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Cabecera Granero

Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, en mi tierra se dice: “Al mal tiempo buena cara”. Con esta “buena cara” os digo: ¡buenos días!

El 20 de septiembre con motivo de la Celebración de los 100 años de la creación de la Legión Española, el Cardenal Arzobispo de Bamako Jean Zerbo impartió los Sacramentos de Iniciación Cristiana a un grupo de militares españoles.

Tenerife honra al Santísimo Cristo de Paso Alto

El pasado 23 de septiembre, la comunidad castrense de la isla de Tenerife y el barrio santacrucero del Toscal, se ha reunido para celebrar un acto de la palabra en honor al Santísimo Cristo de Paso Alto. Este es el séptimo año consecutivo que tiene lugar esta celebración. Lo que debido a la situación sanitaria en la que nos encontramos, se ha tenido que suprimir la romería que se hacia por las calles de la ciudad y la misa que se celebrara en años anteriores, por un pequeño acto dentro del Museo de Histórico Militar de Almeyda. También el número de participantes se ha visto reducido. Ha habido mucha gente, que en años anteriores a colaborado en la realización de este acto y a la que le hubiera gustado asistir, pero entienden que se haya tomado esta decisión por el bien de todos.

El pasado 23 de septiembre, en la sede de Cáritas Parroquial Castrense de Granada tuvo lugar un sencillo acto en el que la Real Maestranza de Caballería de Granada hizo entrega de un importante donativo para ayuda de nuestros necesitados.

El Nuncio Apostólico en España, Excelentísimo y Reverendísimo Bernardito Cleopas Auza, visitó hoy el Arzobispado Castrense donde fue recibido por Monseñor Juan del Río, titular de la jurisdicción.

El pasado jueves 10 de septiembre, tuvo lugar en el Batallón de Helicópteros de Maniobra VI (BHELMA VI), en la isla de Tenerife, el acto de toma de posesión y entrega de mando al teniente coronel Pedro Augusto Cánovas Zabala, en sustitución del teniente coronel Alberto José Cherino Muñoz.

Dios llama a todos y recompensa con su amor

Palabras antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La página del Evangelio de hoy (cfr. Mt 20,1-16) narra la parábola de los trabajadores llamados a jornal por el dueño de una viña. A través de esta historia, Jesús nos muestra el sorprendente modo de actuar de Dios, representado en dos actitudes del dueño: la llamada y la recompensa.

El Arzobispo Castrense de España, D. Juan del Río Martín, felicita a todos los legionarios y a sus familias con motivo del centenario de creación de la unidad, el 20 de septiembre de 1920, fecha de incorporación del primer voluntario.

Cáritas Castrense Barcelona empieza a andar

Cáritas Castrense Barcelona (CPC Barcelona) empezó a andar formalmente el pasado 11 de junio cuando recibió su aprobación por parte del Consejo de Dirección de Caritas Castrense.

No está siendo fácil, en estos tiempos difíciles y convulsos que nos tocan vivir, pero la importancia de poner en marcha esta realidad eclesial, hace que no nos quedemos con los brazos cruzados, esperando mejores tiempos, sinó que, con la prudencia necesaria pero con la energía del que cree en el proyecto, vayamos poniendo las bases necesarias para un trabajo eficiente y fructífero.

Beato Rupert Mayer, SJ (1876-1945)

Capellán Militar en la Primera Guerra Mundial 

Silencio en San Miguel

«Hombres católicos[1]: He interrumpido mi viaje de confirmación y, aunque cansado por la ceremonia de consagración de la iglesia del Santo Rosario en Rosenheim-Fürstätt, he regresado a Múnich para estar con vosotros en esta reunión general de la Congregación de hombres. Es la primera vez que el padre Rupert Mayer, presidente de la Congregación, no está en el púlpito. Aprovecho esta primera solemne oportunidad para declarar públicamente que el 5 de junio los hombres católicos de Múnich quedaron asombrados, indignados y aun amargados, al recibir la noticia de la detención del padre Rupert Mayer, y que todos los católicos se sienten afligidos al saber que todavía no ha sido puesto en libertad. Es hora de hablar.

