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“Elcano”: escuela de marinos

Artículo publicado en el número 140 de "Revista Armas y Cuerpos" por Alberto Gatón Lasheras.

En el quinto centenario de la gesta de Magallanes y Elcano de circunnavegar por vez primera los mares del orbe, estas líneas intentan reflejar un poco de la vida interior que, ayer como hoy, forja al futuro Oficial de la Armada que, como nuestros cadetes en nuestras Academias de Tierra, Aire y Guardia Civil, además de la Escuela de la Armada, consagran sus vidas al servicio de España. En su caso, fundiendo mar y milicia, ciencia y ética, humanismo y técnica, espiritualidad y armas en un período de su formación tan bello como exigente: cada crucero de instrucción en nuestro buque escuela “Juan Sebastián de Elcano”. En él, los que embarcaron siendo casi niños desembarcan como hombres de mar.

Ser militar es una vocación que supera lo profesional para adentrarse en un esforzado camino personal de superación y servicio a la Patria. Una donación del alma y de la voluntad hacia el ideal amado, que ya el legionario y poeta Virgilio resumió en los tres amores del auténtico soldado: el amor a la Patria, el amor a la Familia y el amor a los Dioses1 . Y un lugar perfecto para fundir ciencia, ética y naturaleza, convirtiendo a nuestros guardias marina en los futuros marinos de España, es el buque escuela “Juan Sebastián de Elcano”. Empero, si surcar los océanos en el “Juan Sebastián de Elcano” es un sueño hecho realidad para dotación y alumnos, no crea el lector que el crucero de instrucción anual de nuestro buque escuela se corresponde con la imagen náutica de los veleros de siglos pasados, evocada por Byron, Conrad o Espronceda, cuando el romántico poeta español idealiza la relación del hombre con la mar al exclamar: “navega velero mío, sin temor, que ni enemigo navío, ni tormenta ni bonanza, tu rumbo a torcer alcanza, ni a sujetar tu valor”2 .

foto3Es verdad que, como a Magallanes y Elcano, al marino que navega en el “Elcano” le sigue estremeciendo contemplar cómo “dibujan la agitada mar estelas de plata y de espuma, rastros de luna y de bruma del velero al navegar”3 , o los ocasos en los que el Sol lanza agónico el rayo verde al morir, los amaneceres que tiñen las glaucas aguas en un enrojecido silencio, la tempestad al golpear con fi era violencia el aparejo o el negro firmamento estrellado del hemisferio Sur al Norte. Navegar a vela siempre es una aventura y un duelo del hombre con la mar, hoy perfeccionado por la ciencia naval, la capacidad técnica, las cualidades personales, el esfuerzo mental y físico de la dotación de este navío que aúna lo militar y el marino en una empresa común: hacer de los estudiantes de la Escuela Naval de Marín los futuros oficiales que han de servir a España surcando los mares, océanos y piélagos del orbe.

Porque, allende la lírica, los cruceros de formación del “Elcano”, como los de los buques escuelas de las principales armadas del mundo, deben su existencia a la formación integral y práctica de los guardias marina quienes cambian sus enseres de la Escuela por cartas de navegación y sextantes de guía, arneses para escalar los palos hasta la cofas o trajes de agua con los que resistir el embate de las olas que barren la cubierta de nuestro bergantín-goleta. La poética marina debe alimentar su alma, pero de su preparación en el mar depende nuestra Armada. Así, completan su pericia marinera con el estudio de materias militares y de Ingeniería naval, idiomas, Derecho marítimo, Historia o Astronomía, se perfeccionan personal y colectivamente en la disciplina y el horario a golpe de campana, se hacen generosos en la convivencia en los sollados, admiran lo creado en el Creador cuando al ocaso se hermana la dotación al pedir misericordia al “Señor de la calma y de la tempestad”, o aprenden bamboleándose en cofas y mástiles a largar la maniobra, desplegar las velas o cargar el aparejo.

