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¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El Evangelio de la Liturgia de hoy nos habla del vínculo que hay entre el Señor y cada uno de nosotros (cfr. Jn 10,27-30). Para hacerlo, Jesús utiliza una imagen tierna, una imagen hermosa, la del pastor que está con las ovejas. Y la explica con tres verbos: «Mis ovejas —dice Jesús— escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen» (v. 27). Tres verbos: escuchar, conocer, seguir. Veamos estos tres verbos.

En primer lugar las ovejas escuchan la voz del pastor. La iniciativa viene siempre del Señor; todo parte de su gracia: es Él que nos llama a la comunión con Él. Pero esta comunión nace si nosotros nos abrimos a la escucha; si permanecemos sordos no nos puede dar esta comunión. Abrirse a la escucha porque escuchar significa disponibilidad, significa docilidad, significa tiempo dedicado al diálogo. Hoy estamos abrumados por las palabras y por la prisa de tener que decir o hacer algo siempre; es más, cuántas veces dos personas están hablando y una no espera que la otra termine el pensamiento, la corta a mitad de camino, responde… Pero si no la deja hablar, no hay escucha. Este es un mal de nuestro tiempo. Hoy estamos abrumados por las palabras, por la prisa de tener que decir siempre algo, tenemos miedo del silencio. ¡Cuánto cuesta escucharse! ¡Escucharse hasta el final, dejar que el otro se exprese, escucharse en familia, escucharse en la escuela, escucharse en el trabajo, e incluso en la Iglesia! Pero para el Señor sobre todo es necesario escuchar. Él es la Palabra del Padre y el cristiano es hijo de la escucha, llamado a vivir con la Palabra de Dios al alcance de la mano. Preguntémonos hoy si somos hijos de la escucha, si encontramos tiempo para la Palabra de Dios, si damos espacio y atención a los hermanos y a las hermanas. Si sabemos escuchar hasta que el otro se pueda expresar hasta el final, sin cortar su discurso. Quien escucha a los otros sabe escuchar también al Señor, y viceversa. Y experimenta una cosa muy bonita, es decir que el Señor mismo escucha: nos escucha cuando le rezamos, cuando confiamos en Él, cuando le invocamos.

Escuchar a Jesús se convierte así en el camino para descubrir que Él nos conoce. Este es el segundo verbo, que se refiere al buen pastor:  Él conoce a sus ovejas. Pero esto no significa solo que sabe muchas cosas sobre nosotros: conocer en sentido bíblico quiere decir también amar. Quiere decir que el Señor, mientras “nos lee dentro”, nos quiere, no nos condena. Si le escuchamos, descubrimos esto, que el Señor nos ama. El camino para descubrir el amor del Señor es escucharlo. Entonces la relación con Él ya no será impersonal, fría o de fachada. Jesús busca una cálida amistad, una confidencia, una intimidad. Quiere donarnos un conocimiento nuevo y maravilloso: el de sabernos siempre amados por Él y por tanto nunca dejados solos a nosotros mismos. Estando con el buen pastor se vive la experiencia de la que habla el Salmo: «Aunque pase por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo» (Sal 23,4). Sobre todo en los sufrimientos, en las fatigas, en las crisis que son la oscuridad: Él nos sostiene atravesándolas con nosotros. Y así, precisamente en las situaciones difíciles, podemos descubrir que somos conocidos y amados por el Señor. Preguntémonos entonces: ¿yo me dejo conocer por el Señor? ¿Le hago espacio en mi vida, le llevo eso que vivo? Y, después de muchas veces en las que he experimentado su cercanía, su compasión, su ternura, ¿qué idea tengo yo del Señor? El Señor es cercano, el Señor es buen pastor.  

Finalmente, el tercer verbo. Las ovejas que escuchan y saben que son conocidas siguen: escuchan, se sienten conocidas por el Señor y siguen al Señor, que es su pastor. Y quien sigue a Cristo, ¿qué hace? Va donde va Él, por el mismo camino, en la misma dirección. Va a buscar a quien está perdido (cfr. Lc 15,4), se interesa por quien está lejos, se toma en serio las situaciones de quien sufre, sabe llorar con quien llora, tiende la mano al prójimo, se lo carga sobre los hombros. ¿Y yo? ¿Me dejo solo amar por Jesús y del dejarse amar paso a amarlo, a imitarlo? Que la Virgen Santa nos ayude a escuchar a Cristo, a conocerlo cada vez más y a seguirlo en el camino del servicio. Escuchar, conocerlo y seguirlo.

