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EL VICARIO DE LA GUARDIA CIVIL CON LA BENEMÉRITA EN LAS PERIFERIAS

Al final de la semana pasada me encontraba en Tanger visitando a los cinco guardias civiles que allí están destinados, después de haber pasado unos días con los que se encuentran en Algeciras, Ceuta y Tarifa , conociendo de cerca y de su boca y acciones la realidad difícil y complicada en la que viven y trabajan en su lucha diaria contra el narcotráfico, el control de las fronteras, persiguiendo los delitos, en estos meses vacacionales poniendo los medios necesarios para que el paso del estrecho de los marroquíes que trabajan en Europa y vuelven a su tierra resulte sin incidentes, recibiendo la oleada de migrantes que están llegando a aquellas costas en estos días, todo ello con deficiencia de medios y de personal. El jueves me levanté conociendo la noticia del salto de la valla de Ceuta por parte de un numeroso grupo de Subsaharianos.

Este último salto no fue un asalto cualquiera, como hemos visto en la prensa. Esta vez ha habido una escalada de violencia y el empleo de medios ofensivos por parte de los migrantes que nunca antes habían utilizado. Hasta ahora, en su intento por acceder a nuestro país por aquellas fronteras se realizaba enfrentándose, primero, a la verja allí instalada para impedirles su entrada y, una vez superada esta, a los guardias civiles, encargados por el Estado, de impedir su acceso. Ellos, equipados con los elementos defensivos propios para garantizar en lo posible su seguridad e integridad física y con el mayor escrúpulo en sus actuaciones, cumpliendo su misión desde la legalidad, han venido realizando su misión.

Hasta ahora, desde la verja, los guardias civiles recibían insultos, pedradas..., incluso orines y hasta sangre... y cuando los migrantes lograban superarla se producía un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, unos impidiendo su acceso y los otros intentando superar la barrera humana, para una vez, ya, en suelo español dirigirse de inmediato al Centro Temporal de Inmigrantes. Esta vez el enfrentamiento ha sido distinto. A las vejaciones, humillaciones (les han insultado, tirado piedras, soltado bolas de excrementos humanos...), se ha unido un elemento ofensivo de ataque directo en el que se han empleado cal viva, ácido de baterías... cuyo objetivo era directamente causar daño a los guardias civiles, atentar contra su integridad física, (varios han sufrido heridas de diversa consideración).

Sin duda estamos ante un problema complejo y delicado, tanto humano, como político, como moral. En juego y detrás de todo hay “personas” (migrantes, pero también guardias civiles). Personas en un mundo que algunos llaman global pero que solo lo es en algunas cosas. Globales son las comunicaciones, los intereses comerciales ..., incluso los conflictos y hasta la contaminación. Pero sigue sin ser global la libertad, la justicia, la solidaridad, la igualdad..., la salud, el reparto de la riqueza..., el respeto a los derechos humanos, que han alcanzado de forma notable un gran desarrollo a partir de la segunda mitad del siglo XX en Europa y en el llamado mundo occidental, y que dieron origen a la sociedad del bienestar, que desgraciadamente, en muchos países, ha sufrido un retroceso debido a la misma globalización de ciertos intereses económicos, pero que en la mayoría de los demás ni existe.

Los creyentes a la luz del Evangelio, en la búsqueda de Reino, hemos de esforzarnos por hacer un mundo mejor en el que este se inicie y en el que no haya división, ni odio, ni dolor, donde florezca la paz, y la justicia reine eternamente. Vivimos en la casa común del Padre, a la que hemos de cuidar, y trabajar para que en ella todos sus habitantes nos sentamos acogidos y hermanos. Tarea que supone en la actualidad un esfuerzo extra de cuidado del medio ambiente, pero sobre todo de atender a las personas cuando está en juego su dignidad.

Son muchos los seres humanos que buscan un mundo mejor, el dorado, la nuevo Canaa, una nueva tierra prometida escapando del hambre, de los conflictos bélicos, de la injusticia, de la pobreza..., de las que no son culpables, que los lleva a lanzarse a los caminos y recorrer miles de quilómetros arriesgando en ello sus vidas. Sufren en si mismos el mal que genera el egoísmo de los mismos hombres. Salen de sus tierras empujados por las guerras o el hambre, o cuando no, engañados con promesas que nunca se cumplirán. Se enfrentan en el camino a robos, heridas, asaltos y mafias. Llegan hasta nuestras fronteras, ante las verjas o a nuestras costas, donde una vez más la injusticia y la desigualdad humana se pone de manifiesto. Para poder atravesar el Mediterráneo muchos, en manos de mafias, pagarán, si pueden, tres mil euros por pasar en una moto acuática, dos mil por acceder a una lancha neumática, mil por una “toy” de playa, de plástico, que los lleva a una muerte casi segura. Si no pueden pagar solo les queda poder intentar el acceso a través de la valla.