Alumnos que, con el ejemplo de sus oficiales y dotación, se hacen marinos al desafiar el frío y las tempestades atlánticas, al mantener recta la deriva entre canales y fi ordos patagónicos, guiar la caña entre farallones que casi rozan el aparejo, esquivar icebergs antárticos en el rumbo de la derrota, evitar bajíos y corrientes traicioneras, orientarse con las cartas náuticas en las misteriosas nieblas del Cantábrico y del Mar del Norte, mantenerse en vigilante atención en las guardias calurosas y sin viento del Mar de Caribe mientras la proa rompe sargazos y algas de sus cálidas aguas, afrontar calmas chichas del Pacífico preludio de sus galernas, maniobrar las esclusas y estrecheces del canal de Panamá, despreciar las supersticiones del triángulo de las Bermudas, o revivir la mitología de los puertos del Mediterráneo donde, dos mil años después de la épica Odisea4 , nuestro “Elcano” atraca.

Bregar diario que intentan hacer compatible con los libros y con la mar. Disciplina, estudios, trabajos y horarios estrictos para forjar marinos, porque la mar es siempre dura y más como militares. Desde que suena por los altavoces el desasosegador pitido de la diana hasta la oración al atardecer y el arriado de bandera, el tañido de la campana del castillo acompasa las actividades de marinería, oficialidad y alumnado, y se suceden las faenas armonizadas con el estudio universitario. En marinería, suboficiales, oficiales y jefes, distribuidos desde la sala de máquinas al puente de mando y de las cofas, bauprés y velas hasta los sollados de lavandería, peluquería, cocinas, derrota o radio, la jefatura de estudios, el intendente, el capellán y el servicio de sanidad, todos los miembros de la dotación del “Juan Sebastián de Elcano” navegamos con una doble meta: llegar a puerto como Dios manda con la misión cumplida, y cooperar a la preparación humanística, académica, espiritual, personal y militar de los alumnos que cada año se embarcan en un crucero del “Elcano”.

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Navegar a vela en el “Juan Sebastián de Elcano” no es solo una imagen romántica ni un desafío entre hombre y naturaleza. La mar es misteriosa, hermosa y cruel, capaz de robar el último aliento al más esforzado valiente que sostenga su verde mirada. Si al alba es cercana y cariñosa, al crepúsculo se transforma en una fuerza desbocada de zarpazos de viento y olas que hacen de los mayores buques un juguete del Destino, las maromas se travisten de hilos de las Parcas y las ninfas tienden redes donde atrapan a los mortales sirviendo por la eternidad en el reino de las algas. A pesar de los avances de las ciencias y de las comunicaciones, es un combate desigual entre el hombre y la mar en el que la disciplina militar y la fe en el Todopoderoso se funden al orar: “Tú que dispones de viento y mar, haces la calma y de la tempestad, ten de nosotros Señor piedad, piedad Señor, Señor piedad”.

Juego de la vida y de la muerte en cada singladura. Y profesionalidad militar, espiritual, intelectual, social, física y personal para forjar los líderes que necesita nuestra Marina de Guerra no solo en el trato con el viento y las olas, sino también en los destinos geopolíticos del futuro oficial. Por ejemplo, en operaciones internacionales, ya que, en palabras del teniente general Alcañiz Comas, “las operaciones de paz, con el paso de los años, se han convertido en una de las herramientas imprescindibles con las que la comunidad internacional ha hecho frente a los conflictos, estabilizando las zonas calientes del planeta”5 . Y el hoy guardia marina ha de ser mañana líder en estos puestos internacionales.

Escribió Bernard Moitessier “en la geografía de un marino un accidente geográfico no puede ser expresado solamente en una carta geográfica por su latitud y su longitud. Porque, por ejemplo, un gran cabo tiene su alma”8 . Ser marino trasciende mapas y cartografías, distinguir las constelaciones con el sextante, aprender los mecánicos secretos de máquinas o manejar el arte de las velas. El marino ama la naturaleza hecha ola, corriente, viento, calma, tempestad, lluvia, sol, estrellas: ¡vida! “No se ama lo que no se conoce” escribió Agustín de Hipona9 , y al conocer el guardia marina los misterios del mar aprende a amarla y respetarla.Formación militar que es espiritual, porque el militar colma el ideal del escritor, soldado y sacerdote Calderón de la Barca cuando glosa que la virtud hace del militar español al tiempo que leal compañero, sabio guerrero6 . Intelectual, porque de su capacitación técnica depende el éxito de la misión y la vida de su dotación. Social, porque el guardia marina embarcado en el “Elcano” representa a España en actos y recepciones internacionales donde la educación, el idioma, la simpatía y la cortesía son las armas de la diplomacia. Física, porque lo intelectual se perfecciona en cada maniobra general, cuando dotación y alumnos escalan la cofa y la galleta de los mástiles y con su esfuerzo manual despliegan las velas para cazar el viento favorable o las recogen cuando la tormenta acosa. Y personal, porque lo estudiado es solo letra muerta si cada alumno no aprende lo esencial: ser hombre de honor, marino de ciencia y militar ejemplar7