Bto. Ruper Mayer.02El padre Rupert Mayer, sacerdote de la Compañía de Jesús, era un hombre sano cuando fue a la guerra; como sacerdote castrense, arriesgó la vida miles de veces para llevar a los hermanos destacados en la línea de fuego los consuelos de la santa religión; resultó herido de gravedad, y regresó del frente a la patria quebrantado físicamente. Ahora la patria se lo acaba de agradecer. Como varón apostólico de Múnich, el padre Rupert Mayer ha dado un ejemplo claro y luminoso de los rasgos varoniles y heroicos del cristianismo, enseñando los caminos de la fe hacia la vida según la fe, y exigiendo siempre a los hombres que den al Estado lo que es del Estado, y a Dios y a la Iglesia lo que es de Dios y de la Iglesia; pero también ha rechazado a los falsos profetas en cuestión de religión. Como hombre del pueblo, el padre Rupert Mayer ha combatido el comunismo en reuniones y discursos, con el arma de la palabra. Y a los individuos también ha explicado, de hombre a hombre, y con modalidad popular, la bendición de un buen orden estatal y social. El padre Mayer, cuyo carácter es parecido al de san Juan Bautista, también ha dicho la verdad en la cara a los grandes de este mundo. Podría haber recobrado la libertad si se hubiese comprometido con su firma a no predicar fuera de Múnich. Pero como hombre de carácter que es, no ha podido desmentir el principio católico: “La palabra de Dios no puede estar encadenada” (2 Tim 2,9). Declaró: “No puedo firmar eso”. Y siguió preso.

La Congregación de hombres, que se sentía herida por la detención del querido padre Mayer, ha obedecido mi exhortación a mantener la disciplina, y se lo agradezco a ustedes. A través de la curia arzobispal he mandado decirles que, a pesar de la veneración y entusiasmo por su presidente y pesadumbre por la detención de que es objeto, se abstengan de realizar manifestaciones callejeras. No podríamos complacer mejor a la policía del Estado que dándole motivos, con las manifestaciones, para proceder con porras y arrestos, con censuras y cesantías contra los odiados católicos; contra los católicos, a quienes hoy en día se odia y se persigue más que a los bolcheviques. Habéis obrado en honor del padre Rupert Mayer al mantener la disciplina. Esta es una época para callarse.

Mis queridos hombres católicos: Seguiréis manteniendo la disciplina. Prometédselo a vuestro obispo, mentalmente, sin demostraciones: no interrumpiréis mi alocución, ni los sermones en general, y no manifestaréis en forma alguna vuestra aprobación o vuestra indignación; no olvidaremos que estamos en la iglesia. Pero sí rezaréis por nuestro presidente detenido, asistiréis a las vísperas aquí, en San Miguel, según un orden establecido, y consideraréis también la reunión de hoy como un rezo a tal intención. Delante de Dios es tiempo de hablar.

Y pensamos rezar, primero, para que el padre Rupert Mayer no sea dominado por una depresión. No es fácil pasar repentinamente de una vida tan activa -él pronunciaba todos los domingos tres o cuatro sermones- al desierto solitario. Ya muchos han sufrido depresiones nerviosas en el silencio de cementerio que reina en la prisión. Segundo, que sea abreviado el tiempo de la prueba y que pronto se abra la puerta de su cárcel. Ahora comprendemos por qué la Iglesia reza el Viernes Santo: que el Señor “abra las puertas de las prisiones”. Y tercero, que también aquí la Providencia torne el mal en bien.

Ya el 31 de mayo, antes de la detención del padre Mayer, elevé una protesta al ministro de Asuntos Eclesiásticos del Reich contra la orden impartida, el 28 de mayo, de suspender sus actividades de predicador. Naturalmente, mi protesta al Ministerio de Asuntos Eclesiásticos fue rechazada y la prohibición de predicar no fue anulada. Por eso, me dirijo hoy a los hombres católicos de Múnich. Es hora de callarse y es hora de hablar.

