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3/4/2024 - Miércoles de la Octava de Pascua.

1ª lectura: Te doy lo que tengo: en nombre de Jesús, levántate y anda.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 3, 1‐10.

En aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un
lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera
limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado,
se le quedó mirando y le dijo:

«Míranos».

Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:

«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».

Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en
pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el
pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en
la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Salmo: Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9.

R. Que se alegren los que buscan al Señor.

Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R.

Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R.

Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R.

Aleluya Sal 117, 24

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el día que hizo el Señor;

sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

Evangelio: Lo reconocieron al partir el pan.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 13‐35.

Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús,
distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras
conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de
reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». -

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabe lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: 

‐ «¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo 
lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos
que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad
que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no
habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que
estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero
a él no lo vieron». Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto 
y entrará así en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en
todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él hizo simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». 

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo
dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». 

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus
compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». 

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

2/4/2024 - Martes de la Octava de Pascua.

1ª lectura: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 36‐41.

El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:

«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha
constituido Señor y Mesías». Al oír esto, se les traspaso el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:

«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?». Pedro les contestó:

«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros
pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y para los
que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro». Con estas y otras muchas razones dio testimonio
y los exhortaba diciendo:

«Salvaos de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Salmo: Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22.

R. La misericordia del Señor llena la tierra.

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperarnos de ti. R.

Aleluya Sal 117, 24

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el día que hizo el Señor;
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

Evangelio: He visto al Señor y ha dicho esto.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 11‐18.

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos
ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:

«Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta:

«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero
no sabía que era Jesús. Jesús le dice:

«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:

«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dice:

«¡María!».

Ella se vuelve y le dice:

«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!». Jesús le dice:

«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío
y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”». María Magdalena fue y anunció a los discípulos:

«He visto al Señor y ha dicho esto».

1/4/2024 - Lunes de la Octava de Pascua.

1ª lectura: A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2,14.22‐33.

El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. Israelitas, escuchad
estas palabras: a Jesús Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que
Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis a este, entregado conforme el plan que Dios tenía
establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó,
librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David
dice, refiriéndose a él:

“Veía siempre al Señor delante de mí,
pues está a mi derecha para que no vacile.

Por eso se me alegró el corazón,
exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,
ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.

Me has enseñado senderos de vida,
me saciarás de gozo con tu rostro”.

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre
nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su
trono a un descendiente suyo”, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará
en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”.

A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y
habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Salmo: Sal 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11.

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi bien.»
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.

Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R.

Aleluya Sal 117, 24

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el día que hizo el Señor;
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

Evangelio: Comunicad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 28, 8‐15.

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría, corrieron a
anunciarlo a los discípulos.

De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:

«Alegraos».

Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo:

«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los
sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a
los soldados una fuerte suma, encargándoles:

«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais.

Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros.»
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido
difundiendo entre los judíos hasta hoy.

En la Catedral de la Magdalena, (Getafe) se está desarrollando una Exposición de Escenas de la Pasión de Cristo, organizada por la Asociación Belenista de Getafe.

La Exposición cuenta con un total de 9 escenas de la Pasión de Cristo montadas por el cabo 1º del Ejército de Tierra, Eduardo González Domínguez y un grupo de compañeros pertenecientes a esta asociación belenista y se pude visitar hasta el 7 de abril.

La Asociación de Señoras de Santa Bárbara de la isla de Tenerife continua con su labor social. Este mes de marzo ha donado el dinero conseguido durante el año 2023, repartiéndolo a algunas entidades encargadas de ayudar a los más necesitados.

Una de ellas fue para los hermanos Bethlemitas de la Laguna, orden fundada por el Santo Hermano Pedro de San José, primer santo nativo de las Islas Canarias, y que esta casa de San Cristóbal de La Laguna lleva, desde el año 1986, prestando asistencia de los enfermos y desamparados del municipio de San Cristóbal de La Laguna.