Pero también el “Elcano” enseña al futuro oficial palabras como tradición, historia, honor, identidad. “Un pueblo sin identidad está abocado a su desaparición en la Historia”10, afirmó Menéndez Pelayo. Y nuestra Patria está ligada en su identidad al trato con los mares. Si los imperios para determinar la historia dominaron los mares, España, frente a leyendas negras de sus envidiosos, es madre de los más heroicos e ilustres conquistadores de mares, piélagos y océanos, quienes han escrito en sus olas las más osadas y bellas proezas.

Desde el inicio del Derecho marítimo por el “Nomos Nauticós”, y a pesar de las gestas de fenicios, romanos, griegos o vikingos, y más cercanas de portugueses y británicos, ninguna flota puede medirse con nuestra Marina de Guerra. Baste recordar quién derrotó al turco y al corsario en el Mediterráneo y en el Caribe, quién descubrió América, quien, como recuerda este 500 aniversario de su milagrosa proeza, circunnavegó por vez primera la Tierra, unió los océanos Pacífico, Índico y Atlántico o cartografió las corrientes y los vientos en cartas geográficas. Y Núñez de Balboa, Juan de Austria, Churruca y el mismísimo Elcano se sentirían orgullosos al guiar la caña del “Elcano” al ordenar una maniobra general.

Foto04Historia y presente fundidos cuando suena por los altavoces el chifle y la voz “maniobra general”, y la cubierta se activa desde el castillo de proa hasta toldilla como un hormiguero en el que cada uno da el aviso “sin novedad” al llegar a su puesto. Oficiales, alumnos y marinería se ponen a las instrucciones de los contramaestres, que ejecutan las voces de los oficiales y estos del oficial ayudante de derrota a las órdenes del comandante. Dos variables, el viento y la mar, determinan cómo gobernar el barco. El viento relativo según los anemómetros, su intensidad y su dirección, sumado a las condiciones de la mar de fondo y de superficie, combinadas ambas variables con la derrota a seguir, deciden izar o arriar y cargar el aparejo desde los cangrejos y velachos hasta los estays, escandalosas y demás velas de los cinco palos que arbola, cuatro de ellos con nombres de buques escuela que precedieron al “Elcano”: mesana (llamada “Nautilus”), mayor popel (“Asturias”), mayor proel (“Almansa”), trinquete (“Blanca”) y el bauprés bajo cuyo mascarón de proa danza la diosa Minerva sobre ninfas, nereidas y oceánides.

Cada maniobra general, hasta que suene la voz “afirma barlovento y aclara maniobra”, distintos chifles orquestan en cada palo a marineros y guardiamarinas que, como en los veleros de antaño, cazarán, izarán, cargarán, amantillarán, lascarán, largarán velas para impulsar nuestro bergantín-goleta sobre la mar. Dependiendo del viento y del mar, a veces con el barco tan escorado que las olas embarcan por babor hasta el alcázar, sobre cubierta la dotación caza o lasca cabos, los dan de mano o los dejan en banda sobre las cornamusas, mientras en la altura vertiginosa de los palos se aferra o larga aparejo, y el barco no surca sino que vuela sobre las olas.

Termina la maniobra general, cae otro ocaso y, después de la plegaria al Señor de la Calma y de la Tempestad, quizá una manada de ballenas juega tan cerca del velero que se oye el sonido de sus saltos contra las aguas entre nubes de espuma y vapor de sus pulmones mientras como fantasmales espectros plateados vuelan a la vera petreles y albatros. Alumnos y dotación se retiran a sus cámaras, sollados y camarotes, entra el relevo de las guardias de interior, máquinas, cubierta y puente, el panadero empieza a preparar el pan de mañana y tras una nueva maniobra general “Juan Sebastián de Elcano” surca orgulloso las abisales aguas de los océanos del orbe.