Bto. Ruper Mayer.03El 9 de junio, pocos días después de la detención, la Sede Arzobispal, con mi aprobación, elevó una protesta extensa y documentada contra la detención al ministro del Interior, al Ministerio de Relaciones Exteriores, al ministro de Asuntos Eclesiásticos, al departamento de la Policía Secreta de Estado de Múnich, al lugarteniente del Reich en Baviera y al primer ministro de Baviera. En esa protesta se dice lo siguiente:

«En realidad, el padre Rupert Mayer no necesita dar pruebas de sus sentimientos patrióticos. Su actuación ejemplar, reconocida por todos, durante la guerra y en la lucha contra los desórdenes de 1918; el haber sido herido de gravedad; sus numerosos discursos patrióticos en reuniones militares de la postguerra; su lucha sin miedo contra comunistas y marxistas en centenares de reuniones, una vez junto con el Führer; y por último, el reconocimiento expresado por el Führer en una carta de su puño y letra con motivo de su bodas de plata sacerdotales. Todo eso son pruebas suficientes. Por dondequiera que actuaba -en las trincheras, en las ambulancias, en el púlpito o en la tribuna- demostraba ser un cura de almas extraordinariamente importante, un varón apostólico apasionante, un despertador del ánimo y del sentimiento del deber, un defensor de la religión y de la moral, de la autoridad y de la lealtad para con el Estado, del orden y del altruismo».

Y este varón alemán, que luce la Cruz de Hierro de 1ª clase como el Führer, que combatió junto con el Führer a los comunistas de Múnich, que recibió una carta de reconocimiento de propio puño y letra del Führer, está hoy en la cárcel. Afortunadamente, hubo quien tomó taquigráficamente el sermón que el padre Rupert Mayer pronunció desde este púlpito el 23 de mayo, ante vosotros. Vosotros sois testigos de que, en esa ocasión, dijo textualmente: “No dejaremos que se nos haga vacilar en nuestra lealtad para con el Estado. Nos oponemos a cualquier autoayuda de carácter revolucionario”. Y a este hombre lo acusan ahora de ser “enemigo del Estado”.

Se dirá que el padre Rupert Mayer llevó la política al púlpito. ¡Cuántas veces refutaba él ese tópico engañoso del catolicismo político! El Führer dice en su libro, y lo ha repetido muchas veces, que no quiere ser un reformador religioso, y aún hoy sostiene ese principio suyo. Pero están obrando otras fuerzas poderosas, tendentes a hacer, a todo trance, del movimiento político una segunda reforma, y a extinguir en Alemania, en oposición a la palabra del Führer, el cristianismo y toda confesión cristiana; contra tales fuerzas dirigía el padre Rupert Mayer la espada del espíritu, como se llama a la palabra de Dios en la epístola a los Efesios. El Führer mismo ha declarado: “Durante mil años, el cristianismo estaba unido al pueblo alemán. No se puede negar simplemente este hecho”. Y añado yo: lo que durante mil años estaba tan unido y tan enlazado como el cristianismo con el pueblo alemán, no se puede separar sin causar enormes estragos en ambas partes. Por lo tanto, el que defiende la doctrina cristiana de la fe y de la moral en la vida del pueblo, ha rendido un servicio también a la comunidad del pueblo y del Estado. Aunque sólo fuera desde ese punto de vista, la actividad del padre Rupert Mayer era patriótica y no únicamente religioso-eclesiástica».

Nos acercamos a la figura del beato Rupert Mayer, sacerdote jesuita, a través de la homilía que el cardenal Faulhaber, arzobispo de Múnich, dirigió a los hombres de la Congregación Mariana reunidos en la iglesia de San Miguel de la ciudad muniquesa, un mes después de su detención.

El 8 de abril de 1937 el padre Mayer recibe de la Gestapo la prohibición de predicar en todo el territorio del III Reich. Desoyendo esta orden injusta que lesionaba el Concordato pactado entre Alemania y la Santa Sede, siguió sus tareas con toda normalidad. El 5 de junio es detenido y recluido en Múnich en la prisión de Stadelheim.

El padre Rupert Mayer permaneció durante nueve meses en el campo de Sachsenhausen. Temiendo por su vida, fue recluido en la abadía benedictina de Ettal (Baviera) hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

El padre Mayer fue un defensor decidido e impávido de la verdad, de la fe y de los derechos de la Iglesia. Fue detenido en diversas ocasiones... Se pretendía proclamar un eterno silencio sobre los muros de la iglesia de San Miguel, en el lugar diario de su predicación...