El Arzobispo Castrense de España, Monseñor don Juan Antonio Aznárez, ha presidido hoy lunes 25 de marzo, en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas, la Misa Crismal en la que ha consagrado el santo crisma y ha bendecido el óleo de los enfermos y el de los catecúmenos.

La Eucaristía ha sido concelebrada por el Vicario General don Carlos Jesús Montes, y por un numeroso grupo de capellanes del Arzobispado. Durante la misma, todos ellos han renovado sus promesas presbiterales.

“Me amó y se entregó `por mí” (Gal 2, 20)

Queridos capellanes castrenses, capellanes de la Policía Nacional, sacerdotes colaboradores y fieles todos:

Con Ramos a la vuelta de la esquina inaugurando los días santos que desembocan en el Triduo Pascual, días que, a su vez, culminan en la Vigilia Pascual, os escribo para animaros a vivir intensamente este tiempo de Gracia.

Son muchas las cosas que durante esta semana se nos ofrecerán y vale la pena aprovechar, estemos donde estemos: procesiones, conciertos sacros, representaciones de la Pasión, via crucis, etc…

S. A. R. don Pedro de Borbón-Dos Sicilias, Duque de Calabria, fue el encargado de pronunciar el XVI Pregón de Semana Santa, celebrado el pasado 21 de marzo en una abarrotada Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas, y que contó con la presencia de S.A.R. la infanta doña Elena y de la Princesa doña Ana de Francia, acompañadas por el Arzobispo Castrense de España, don Juan Antonio Aznárez.

25/3/2024 - Lunes Santo, feria.

1ª lectura: No gritará, no voceará por las calles.

Lectura del libro de Isaías 42, 1-7

Así dice el Señor:

«Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él,
manifestará la justicia a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la
quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta
implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas. Esto dice el Señor, Dios, que crea y despliega los cielos,
consolidó la tierra con su vegetación, da el respiro al pueblo que la habita y el aliento a quienes caminan por ella:

«Yo, el Señor, te he llamado en mi justicia, te cogí de la mano, te he formé e hice de ti alianza de un pueblo y
luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los
que habitan en tinieblas».

Salmo: Sal 26, 1. 2. 3. 13-14

R. El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mí vida,
¿quién me hará temblar? R.

Cuando me asaltan los malvados para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios, tropiezan y caen. R.

Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra, me siento tranquilo. R.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor. R.

Versículo

Salve, Rey nuestro,
solo tú te has compadecido de nuestros errores. R.

Evangelio: Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 12, 1-11

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los
muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa.

María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su
cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a
entregar, dice:

«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?».

Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de
lo que iban echando. Jesús dijo:

- «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros,
pero a mí no siempre me tenéis».

Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a
Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.

Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y
creían en Jesús.

1ª lectura: No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedarla defraudado.

Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante
ultrajes ni salivazos.

El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que
no quedaría defraudado.

Salmo: Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere». R.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una anda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R.

Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel». R.

2ª lectura: Se humilló a sí mismo; pero eso Dios lo exaltó sobre todo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11

Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí
mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.

Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al
nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Versículo Cf. Flp 2, 8-9

Cristo se ha hecho por nosotros obediente
hasta la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre. R.

Evangelio: Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 14, 1 - 15, 47

Forma larga y forma breve

EVANGELIO (forma larga)

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos. Mc 14, 1 - 15, 47

Andaban buscando cómo prender a Jesús a ración y darle muerte
Cronista. Faltaban dos días para la Pascua y los Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando
cómo prender a Jesús a traición y darle muerte. Pero decían:

S. «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo».

Se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura
C. Estando Jesús en Letanía, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un
frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y se lo derramó sobre la cabeza. Algunos
comentaban indignados:

S. «¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo
a los pobres».

C. Y reprendían a la mujer. Pero Jesús replicó:

+ «Dejadla, ¿por qué la molestáis? Una obra buena ha hecho conmigo. Porque a los pobres los tenéis siempre
con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre. Ella ha hecho lo que podía;
se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. En verdad os digo que, en cualquier parte del mundo
donde se proclame el Evangelio, se hablará de lo que esta ha hecho, para memoria suya».