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Después del Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer en San Ramón (Perú) fue beatificada María Agustina Rivas López, llamada Aguchita, religiosa de la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, asesinada por odio a la fe en 1990. Esta heroica misionera, incluso sabiendo que arriesgaba la vida, permaneció siempre cerca de los pobres, especialmente de las mujeres indígenas y campesinas, testimoniando el Evangelio de la justicia y de la paz. Que su ejemplo pueda suscitar en todos el deseo de servir a Cristo con fidelidad y valentía. Un aplauso a la nueva Beata.

Se celebra hoy la Jornada mundial de oración por las vocaciones, que tiene por tema «Llamados a edificar la familia humana». En cada continente, las comunidades cristianas invocan al Señor el don de las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, a la elección misionera y al matrimonio. Esta es la jornada en la que sentirnos todos, en cuanto bautizados, llamados a seguir a Jesús, a decirle sí, a imitarlo para descubrir la alegría de dar la vida, de servir con alegría e impulso el Evangelio. En este contexto, deseo formular mis felicitaciones a los nuevos presbíteros de la diócesis de Roma, que han sido ordenados esta mañana en la Basílica de San Juan de Letrán.

Precisamente a esta ahora muchos fieles se reúnen en torno a la venerada imagen de María en el Santuario de Pompeya, para dirigirle la Súplica que brota del corazón del Beato Bartolo Longo. Espiritualmente arrodillado delante de la Virgen, le encomiendo el ardiente deseo de paz de tantas poblaciones que en distintas partes del mundo sufren la insensata desgracia de la guerra. A la Virgen Santa presento en particular los sufrimientos y las lágrimas del pueblo ucraniano. Frente a la locura de la guerra, sigamos, por favor, rezando cada día el Rosario por la paz. Y recemos por los responsables de las Naciones, para que no pierdan “el olfato de la gente”, que quiere la paz y sabe bien que las armas no la traen, nunca.

Recemos también por las víctimas de la explosión ocurrida en un gran hotel de la capital de Cuba, La Habana. Que Cristo Resucitado les guíe a la casa del Padre y done consuelo a los familiares.

Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de Italia y de muchos países. En particular, saludo a los fieles de Estado Unidos de América, de Polonia y de la diócesis de Nantes (Francia). Saludo a la Familia Pasionista, que celebra el Jubileo del tercer centenario de fundación; a los enfermos de fibromialgia, que deseo reciban la asistencia necesaria; como también a los fieles de Nápoles, Pomigliano d’Arco, Reggio Calabria y Foggia, los jóvenes de la confirmación de Zogno (Bérgamo) y los de San Fernando, en Roma. Un saludo especial al grupo de refugiados ucranianos y a las familias que les hospedan en Macchie, Perugia. Saludo también a los responsables de la Comunidad de San Egidio de América Latina.

Hoy, en muchos países, se celebra el Día de la Madre. Recordamos con afecto a nuestras madres —un aplauso a las madres—, también a las que no están ya con nosotros aquí, pero viven en nuestros corazones. Para todas las madres es nuestra oración, nuestro afecto, nuestra felicitación.

¡Buen domingo a todos! Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

El Evangelio de la Liturgia de hoy (Jn 21,1-19) narra la tercera aparición de Jesús resucitado a los apóstoles. Es un encuentro que tiene lugar a orillas del lago de Galilea e implica sobre todo a Simón Pedro. Todo comienza con él que les dice a los otros discípulos: «Voy a pescar» (v. 3). Algo normal, era un pescador, pero había abandonado este oficio desde que dejó las redes para seguir a Jesús, precisamente a orillas de este mismo lago. Y ahora, mientras el Resucitado se hace esperar, Pedro, tal vez algo desmoralizado, les propone a los otros volver a la vida de antes. Y estos aceptan: «También nosotros vamos contigo». Pero «aquella noche no pescaron nada» (v. 3).