 

Sacerdote, jesuita, héroe de guerra

Rupert nació en Stuttgart el 23 de enero de 1876. Sus piadosos padres, Rupert Mayer y Emilia Wehrle, comerciantes acomodados, dieron a sus hijos una óptima educación religiosa y humana. Rupert, tras realizar en su ciudad natal los estudios primarios y secundarios, prosigue su formación en el instituto de Ravensburg. Es durante este período cuando descubre su vocación hacia la Compañía de Jesús[2]. Sus padres, sin embargo, le piden que difiera su decisión de hacerse religioso hasta un año después de la ordenación sacerdotal. Con ejemplar sumisión, inicia sus estudios de Filosofía y de Teología en varias universidades: Friburgo (Suiza), Múnich (Baviera) y Tubinga. Finalmente ingresa en el Seminario Mayor de Rottemburg, en donde será ordenado sacerdote el 2 de mayo de 1899. Fue destinado como coadjutor a la parroquia de Spaichingen. Transcurrido un año, solicitó ser admitido en la Compañía de Jesús.

El 1 de octubre de 1900 ingresa en el noviciado de Feldkirch (Voralberg, Austria). El noviciado le resultó duro entre gente mucho más joven que él. Sin embargo, desde el primer momento demostró una gran obediencia y generosidad al proponer a su maestro de novicios: “Yo soy un papel completamente en blanco: escriba lo que quiera”.

El 2 de octubre de 1902 emite sus primeros votos en el Ignatiuskolleg de Valkemburg (Holanda). Después de completar su formación espiritual y científica, desde 1906 a 1912, el padre Rupert Mayer es destinado a la predicación de Misiones Populares en Renania-Westfalia y Baden.

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En enero de 1912 recibe el nombramiento como capellán de los inmigrantes para la ciudad de Múnich. Enseguida comenzó su labor: organizó un grupo de colaboradores para atender material y espiritualmente a los recién llegados, a los cuales visitaba personalmente. Daba conferencias a las asociaciones de trabajadores. Promovió Cáritas y la asistencia a los jóvenes de Múnich. Para servirles con mayor dedicación interviene, junto con el Rvdo. Pichlmair, en la fundación del Instituto religioso de las Hermanas de la Sagrada Familia[3], que consagrarán su vida a este apostolado. El padre Mayer escribió la parte ascética de la Regla de las religiosas y fue su director espiritual desde la fundación hasta su muerte.

Además, se dedicó a introducir a los jóvenes universitarios de la Congregación Mariana en la práctica de la comunión mensual. Esta práctica, que también fue seguida por los hombres de la Congregación, en poco tiempo se extendió a todas las parroquias de la ciudad.

En 1914, cuando estalla la Primera Guerra Mundial, el padre Mayer se ofrece, con la aprobación de sus superiores, como capellán militar. Desarrolla su ministerio sacerdotal entre los soldados de primera línea; estos admiraban su valentía y generosidad. En el invierno de 1915 recibe, por cumplir de modo heroico con sus deberes de capellán militar, una codiciada condecoración: la Cruz de Hierro de primera clase.

El padre Rupert Mayer afirmaba: “Mi vida está en las manos de Dios. En estos bombardeos hay siempre pérdidas de vidas humanas y los soldados tienen siempre necesidad de mí”.

Era para los soldados un fiel ángel custodio, que les guiaba en el camino a la vida eterna.

El 30 de diciembre de 1916 fue herido gravemente en el frente rumano, sufriendo la amputación de la pierna izquierda. Gran admirador de su fundador, recordaría, sin duda, los días de conversión del soldado de Loyola tras el sitio de Pamplona.

Después de una larga estancia en el hospital, y gracias a su constancia y empeño por volver a sus tareas apostólicas, se le puede colocar una pierna ortopédica. Su cojera ostensible le acompañará de por vida.

En 1917 regresa a Múnich. Se dedica a estudiar en profundidad las nuevas ideologías que aparecen en Europa, especialmente la comunista. Reemprende su labor dedicándose plenamente a los pobres y a todos aquellos afectados por la Gran Guerra, que había asolado a Europa.

El 28 de noviembre de 1921 fue nombrado presidente de la rama masculina de la Congregación Mariana de Múnich, fundada en 1610, que dirigirá hasta su fallecimiento. Bajo su dirección, obtuvo un florecimiento excepcional, llegando a contarse más de 8.000 congregantes durante los diez primeros años.

En 1925 instituye las misas matutinas[4] en la estación de Múnich. El padre Mayer estudia también los movimientos del Partido Obrero Nacionalsocialista[5], pues es precisamente en estos años cuando Adolf Hitler, influido por Alfred Rosenberg, se identificó con los ideales del partido y se convirtió en su jefe.