Al otro lado España, Europa, Occidente, lugares donde poder comenzar una nueva vida sin guerra ni conflictos significativos, donde el valor de la persona humana y el respeto a su dignidad y a sus derechos conforman la base de su convivencia. Donde el desarrollo social, la libertad y la igualdad hacen posible la convivencia plural y el respeto mutuo entre sus ciudadanos. Atrás quedan, sin desaparecer, sin cambiar, las injusticias, las mafias..., el origen y las causas, muchas de ellas globalizadas, que han llevado a estas situaciones y detrás de las cuales hay seres humanos.

Libertad, igualdad, respeto, convivencia, seguridad de los ciudadanos..., contra aquellos que las amenazan, son puestas por los mismos ciudadanos, a través del Estado, en manos de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para su defensa. Ellos, también “Personas”, con su dignidad y sus derechos, algunos incluso a los que han renunciado al elegir su profesión, han de ser especialmente cuidados por todos.

Aún tenemos en nuestras mentes y en nuestro recuerdo el sufrimiento que causó ETA en sus largos años de actividad. Como, en algunas zonas, las familias de nuestros guardias civiles tenían que vivir en la clandestinidad casi absoluta sin poder decir que eran mujeres, maridos o hijos de guardias civiles por miedo a las consecuencias. Esta situación sigue produciéndose hoy en día en otros lugares, donde también han de intentar pasar desapercibidos por temor a la identificación o acoso de narcotraficantes o ultra nacionalistas, por ejemplo. En sus actuaciones saben que corren riesgos, incluso perder la vida derramando su sangre como juraron ante la bandera que nos representa a todos. Nosotros, los ciudadanos, personalmente y a través del Estado, tenemos el deber moral de prestarles el apoyo y el aliento necesario en el cumplimiento de las misiones encomendadas y los medios (materiales y legales) imprescindibles que minimicen los riesgos a los que se enfrentan en sus actuaciones, sobre todo cuando está en juego su honor, para ellos su principal divisa.

Todos los que forman parte de la guardia civil hacen gala de pertenecer a un Cuerpo que lleva el sobre nombre de “benemérito”. A parte de su lucha contra el delito y los delincuentes y de prestarnos seguridad, tienen muy imbuido su labor de servicio, de ayuda y de hacer el bien cuando alguien que se cruza en su camino lo necesita. Estos días los he visto trabajar intensamente, infatigables y dedicados plenamente a sus misiones, actuando en cada momento con una gran profesionalidad. Muchos de aquellos que el jueves sufrieron el asalto, las vejaciones y la agresión en la valla, que fueron heridos y que vieron menoscabada gravemente incluso su integridad física de forma desafiante, mañana, o en otros días no muy lejanos, participarán en servicios de rescate y salvamento poniendo todo su corazón en ello. En Tarifa vi uno de los coches de la Guardia Civil destrozado en su morro por un todo terreno de los narcotraficantes que al verse descubierto se empotró contra él para evitar y abortar su persecución. A los pocos días uno de los guardias civiles que iba en ese coche, y que resultó herido en la operación, se lanzaba al mar junto a otros compañeros para rescatar a unos niños marroquíes que intentando alcanzar la costa española se estaban hundiendo en una lancha casi del todo desinflada al llegar a nuestras playas. El sábado, a mi regreso en barco de Tánger, entrando en el puerto del mismo Tarifa, a los dos días del asalto de Ceuta, vi a nuestros guardias civiles, de nuevo, atendiendo a los inmigrantes que hasta allí había acercado Salvamento Marítimo, y buscando la forma de poder prestarles la más eficaz ayuda en un momento en el que la zona está totalmente desbordada ante la situación y saturación producida por sus masivas llegadas.

En Tánger saludé a su Arzobispo. Él y la pequeña comunidad católica que pastorea están profundamente preocupados por la multitud de inmigrantes que esperan pasar la frontera y que deambulan por Marruecos o acampan en los bosques cercanos a la frontera (se habla de unos cincuenta mil). Intentan ayudarlos en la medida de sus posibilidades repartiéndoles alimentos, cumpliendo el mandato evangélico “… da de comer al hambriento”. “No puedo dejar morir de hambre a estos muchachos”, me decía el Sr. Arzobispo. La situación humana es sin duda desesperante.