También a nosotros nos puede pasar que, por cansancio, desilusión, quizás por pereza, nos olvidemos del Señor y descuidemos las grandes opciones que hemos tomado, para contentarnos con otra cosa. Por ejemplo, no dedicamos tiempo a hablar en familia, y preferimos los pasatiempos personales; nos olvidamos de la oración, dejándonos arrebatar por nuestras necesidades; descuidamos la caridad, con la excusa de las prisas diarias. Pero al hacer esto nos sentimos desilusionados: era precisamente la desilusión que sentía Pedro, con las redes vacías, como él. Es un camino que te hace retroceder y no te satisface.

¿Qué hace Jesús con Pedro? Vuelve de nuevo a la orilla del lago donde lo había elegido a él, y a Andrés, Santiago y Juan, a los cuatro los había elegido allí. No hace reproches —Jesús no reprocha, toca el corazón, siempre—, sino que llama a sus discípulos con ternura: «Muchachos» (v. 5). Luego los exhorta, come en el pasado, a echar de nuevo las redes con valentía. Y una vez más las redes se llenan hasta lo inverosímil. Hermanos y hermanas, cuando en la vida tenemos las redes vacías, no es el momento de autocompadecernos, de divertirnos, de volver a los viejos pasatiempos. Es el momento de ponerse en camino con Jesús, es el momento de hallar el valor de recomenzar, es el momento de navegar mar adentro con Jesús. Tres verbos: volver a empezar, recomenzar, zarpar de nuevo. Siempre, ante una desilusión, o ante una vida que ha perdido un poco su sentido —“hoy siento que he retrocedido...”—, ponte de nuevo en camino con Jesús, reinicia, navega mar adentro. ¡Está esperándote! Y Él piensa solo en ti, en mí, en cada uno de nosotros.

A Pedro le hacía falta ese “shock”. Cuando oye a Juan gritar: «¡Es el Señor!» (v. 7), se lanza inmediatamente al agua y nada hasta donde estaba Jesús. Es un gesto de amor, porque el amor va más allá de lo útil, lo conveniente y lo debido; el amor genera asombro, inspira impulsos creativos, gratuitos. Así, mientras Juan, el más joven, reconoce al Señor, es Pedro, más anciano, quien se lanza al agua para ir a su encuentro. En esa zambullida está todo el impulso recobrado de Simón Pedro.

Queridos hermanos y hermanas, hoy Cristo resucitado nos invita a un nuevo impulso, a todos, a cada uno de nosotros,  nos invita zambullirnos en el bien sin miedo de perder algo, sin hacer demasiados cálculos, sin esperar a que empiecen los otros. ¿Por qué? No esperar a los otros, porque para ir al encuentro de Jesús hay que comprometerse. Hay que tomar posición con valentía, recomenzar, y recomenzar comprometiéndose, arriesgar. Preguntémonos: ¿soy capaz de un arranque de generosidad, o contengo los impulsos del corazón y me cierro en la costumbre, en el miedo? Lanzarse, zambullirse. Esta es la palabra de hoy de Jesús.

Luego, al final de este episodio, Jesús le hace tres veces a Pedro la pregunta: «¿Me quieres?» (vv. 15.16). Hoy el Resucitado nos lo pregunta también a nosotros: ¿Me quieres? Porque en la Pascua quiere que resurja también nuestro corazón; porque la fe no es una cuestión de saber, sino de amor. ¿Me quieres?, te pregunta Jesús a ti, a mí, a nosotros, que tenemos las redes vacías y muchas veces tenemos miedo de recomenzar;  a ti, a mí, a todos nosotros, que no tenemos el valor de zambullirnos y quizás hemos perdido empuje. ¿Me quieres?, pregunta Jesús. Desde entonces, Pedro dejó de pescar para siempre y se dedicó al servicio de Dios y de los hermanos, hasta entregar su vida aquí, donde nos encontramos ahora. Y nosotros, ¿queremos amar a Jesús?

Que la Virgen, que con prontitud dijo “sí” al Señor, nos ayude a encontrar el impulso del bien.

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Después del Regina Caeli

¡Queridos hermanos y hermanas!