Por último, como se desprende de la descripción de una maniobra general a bordo de este velero, no es fácil, sin vivirlas, explicar las relaciones humanas que surgen en un navío de vela como este, tan buque de guerra blanco como escuela de alumnos. Los militares sabemos que la fraternidad castrense hace posibles “las más grandes y gloriosas hazañas. Fraternidad de fondo que es algo intrínseco a la vocación militar”11. Como en otras misiones y navegaciones internacionales, en el “Elcano” nace un hermanamiento de quienes navegamos, sabedores de que “ser militar es una profesión del espíritu”12. Fraternidad que por la unión y la lealtad, el sacrificio y la humildad, el trabajo y la generosidad, la obediencia y la disciplina castrense lograrán que, además del buen ambiente en la dotación, los alumnos aprendan a ser generosos entre sí en el tiempo y el espacio, educados y firmes en sus responsabilidades y trato con mandos y subordinados, ayudándose en lo académico, emocional y personal cada jornada. En suma, a construir lo que el filósofo y medico Laín Entralgo radicaba como amistad en “el coexistir en algo y desde ese algo darse al otro”13, término “algo” que los militares llamamos compañerismo.

Compañerismo que, en inferencia de Aristóteles sobre la amistad de los militares, implica confianza, justicia e igualdad14, necesarias virtudes en el militar, y de manera especial en un barco como el “Elcano”. Porque lo que para el profano parece una navegación bonita y segura no deja de ser una constante prueba para la profesionalidad y buen hacer de cada uno de los que componemos este buque de vela. En especial, de quienes en la brigada de maniobra izan, amantillan, arrían, cargan o ejecutan cualquier voz de gobierno del barco, escalando los palos mientras los chifles marcan el ritmo de sus trabajos hasta que suena la voz “afirma barlovento y aclara maniobra”. Sin olvidar a los cocineros con los fogones y líquidos hirviendo los días de intensa mar de fondo, o el servicio sanitario cuando, por ejemplo real, ha de operar de urgencia durante una borrasca, o cualquier otra labor las jornadas en las que Neptuno agita su reino.

En este 500 aniversario de la gesta de la circunnavegación del orbe por Magallanes y Elcano, sean estas líneas un homenaje de admiración y gratitud a la oficialidad, suboficiales, marinería y muy especialmente alumnos del actual crucero de instrucción en el “Juan Sebastián Elcano”.

Notas

1. Cf. Virgilio, Eneida, Libro II, (Ed. Austral), Madrid 1951, pp. 203ss.

2. J. Espronceda, Poema Canción del Pirata en Poesías líricas de Austral, Madrid 1999, p. 54.

3. A. Gatón, Himno del Mundial de Vela, Santander 2014.

4. Cf. Homero, Odisea, Canto XII (Ed. Austral) Madrid 1951, pp. 98ss.

5. M. Alcañiz Comas, “El futuro de las operaciones en el exterior del Ejército español” en Ejército de Tierra español, Madrid 2009, p. 77.

6. Cf. P. Calderón de la Barca, Para vencer a amor, querer vencerle, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Madrid 2013.

7. A. Gatón, “Elcano: Identidad de España” en Diario ABC, ed. Nacional, 17 de marzo de 2015.

8. Cf. B. Moitessier, La longue route, París 1971; ed. Española, El largo viaje, Barcelona 2004, p. 32ss.

9. Agustín de Hipona, De Trinitate, VIII, IV, 7, Madrid 1956.

10. M. Menéndez-Pelayo, Historia de los Heterodoxos españoles, Madrid 1958, p. 839.

11. J. del Río Martín, Servidores de la Paz, Madrid 2018, p 65.

12. F. Quero Rodiles, “Espíritu militar en el siglo XXI” en Ejército de Tierra español, Madrid 2009, p.6.

13. P. Laín Entralgo, Sobre la amistad, Madrid 1972, p. 210.

14. Aristóteles, Ética a Nicómaco, Madrid 2001, p.241

 

Alberto Gatón Lasheras
Capellán del “Juan Sebastián de Elcano” en los cruceros LXXXVI y XC Actualmente Vicario Episcopal de Defensa

 

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