Pero yo, también, como capellán y pastor de la Guardia Civil, preocupado por la situación en la que viven y a la que se enfrentan, he de mirar a este lado y reclamar y velar por su dignidad y que nadie olvide que ellos no son solo un uniforme, sino personas, que se ponen a nuestro servicio garantizando la seguridad que en ellos hemos depositado.

Los migrantes no son el problema, son la última consecuencia del problema. El problema real es un mundo injusto e insolidario y el egoísmo humano que lleva a vivir y padecer estas situaciones, y lo que es peor a enfrentar hombres contra hombres, personas contra personas. Cuesta mucho lograr la libertad, mucho conseguir un grado al menos aceptable de igualdad, respeto, tolerancia, bien estar..., es fácil perderlos y hay que estar en constante vigilancia para que no se deterioren, y poner los medios necesarios en su defensa. La gran responsabilidad de Occidente es sin duda saber compartir lo que ha alcanzado sin que por ello sus principios se menoscaben, y saber acercar, dar, enseñar, transmitir al resto del mundo lo que a nosotros nos ha costado tanto conseguir, y aprender del resto del mundo aquellos valores que hemos perdido y ellos conservan o que ellos tienen y nosotros no hemos alcanzado.

 

No soy político, soy solo un cura que intenta atender y servir en las Fuerzas Armadas y en la Guardia Civil a hombres y mujeres que forman parte de ellas y a sus familias. A los católicos cuando por las circunstancias propias de sus profesiones no pueden contar con la atención religiosa fuera de la institución y a todos en aquello que puedan precisar de mi persona. Como sacerdote, como capellán, mi preocupación en estos momentos son los hombres y las mujeres a las que atiendo, sin olvidar a los más pobres y a los últimos, y construir junto a ellos un mundo mejor (para los creyentes reflejo del Reino de Dios, donde la paz sea su mayor valor y testimonio de su presencia).

Me decía el Coronel de la Comandancia de la Guardia Civil de Ceuta al día siguiente del asalto, después de tranquilizarme sobre la situación de los heridos, “Gracias a Dios la mayoría de la gente es buena...”, a lo que yo le contestaba, “si pero los malos cuanta guerra dan”. A continuación continuaba, “... Los heridos, ya están todos incorporados a sus servicios, algunos con los brazos aun vendados”. A ellos, y a todos los que con grandes dificultades trabajan en aquella zona dedico estas letras.

Ojalá sepamos todos estar a su lado y junto a ellos luchar contra los malos, que son aquellos a los que no les importa ni la libertad, ni la igualdad, y mucho menos la dignidad de las personas, ni sus derechos. Solo les mueven intereses económicos, capaces de conducir sin escrúpulos a la muerte por dinero a seres humanos y a enfrentar personas contra personas en una valla. Sin duda la mejor forma en nuestra lucha contra los malos, contra aquellos que utilizan al ser humano, es dignificar a nuestros agentes, al menos para que los sinsabores de su profesión, que a veces llegan incluso a su denigración personal, se vean reconocidos por todos para, orgullosos, seguir trabajando con ilusión y energía en la seguridad y libertad de los ciudadanos y en el mantenimiento de la paz social de la que son constructores y reponedores.

Quiero agradecer todo el cariño y la atención prestada en mi visita a los coroneles de la Guardia Civil de Algeciras y de Ceuta, a los tenientes de las compañías del puerto de Algeciras, de la Línea de la Concepción, así como al Alférez de la de Tarifa, que me han mostrado su trabajo y el de los guardias civiles a sus órdenes y han hecho posible poder saludarlos, verlos y acompañarlos un poco estos días.

Ha sido una gran satisfacción reencontrarme en Tánger con el Comandante allí destinado, al que conocí siendo joven cadete en la Academia General y con el que realice por entonces el Camino de Santiago. Gracias a él y a los cuatro compañeros que trabajan junto a él por su acogida y sus atenciones.

Gracias en definitiva a todos los guardias civiles. Gracias por seguir haciendo de nuestro Cuerpo de la Guardia Civil un verdadero Cuerpo Benemérito al servicio de los ciudadanos poniendo en ello siempre vuestra profesionalidad y vuestro corazón.

¡Viva la Guardia Civil!

El Vicario de la GC

 

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