerme según Dios o según mi codicia? Y volviendo al tema de la herencia, ¿qué herencia quiero dejar? ¿Dinero en el banco, cosas materiales, o gente feliz a mi alrededor, buenas obras que no se olvidan, personas a las que he ayudado a crecer y madurar?

Que la Virgen nos ayude a comprender cuáles son los verdaderos bienes de la vida, los que permanecen para siempre.


Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Ayer por la mañana regresé a Roma tras mi viaje apostólico de seis días a Canadá. Tengo previsto hablar de ello en la audiencia general del próximo miércoles, pero ahora quiero dar las gracias a todos los que han hecho posible esta peregrinación penitencial, empezando por las autoridades civiles, los jefes de los pueblos indígenas y los obispos canadienses. Agradezco sinceramente a todos los que me acompañaron con sus oraciones. Gracias a todos.

También durante el viaje, no dejé de rezar por el pueblo ucraniano, agredido y martirizado, pidiendo a Dios que lo libere del flagelo de la guerra. Si se mira la realidad con objetividad, teniendo en cuenta el daño que cada día de guerra supone para esa población pero también para el mundo entero, lo único razonable sería parar y negociar. Que la sabiduría inspire pasos concretos de paz.

Les dirijo mis saludos a ustedes, romanos y peregrinos. Saludo, en particular, a las novicias Hijas de María Auxiliadora que están a punto de hacer su primera profesión religiosa; al grupo de Acción Católica de Barletta; a los jóvenes de la diócesis de Verona; a los jóvenes de la unidad pastoral “Pieve di Scandiano”; y a los del grupo “Gonzaga” de Carimate, Montesolaro, Figino y Novedrate, que han recorrido la Vía Francígena. En la fiesta de san Ignacio de Loyola extiendo un afectuoso saludo a mis hermanos jesuitas, sigan caminando con celo, con alegría en el servicio del Señor. ¡Sean valientes!

Les deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

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