Ayer, en Milán, fueron beatificados don Mario Ciceri y Armida Barelli. El primero era un vicepárroco de campo; se dedicaba a rezar y confesar, visitaba a los enfermos y estaba con los muchachos del oratorio, como educador manso y guía seguro. Un luminoso ejemplo de pastor. Armida Barelli fue fundadora y animadora de la Juventud Femenina de Acción Católica. Viajó por toda Italia para llamar a las muchachas y a las jóvenes al compromiso eclesial y civil. Colaboró con el padre Gemelli para dar vida a un instituto secular femenino y a la Universidad Católica del Sagrado Corazón, que justo hoy celebra su jornada anual y que en su honor la ha titulado “Con corazón de mujer”. ¡Un aplauso para los nuevos beatos!

Hoy comienza el mes dedicado a la Madre de Dios. Quisiera invitar a todos los fieles y comunidades a rezar el Rosario por la paz todos los días de mayo. Mi pensamiento va inmediatamente a la ciudad ucraniana de Mariúpol, “ciudad de María”, bárbaramente bombardeada y destruida. Una vez más, y desde aquí, renuevo el llamamiento de que se establezcan corredores humanitarios seguros para las personas atrapadas en la acería de esa ciudad. Sufro y lloro pensando en los sufrimientos de la población ucraniana y en particular de los más débiles, los ancianos y los niños. Llegan Incluso terribles noticias de niños expulsados y deportados.

Y mientras asistimos a una macabra regresión de humanidad, me pregunto, junto a tanta gente angustiada, si verdaderamente se está buscando la paz; si existe la voluntad de evitar una continua escalada militar y verbal; si se está haciendo todo lo posible para que callen las armas. Por favor, no nos rindamos a la lógica de la violencia, a la perversa espiral de las armas. ¡Tomemos el camino del diálogo y de la paz! Oremos.

Hoy es la fiesta del trabajo. Que sea un estímulo para renovar el compromiso de que el trabajo sea digno en todas partes y para todos. Y que la voluntad de hacer crecer una economía pacífica venga del mundo del trabajo. Me gustaría recordar a los trabajadores que murieron en accidentes laborales: una tragedia muy extendida, quizás demasiado.

Pasado mañana, 3 de mayo, es el Día Mundial de la Libertad de Prensa, patrocinado por la Unesco. Rindo homenaje a los periodistas que pagan personalmente su servicio a este derecho. El año pasado en todo el mundo fueron asesinados 47 y más de 350 encarcelados. Un agradecimiento especial a los que, con valentía, nos informan sobre las plagas de la humanidad.

Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de Italia y de muchos países. En particular, saludo a los fieles procedentes de España, Portugal y los Estados Unidos de América, así como a la parroquia maronita de Nazaret y a la de Santa Rita de Varsovia. Saludo al coro “Jubilate” de Conselve y a los alumnos de Mascalucia. Un pensamiento especial a la Asociación "Meter", que desde hace muchos años lucha contra la violencia y los abusos a menores, siempre poniéndose del lado de los más pequeños. Y un saludo también para los muchachos de la Inmaculada.

¡Feliz domingo a todos! Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, último día de la Octava de Pascua, el Evangelio nos relata la primera y segunda aparición del Resucitado a los discípulos. Jesús viene en Pascua, mientras los Apóstoles están encerrados en el cenáculo, por miedo, pero como Tomás, uno de los Doce, no está presente, vuelve ocho días después (cf. Jn 20,19-29). Centrémonos en los dos protagonistas, Tomás y Jesús, mirando primero al discípulo y luego al Maestro. Es un bonito diálogo el que tienen estos dos.

En primer lugar, el apóstol Tomás representa a todos nosotros, que no estábamos presentes en el cenáculo cuando el Señor se apareció y no hemos tenido otras señales o apariciones físicas de Él. También a nosotros, como aquel discípulo, a veces nos resulta difícil: ¿cómo podemos creer que Jesús ha resucitado, que nos acompaña y es el Señor de nuestras vidas sin haberlo visto, sin haberlo tocado? ¿Cómo podemos creer esto? ¿Por qué el Señor no nos da algún signo más evidente de su presencia y de su amor? Alguna señal que yo pueda ver mejor… Pues bien, nosotros también somos como Tomás, con las mismas dudas, los mismos razonamientos.