El 27 de enero de 1923 se celebró el primer congreso nazi, con un enérgico discurso de Hitler contra los acuerdos de paz del Tratado de Versalles.

En este intenso año el padre Rupert Mayer interviene en algunas discusiones públicas del nuevo partido, declarando que un católico no podía nunca ser nacionalsocialista. Sucedió en Bürgerbrau y el tema era precisamente ese: “¿Puede un católico alemán ser nacionalsocialista?”. El padre Mayer pidió la palabra y, tras unos aplausos iniciales, pronunció tajantemente: “Me habéis aplaudido demasiado pronto. Os diré en seguida, con toda claridad, que un católico alemán no podrá jamás ser nacionalsocialista”. Del aplauso se pasó a un frenético rechazo. Se ha llegado a afirmar que los sermones antinazis del padre Rupert Mayer contribuyeron, en cierto modo, al fracaso del golpe de Estado que, en noviembre de 1923, protagonizó Hitler[6].

Diez años después, el 5 de marzo de 1933, el Partido Nacionalsocialista Alemán conseguía un triunfo casi rotundo en las elecciones al Parlamento. A partir de aquí, la veloz carrera por el ansia de poder de Adolf Hitler no minimiza los esfuerzos del apóstol de Múnich por mostrar el verdadero rostro del nazismo. Del mismo modo, era evidente que, al triunfar el partido, peligraría su situación. El nacionalsocialismo no podía permitir que un sacerdote tuviese tanta influencia entre los habitantes de una gran ciudad. Se iniciaba así una lenta y sorda persecución contra su predicación y sus intervenciones públicas. Se le acusó de tráfico de divisas por organizar cuestaciones de Cáritas. Se dijo que sus sermones iban contra la seguridad del Estado.

Finalmente, en junio de 1937, se le prohíbe predicar fuera del recinto de la iglesia. Dos semanas más tarde, el decreto prohibitivo se extendió a todas las iglesias, excepto la de San Miguel de Múnich. Sin embargo, el padre Rupert Mayer prosiguió sus actividades de orador sagrado, con la aprobación de sus superiores eclesiásticos.

 

Primera detención: Stadelheim

El 5 de junio de 1937 el padre Rupert Mayer es detenido por la Gestapo y recluido en Múnich, en la prisión de Stadelheim[7], hasta el 27 de julio del mismo año.

Dejemos continuar al cardenal von Faulhaber, que nos presentaba en las primeras páginas de este capítulo a nuestro intrépido jesuita con su famosa predicación en la iglesia de San Miguel de Múnich:

«En mi calidad de obispo[8], hago la siguiente declaración de principios respecto a la detención del padre Rupert Mayer:

El Estado no tiene derecho alguno de prohibir a un sacerdote predicar en el recinto de la iglesia, si ese sacerdote cumple con las obligaciones establecidas en el Concordato y si su obispo (o su superior, si se trata de un religioso) le ha encargado la misión de predicar. La predicación es una parte esencial de la cura de almas, y la cura de almas es un asunto netamente eclesiástico. En el artículo XXXII del Concordato con el Reich se dice lo siguiente: “El eclesiástico no debe desarrollar actividades partidistas”. Con referencia a esto, el gobierno del Reich y el Vaticano convinieron en lo siguiente: “La conducta que, en aplicación del artículo XXXII, deben observar en Alemania los eclesiásticos y religiosos no significa ninguna restricción de la declaración y explicación obligatorias de las doctrinas y principios dogmáticos y morales de la Iglesia”. El Estado no tiene, pues, el derecho de prohibir la predicación a un eclesiástico a quien el obispo encargó la misión de predicar, ni de arrestarlo si se niega a dejar de cumplir con su deber.