Prometieron a Judas Iscariote darle dinero
C. Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a los sumos sacerdotes para entregárselo. Al oírlo, se alegraron y le
prometieron darle dinero. Él andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

¿Cuál es la habitación dónde voy a comer la Pascua con mis disípelos?

C. El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

S. «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?».

C. Él envió a dos discípulos diciéndoles:

+ «Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa
adonde entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua
con mis discípulos?”.

Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí».

C. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua.

Uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo
C. Al atardecer fue él con los Doce. Mientras estaban a la mesa comiendo dijo Jesús:

+ «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo».

C. Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro:

S. «¿Seré yo?».

C. Respondió:

+ «Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo. El hijo del hombre se va, como está escrito;
pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre será entregado!; ¡más le valdría a ese hombre no haber
nacido!».

Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre de la alianza
C. Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo;
+ «Tomad, esto es mi cuerpo».

C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron.

Y les dijo:

+ «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber
del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».

Antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres
C. Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos. Jesús les dijo:

+ «Todos os escandalizaréis, como está escrito; “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”.

Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».

C. Pedro le replicó:

S. «Aunque todos caigan, yo no».

C. Jesús le dice:

+ «En verdad te digo que hoy, esta misma noche, antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres».

C. Pero él insistía:

S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

C. Y los demás decían lo mismo.

Empezó a sentir espanto y angustia
C. Llegan a un huerto, que llaman Getsemaní, y dice a sus discípulos:

+ «Sentaos aquí mientras voy a orar».

C. Se lleva consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir espanto y angustia, y
les dice:

+ «Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad».

C. Y, adelantándose un poco, cayó en tierra y rogaba que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y decía:

+ «¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz.

Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».

C. Vuelve y, al encontrarlos dormidos, dice a Pedro:

+ «Simón ¿duermes?, ¿no has podido velar una hora? Velad y orad, para no caer en tentación; el espíritu está
pronto, pero la carne es débil».

C. De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió y los encontró otra vez dormidos, porque
sus ojos se les cerraban. Y no sabían qué contestarle. Vuelve por tercera vez y les dice:

+ «Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado
en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

C. Todavía estaba hablando, cuando se presenta Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos,
mandada por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:

S. «Al que yo bese, es él: prendedlo y conducidlo bien sujeto».

C. Y en cuanto llegó, acercándosele le dice:

S. «¡Rabbí!»

C. Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo prendieron. Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un
golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:

+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como si fuera un bandido? A diario os estaba enseñando
en el templo y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras».

C. Y todos lo abandonaron y huyeron.

Lo iba siguiendo un muchacho envuelto solo en una sábana; y le echaron mano, pero él, soltando la sábana, se
les escapó desnudo.

¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?

C. Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los escribas y los
ancianos Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del patio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados
a la lumbre para calentarse.

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a Muerte; y
no lo encontraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban. Y
algunos, poniéndose de pie, daban falso testimonio contra él diciendo:

S. «Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este templo, edificado por manos humanas, y en tres
días construiré otro no edificado por manos humanas”».

C. Pero ni siquiera en esto concordaban los testimonios.

El sumo sacerdote, levantándose y poniéndose en el centro, preguntó a Jesús:

S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».

C. Pero él callaba, sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote:

S. «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?».

C. Jesús contestó:

+ «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo».

C. El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice:

S. «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?».

C. Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle y, tapándole la cara, lo abofeteaban y
le decían:

S. «Profetiza».

C. Y los criados le daban bofetadas.

No conozco a ese hombre del que habláis
C. Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llega una criada del sumo sacerdote, ve a Pedro calentándose, lo
mira fijamente y dice:

S. «También tú estabas con el Nazareno, con Jesús».

C. Él lo negó diciendo:

S. «Ni sé ni entiendo lo que dices».

C. Salió fuera al zaguán y un gallo cantó. La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes:

S. «Este es uno de ellos».

C. Pero él de nuevo lo negaba. Al poco rato, también los presentes decían a Pedro:

S. «Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo».

C. Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:

S. «No conozco a ese hombre del que habláis».

C. Y enseguida, por segunda vez, cantó el gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús:

«Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres», y rompió a llorar.

¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno,
hicieron una reunión. Llevaron atado a Jesús y lo entregaron a Pilato.

Pilato le preguntó:

S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C. Él respondió:

+ «Tú lo dices».

C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:

S. «¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan».

C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba extrañado. Por la fiesta solía soltarles un preso, el
que le pidieran.

Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los rebeldes que habían cometido un homicidio en la revuelta. La muchedumbre
que se había reunido comenzó a pedirle lo que era costumbre.

Pilato les preguntó:

S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».

C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.

Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?».

C. Ellos gritaron de nuevo:

S. «Crucifícalo».
C. Pilato les dijo:

S. «Pues ¿qué mal ha hecho?».

C. Ellos gritaron más fuerte:

S. «Crucifícalo».

C. Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para
que lo crucificaran.

Le ponen una corona de espinas, que habían trenzado
C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio -al pretorio- y convocaron a toda la compañía. Lo visten de
púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

S. «¡Salve, rey de los judíos!».

C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminaban la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacan para crucificarlo.

Conducen a Jesús al Gólgota
C. Pasaba uno que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de
Rufo; y lo obligan a llevar la cruz.

Y conducen a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»),
«Fue contado entre los enemigos»
C. y le ofrecían vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucifican y se reparten sus ropas, echándolas a suerte,
para ver lo que se llevaba cada uno.

Era la hora tercia cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos».

Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.

A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar
C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:

S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz».

C. De igual modo, también los sumos sacerdotes comentaban entre ellos, burlándose:

S. «A oros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para
que lo veamos y creamos».

C. También los otros crucificados lo insultaban.

Jesús dando un fuerte grito expiró
C. Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó
con voz potente:

+ «Eloí Eloí, lemario sabqtaní?».

C. (Que significa:

+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).

C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

S. «Mir, llama a Elías».

C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo:

S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo».

C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.

El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

S. «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

C. Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas María la Magdalena,
María la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, las cuales, cuando estaba en
Galilea, lo seguían y servían; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.

José rodó una piedra a la entrada del sepulcro
C. Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro noble
del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de
Jesús.

Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó cie hacía mucho tiempo que
había muerto.

Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió
en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, observaban dónde lo ponían.

EVANGELIO (forma breve)

Pasión de nuestro Señor Jesucristo Mc 15, 1-39

¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron,
Y. atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.

Pilato le preguntó:

S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C. Él respondió:

+ «Tú lo dices».

C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.

Pilato le preguntó de nuevo:

S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti».

C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que
le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta.

La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre.

Pilato les contestó:

S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».

C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.

Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.

Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?».

C. Ellos gritaron de nuevo:

S. «¡Crucifícalo!».

C. Pilato les dijo:

S. «Pues ¿qué mal ha hecho?».

C. Ellos gritaron más fuerte:

S. «¡Crucifícalo!».

C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo,
lo entregó para que lo crucificaran.

Le ponen una corona de espinas, que habían trenzado

C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio -al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de
púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

S. «¡Salve, rey de los judíos!».

C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.

Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.

Conducen a Jesús al Gólgota
C. Pasaba uno que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo; y lo obligan a llevar la
cruz.

Y conducen a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»).

Fue contado entre los enemigos
C. y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a
suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.

Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos».

Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.

A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar
C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:

S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz».

C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:

S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz,
para que lo veamos y creamos».

C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban.

Jesús, dando un fuerte grito, expiró
C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó
con voz potente:

+ «Eloí, Eloí, lemá sabaqtaní».

C. Que significa:

+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

S. «Mira, está llamando a Elías».

C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba
de beber, diciendo:

S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo».

C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.

El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

S. «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

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