Pero no debemos avergonzarnos de esto. Al contarnos la historia de Tomás, el Evangelio nos dice que el Señor no busca cristianos perfectos. El Señor no busca cristianos perfectos. Yo les digo: tengo miedo cuando veo a algún cristiano, a alguna asociación de cristianos que se creen perfectos. El Señor no busca cristianos perfectos; el Señor no busca cristianos que nunca duden y siempre hagan alarde de una fe segura. Cuando un cristiano es así, hay algo que no funciona.

No, la aventura de la fe, como para Tomás, está hecha de luces y sombras. Si no, ¿qué tipo de fe sería? Conoce momentos de consuelo, impulso y entusiasmo, pero también de cansancio, desconcierto, dudas y oscuridad.

El Evangelio nos muestra la “crisis” de Tomás para decirnos que no debemos temer las crisis de la vida y de la fe. Las crisis no son un pecado, son un camino, no debemos temerlas. Muchas veces nos hacen humildes, porque nos despojan de la idea de ser correctos, de ser mejores que los demás. Las crisis nos ayudan a reconocer nuestra necesidad: reavivan nuestra necesidad de Dios y nos permiten así volver al Señor, tocar sus llagas, volver a experimentar su amor, como la primera vez. Queridos hermanos y hermanas, es mejor una fe imperfecta pero humilde, que siempre vuelve a Jesús, que una fe fuerte pero presuntuosa, que nos hace orgullosos y arrogantes. ¡Ay de estos!

Y ante la ausencia y el camino de Tomás, que a menudo es el nuestro, ¿cuál es la actitud de Jesús? El Evangelio dice dos veces que Él «vino» (vv. 19.26). Una primera vez, y una segunda, ocho días después. Jesús no se rinde, no se cansa de nosotros, no tiene miedo de nuestras crisis y de nuestras debilidades. Él siempre vuelve: cuando se cierran las puertas, vuelve; cuando dudamos, vuelve; cuando, como Tomás, necesitamos encontrarlo y tocarlo más de cerca, vuelve. Jesús siempre vuelve, siempre toca la puerta, y no vuelve con signos poderosos que nos harían sentir pequeños e inadecuados, incluso avergonzados, sino con sus llagas; vuelve mostrándonos sus llagas, signos de su amor que se ha hecho suyas nuestras fragilidades.

Hermanos y hermanas, especialmente cuando experimentamos cansancios o momentos de crisis, Jesús, el Resucitado, desea volver para estar con nosotros. Sólo espera que lo busquemos, que lo invoquemos, incluso que protestemos, como Tomás, llevándole nuestras necesidades y nuestra incredulidad. Él siempre vuelve. ¿Por qué? Porque es paciente y misericordioso. Viene a abrir los cenáculos de nuestros miedos, nuestras incredulidades, porque siempre quiere darnos otra oportunidad. Jesús es el Señor de las “otras oportunidades”: siempre nos da otra, siempre. Pensemos entonces en la última vez —hagamos un poco de memoria— cuando, durante un momento difícil o un período de crisis, nos hemos encerrado en nosotros mismos, atrincherándonos en nuestros problemas y dejando a Jesús fuera de casa. Y prometámonos, la próxima vez, en nuestro cansancio, buscar a Jesús, volver a Él, a su perdón —¡Él siempre perdona, siempre! —, regresar a esas llagas que nos han curado. De este modo, también seremos capaces de compasión, de acercarnos sin rigidez ni prejuicios a las llagas de los demás.

Que la Virgen, Madre de la misericordia, —me gusta pensar en ella como la Madre de la misericordia el lunes después del Domingo de la Misericordia—, nos acompañe en el camino de la fe y del amor.

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Después del Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas,

Hoy varias iglesias orientales, católicas y ortodoxas, y también varias comunidades latinas, celebran la Pascua según el calendario juliano. Nosotros la hemos celebrado el domingo pasado según el calendario gregoriano. Envío a ellos mis mejores deseos: ¡Cristo ha resucitado, ha resucitado verdaderamente! Que Él colme de esperanza las buenas expectativas de los corazones. Que Él done la paz, ultrajada por la barbarie de la guerra. Hoy se cumplen dos meses del inicio de esta guerra: en lugar de detenerse, la guerra se ha intensificado. Es triste que en estos días, que son los más santos y solemnes para todos los cristianos, se escuche más el estruendo mortal de las armas que el sonido de las campanas que anuncian la Resurrección; y es triste que las armas sustituyan cada vez más a la palabra.