En tal caso, nos encontraríamos frente a un nuevo episodio narrado ya en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pueden ustedes leerlo en los capítulos 4 y 5. En los Hechos de los Apóstoles se relata que, cuando los Apóstoles fueron encarcelados por primera vez por haber enseñado la palabra de Dios, se reunió el Alto Consejo de los judíos. Llevados ante el Consejo, se les preguntó: “¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho vosotros eso?” (Hechos 4, 7.10.19). Los Apóstoles contestaron: “En nombre de Jesucristo de Nazaret, al que vosotros crucificasteis, pero al que Dios resucitó de entre los muertos”. Luego, les prohibieron predicar y enseñar jamás en nombre de Jesús. Pero los Apóstoles contestaron: “Juzgad si es justo, delante de Dios, obedeceros a vosotros más que a Dios”. Puestos en libertad, volvieron a predicar; fueron detenidos de nuevo y llevados ante el Alto Consejo, donde se les dijo: “Os prohibimos severamente enseñar en ese Nombre” (Hechos 5, 28-29). Pedro y los Apóstoles respondieron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Mis queridos hijos: Al ser detenido el padre Rupert Mayer, dio comienzo un nuevo capítulo de los Hechos de los Apóstoles, un capítulo de los tiempos del cristianismo primitivo. Que Dios nos conceda la gracia de que resurja también en los perseguidos, el espíritu del tiempo del cristianismo primitivo, el espíritu de los confesores y de los santos mártires.

El miércoles pasado, 30 de junio, fui a ver al padre Mayer a la prisión de Stadelheim, gracias a la complacencia de los empleados de justicia, y, naturalmente, bajo las mismas condiciones en que se admiten, en general, las visitas en las prisiones; es decir, bajo la condición de que un empleado asista a la conversación, y que ésta no dure más de diez minutos. Con esa visita quería yo significar a nuestro querido presidente que ni el obispo ni los hombres de la Congregación Mariana ni el pueblo católico de Múnich lo han olvidado. Y es una obra de misericordia visitar a los presos. El padre Rupert Mayer está bien física y moralmente. La conciencia tranquila es, hasta en la prisión, la mejor almohada. Tiene una celda individual, aposento relativamente grande y espacioso, que en otros tiempos estuvo destinado para enfermos; recibe la luz por dos ventanas ubicadas en la parte superior de la pared y está amueblada con sencillez, como la celda del profeta (2 Re 4,10)[9].

Bto. Ruper Mayer.05El padre Rupert Mayer sobrelleva su licencia involuntaria con la férrea decisión con que, durante la guerra, cruzó a través de una cortina de fuego para reunirse con sus soldados[10]. Pasa este lapso de silencio con la misma imperturbabilidad filosófica con que, en la ambulancia del frente oriental, estaba tendido sobre la mesa de operaciones cuando le amputaron la pierna. Hasta observó, con cierto deje de humor que, desde hacía veinticinco años, no había dado paseos como los que ahora da todos los días en el lugar de su encierro, y que, hallándose en libertad, nunca ha tenido tanto tiempo para estudiar seguidamente como lo tiene ahora en la cárcel. No pasa los días meditando sobre su situación, sino rezando, haciendo ejercicios y estudiando.

Digo esto para desvirtuar ciertos rumores absurdos que circulan sobre que el padre Mayer habría sido llevado a Coblenza, y otros que no han sido ideados por el corazón de oro de los hijos de Múnich, sino por lenguas de hojalata. Después de la visita a Stadelheim escribí a la madre del padre Rupert Mayer, para tranquilizar a esa señora, que tiene ahora 83 años. En mi carta le dije que su hijo estaba bien de salud, que se mantenía valiente y firme, y que conservaba aquella sagrada devoción en que tanto insistió san Ignacio en sus Ejercicios.

Hombres católicos, la detención del padre Rupert Mayer tiene, además de su significado individual, otro que va más allá de los límites de lo individual. Esa detención es un síntoma de que la kulturkampf por la destrucción de la Iglesia Católica en Alemania ha entrado en una nueva fase. Se acerca la decisión. El Hijo del Hombre ha tomado en la mano el aventador para apartar el grano de la paja. Sube el humo de las almenaras[11], y una de estas señales es la detención de nuestro varón apostólico de Múnich.

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En el gran discurso de Fürstenfeldbruck[12], la detención del padre Rupert Mayer fue presentada como relacionada con la actual situación general político-eclesiástica. Allí se dijo: “Con pesar mío he de hacer constar que todavía existe una fuerza y un poder cuya influencia perturbadora se hace sentir en la vida de nuestro pueblo. Esa fuerza son las Iglesias”. ¿No lo entendemos mal? ¿Esa fuerza no serían los francmasones ni los comunistas ni los bolcheviques? ¿Este último poder hostil al Estado, que ahora debe ser aniquilado, serían las Iglesias? Son ellas “los únicos” que no se incorporan a la comunidad del pueblo. Esa palabra nos indica, como guía, adónde hemos llegado. No hace mucho que se tildó al bolchevismo de enemigo público número uno. Hoy ya no se habla de este enemigo del Estado. Por lo menos, ahora vemos claro.        