Renuevo mi llamamiento a una tregua pascual, una señal mínima y tangible de deseo de paz. Que se detenga el ataque, para aliviar los sufrimientos de la población agotada; hay que parar, en obediencia a las palabras del Resucitado, que el día de Pascua repite a sus discípulos: «¡La paz con vosotros!» (Lc 24,36; Jn 20,19.21). Pido a todos que aumenten sus oraciones por la paz y que tengan el coraje de decir, de manifestar que la paz es posible. Líderes políticos, por favor, escuchen la voz del pueblo, que quiere la paz, no una escalada del conflicto.

Al respecto, saludo y doy las gracias a los participantes en la Marcha extraordinaria Perugia-Asís por la paz y la fraternidad, que se celebra hoy; así como a todos los que se han unido para dar vida a manifestaciones similares en otras ciudades italianas.

Hoy los obispos de Camerún y sus fieles realizan una peregrinación nacional al santuario mariano de Marienberg, para volver a consagrar el país a la Madre de Dios y ponerlo bajo su protección. Rezan en particular por el retorno de la paz a su país, desgarrado por la violencia en varias regiones desde hace más de cinco años. Junto con nuestros hermanos y hermanas de Camerún, elevemos también nuestra oración para que Dios, por intercesión de la Virgen María, conceda pronto una paz verdadera y duradera a este querido país.

Saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos que han venido de Italia y de muchos otros países. En particular, saludo a los polacos, con un pensamiento para sus compatriotas que celebran la “Jornada del Bien” promovida por Cáritas, y también para las víctimas de los accidentes en las minas.

Saludo a los fieles de Milán, Faenza, Verolanuova, Nembro y a los voluntarios de la Orden de Malta de Vicenza. Un saludo especial a la peregrinación de jóvenes confirmandos de la diócesis de Piacenza-Bobbio, acompañados por su obispo, así como a los confirmandos de Mondovì, Almenno San Salvatore, Albegno, Cazzago San Martino y Alta Padovana, y también al grupo de Sant'Angelo Lodigiano y a los monaguillos de Spirano. Saludo a los devotos de la Divina Misericordia reunidos hoy aquí, en la Iglesia-Santuario de “Santo Spirito en Sassia”; y a los participantes en el Camino desde la “Sacra di San Michele” hasta el “Monte Sant'Angelo”.

¡Feliz domingo a todos! Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Los días de la Octava de Pascua son como una sola jornada en la que se prolonga la alegría de la Resurrección. Así, el Evangelio de la liturgia de hoy sigue hablándonos del Resucitado, de su aparición a las mujeres que habían ido al sepulcro (cf. Mt 28,8-15). Jesús sale a su encuentro, las saluda; luego les dice dos cosas, que también a nosotros nos vendrá bien recibir como regalo de Pascua, dos consejos del Señor. Un regalo de Pascua.

En primer lugar, las tranquiliza con dos simples palabras: «No tengáis miedo» (v. 10). No tengas miedo. El Señor sabe que los miedos son nuestros enemigos cotidianos. También sabe que nuestros miedos nacen del gran miedo, el miedo a la muerte: miedo a desvanecerse, a perder a los seres queridos, a enfermar, a no poder más... Pero en la Pascua Jesús venció a la muerte. Por tanto, nadie puede decirnos de forma más convincente: "No temas”, “no tengas miedo”. El Señor lo dice allí mismo, junto al sepulcro del que salió victorioso. Así nos invita a salir de las tumbas de nuestros miedos. Pongamos atención: salir de las tumbas de nuestros miedos, porque nuestros miedos son como tumbas, nos entierran dentro. Él sabe que el miedo está siempre agazapado a la puerta de nuestro corazón y que necesitamos que nos repitan no temas, no tengas miedo, no temas: en la mañana de Pascua como en la mañana de cada día escuchar: “No temas”. Ten valor. Hermano, hermana, que crees en Cristo, no tengas miedo. “Yo —te dice Jesús—he probado la muerte por ti, he cargado sobre mí tu mal. Ahora he resucitado para decírtelo: estoy aquí, contigo, para siempre. ¡No temas!". No tengan miedo.

Pero, ¿qué hacer para combatir el miedo? Nos ayuda la segunda cosa que Jesús dice a las mujeres: «Id y avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (v. 10). Id a proclamar. El miedo siempre nos encierra en nosotros mismos; Jesús, en cambio, nos deja salir y nos envía a los demás. Aquí está el remedio.  Pero yo —podemos decir— ¡no soy capaz!  Pero piensen, aquellas mujeres no eran ciertamente las más idóneas ni las más preparadas para anunciar al Resucitado, pero al Señor no le importa. A Él le importa que vayan y lo anuncien. Salir y anunciar, “salir y anunciar”. Porque la alegría de la Pascua no es para guardarla para uno mismo. La alegría de Cristo se fortalece al darla, se multiplica al compartirla. Si nos abrimos y llevamos el Evangelio, nuestro corazón se expande y supera el miedo. Este es el secreto: anunciar para vencer el miedo.

El texto de hoy, nos dice que el anuncio puede encontrar un obstáculo: la falsedad. De hecho, el Evangelio narra “un contra-anuncio”. ¿Cuál es? El de los soldados que habían custodiado el sepulcro de Jesús. Se les paga —dice el Evangelio— «una buena suma de dinero» (v. 12), una buena propina, y reciben estas instrucciones: «Decid que sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras vosotros dormíais» (v. 13). ¿Vosotros dormíais? ¿Habéis visto en el sueño cómo robaban el cuerpo? Ahí hay una contradicción, pero una contradicción que todo el mundo cree, porque hay dinero de por medio. Es el poder del dinero, ese otro señor al que Jesús dice que nunca hay que servir. Hay dos señores: Dios y el dinero. No sirváis nunca al dinero. Aquí está la falsedad, la lógica de la ocultación, que se opone a la proclamación de la verdad. Es una advertencia también para nosotros: la falsedad —en las palabras y en la vida— contamina el anuncio, corrompe por dentro, conduce de nuevo al sepulcro. Las falsedades nos llevan hacia atrás, nos llevan directamente a la muerte, al sepulcro. El Resucitado, en cambio, quiere sacarnos de las tumbas de las falsedades y de las dependencias. Ante el Señor resucitado, este este otro “dios”: el dios del dinero, que lo ensucia todo, lo arruina todo, cierra las puertas de la salvación. Y esto está en todas partes: adorar a este dios dinero es una tentación en la vida cotidiana.

Queridos hermanos y hermanas, nosotros nos escandalizamos con razón cuando, a través de la información, descubrimos engaños y mentiras en la vida de las personas y en la sociedad. ¡Pero pongamos también nombre a la falsedad que llevamos dentro! Y pongamos nuestra opacidad, nuestras falsedades ante la luz de Jesús resucitado. Él quiere sacar a la luz las cosas ocultas, hacernos testigos transparentes y luminosos de la alegría del Evangelio, de la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32).

Que María, la Madre del Resucitado, nos ayude a superar nuestros miedos y nos conceda la pasión por la verdad.

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Después del Regina Caeli

¡Queridos hermanos y hermanas!

Una vez más, ¡felices Pascuas a todos, romanos y peregrinos de varios países!

Que la gracia del Señor Resucitado dé consuelo y esperanza a todos los que sufren: ¡que nadie sea abandonado! Que las contiendas, guerras y disputas den paso al entendimiento y la reconciliación. Subrayemos siempre esta palabra: reconciliación, porque lo que hizo Jesús en el Calvario y con su resurrección es reconciliarnos a todos con el Padre, con Dios y entre nosotros. ¡Reconciliación!

Dios ha ganado la batalla decisiva contra el espíritu del mal: ¡dejemos que venza Él! Renunciemos a nuestros planes humanos, convirtámonos a sus designios de paz y justicia.

Agradezco a todos los que me han enviado, en estos días, expresiones de buenos deseos. Estoy especialmente agradecido por las oraciones. Pido a Dios, por intercesión de la Virgen María, que recompense a cada uno con sus dones.

Esta tarde, aquí en la Plaza, me encontraré con más de cincuenta mil adolescentes de toda Italia. ¡Un hermoso signo de esperanza! ¡Ya hay algunos! Por eso la plaza está preparada así.

Deseo que todos vivan estos días de Pascua en la paz y la alegría que vienen de Cristo Resucitado. Por favor, sigan rezando por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

La plaza: ¡Viva el Papa!

El Papa responde: ¡Eh! ¡Qué bien los chicos de la Inmaculada!

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El pasado viernes de 6 de mayo, el Regimiento de Infantería “Tenerife” Nº49 celebró los actos de celebración del “Día de la unidad” en su 393 aniversario que tuvieron lugar en la Base de Hoya Fría de la isla de Tenerife y dieron comienzo a las 11 horas con una Eucaristía de acción de gracias presidida por nuestro capellán castrense Marcos J. Albertos.

Después de dos años de pandemia por fin se reunieron en la Basílica san Pío X, los más de 14 mil participantes de esta 62 edición de la Peregrinación Internacional de Militares por la Paz. La Misa Dominical Internacional reunió a las 42 naciones presentes en la Encuentro Internacional de Militares para orar por la paz. Fue presidida por el cardenal Péter Erdő, arzobispo de Esztergom-Budapest y demás obispos castrenses de todas las naciones, y nuestro Vicario Castrense Carlos Jesús Montes Herreros en representación de nuestro arzobispo junto con el Vicario Episcopal de la Guardia Civil Victor Hernández, Delegado Episcopal de la Peregrinación Francisco Olivares y los capellanes militares españoles de los distintos ejércitos.

Para el grupo de peregrinos de España hoy ha sido un día muy especial, hemos tenido la oportunidad de celebrar la misa en la gruta bajo la imagen de la Virgen, fue presidida por nuestro Vicario General Carlos Jesús Montes Herreros, el Vicario Episcopal de la Guardia Civil Victor Hernández , el Delegado Episcopal de la Peregrinación y un gran número de Capellanes militares que acompañan a sus unidades en esta Encuentro internacional de Militares por la paz.

El viernes 13 de mayo se inició el viaje del grupo de españoles que están participando en el 62 Encuentro Internacional de Militares Por la Paz en Lourdes. Primeramente realizamos una parada en la ciudad de Zaragoza donde se celebró la Santa Misa presidida por el Vicario General Don Carlos Jesús Montes Herreros quien está representando al Arzobispo Castrense en este encuentro. Asimismo, se realizó una ofrenda floral a la Virgen del Pilar como es tradición al finalizar la Eucaristía.

Como es costumbre, en el mes de mayo en la Real Parroquia Castrense del Santo Ángel Custodio, tuvo lugar el Solemne Triduo en Honor y Gloria de la Santísima Virgen, Nuestra Señora de los Desamparados los días 4, 5 y 6.

Cada uno de los días del mismo han comenzado con la Exposición Mayor de Su Divina Majestad, rezo del Santo Rosario, ejercicio del Triduo, Bendición y Reserva. Y culminando con la celebración de la Santa Misa presidida por el Párroco Castrense el Rvdo. Padre D. Cesar Sarmiento González. Asimismo, las intenciones del primer día fueron por las corporaciones pertenecientes a las Compañías Espirituales del Santo Rosario, que fundara en nuestra ciudad Fray Pablo de Cádiz allá por el siglo XVII, de las que forma parte nuestra Hermandad. El segundo día se ofreció por las Hermandades, Asociaciones y grupos parroquiales. Y finalmente, el último día por los jóvenes y cargadores de la Hermandad, a la que acudió el Pregonero de las Glorias 2022 de Cádiz, D. Juan Jesús López Gámez.

Tras la culminación de las obras de restauración en la capilla de la Base Aérea de Zaragoza, de las que solo falta el retablo luminoso que está previsto para Septiembre, el día 10 de mayo, se procedió a la celebración de la eucaristía presidida por el Párroco Rafael Vivar Castellanos y concelebrada por el pater Wenceslao Sanz Gil,  para su inauguración con la asistencia de las Autoridades militares, general Ibarreta y el general de división Ortiz-Cañavate, que descubrieron las placas conmemorativas del acto tras la eucaristía.

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