Sin pretender tratar aquí todos los puntos tocados en el discurso de Fürstenfeldbruck, me limito, desafiado por el discurso mismo, a estas breves observaciones: Allí se habló de los subsidios que el Estado da a la Iglesia, así como de los sueldos de los obispos. Muchas veces hemos oído eso en la época de los marxistas, y muchas veces lo hemos leído en los diarios de los comunistas. Pero notamos la falta de datos exactos relativos a los sueldos de los ministros y las cantidades que disponen para gastos. Que nadie se haga ilusiones: la cuestión que se acaba de plantear, la cuestión de los sueldos y gastos seguirá siendo discutida en amplios sectores de la población, sobre todo, en los círculos obreros. Y lamentamos mucho que no se haya dicho al pueblo, al cual se instiga contra la Iglesia, que esos subsidios que el Estado de Baviera concede a la Iglesia Católica, lo mismo que los sueldos que perciben los obispos de acuerdo a lo estipulado en el Concordato, no son sino pagos a cuenta por todo cuanto el Estado de Baviera quitó a los Principados Eclesiásticos y a conventos. Que el Estado de Baviera restituya a la Iglesia los terrenos, edificios y, sobre todo, los extensos bosques que robó a la Iglesia en la secularización, y nosotros renunciaremos a todas las subvenciones del Estado y a todos los sueldos.

Mis queridos hombres católicos, sube el humo de las almenaras. Semana tras semana, los periódicos y revistas alemanas atacan, por medio de la palabra y de las ilustraciones, a los obispos católicos, a los dogmas y a las instituciones de la Iglesia; los insultan y los calumnian de la manera más baja, sin que nosotros tengamos la posibilidad de señalar la mentira como tal, ya sea por la radio o por una agencia informativa, o, siquiera, por nuestros "boletines". Nuestra conciencia nos obliga a acatar la autoridad del Estado, y hemos de ver que la autoridad del Estado permanece impasible ante el hecho de que, semana tras semana, la autoridad eclesiástica es desacreditada y salpicada de lodo. Hay discursos y artículos periodísticos que, en cuanto a sus efectos psicológicos, equivalen a una llamada a eliminar a los “elementos romanos antinacionales” y “enemigos del Estado”. Un diario llegó a tildar a los obispos alemanes de “traidores a la patria”. La procesión del Corpus, de carácter meramente religioso, manifestación pública de la creencia en el más dulce misterio de la fe, fue calificada de “manifestación de hostilidad al Estado”. El Durchbruch[13] publicó artículos difamatorios sobre el final de la procesión del Corpus de este año en Múnich, reproduciendo, en apoyo de sus afirmaciones, dos fotos que datan de años pasados y que dicen -lo cual es mentira- haber sido tomadas en la procesión del Corpus de este año.

Así pues, llamo almenara del tiempo a la detención del padre Rupert Mayer. Al prohibírsele pronunciar alocuciones en reuniones fuera de la iglesia, obedeció a tal prohibición. Lo hago constar expresamente: a partir de entonces, él ya no pronunció discursos en reuniones fuera de la iglesia. Pero cuando se le prohibió predicar dentro de la iglesia, su conciencia no le permitió obedecer tal orden. Es hora de callarse y es hora de hablar. Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres.

En los círculos allegados al Gobierno causó indignación que periódicos extranjeros informaran de la detención del padre Rupert Mayer, mencionando también mi carta al ministro de Asuntos Eclesiásticos. Tengo por principio no dar ninguna información a periódicos extranjeros, y en estos mismos días me he negado a contestar a un pedido de informes cablegrafiado de Londres y a otras tentativas de sonsacarme noticias. Por otra parte, no puedo menos de expresar mi asombro al oír que la indignación por las informaciones de la prensa extranjera sobre hechos incontestables es mayor que la producida por los hechos mismos, en nuestro caso por la detención del padre Rupert Mayer. Es lo que el Evangelio llama “colar mosquitos y tragar camellos”. La noticia de la detención del padre Rupert Mayer no puede haber sido enviada al extranjero por ninguna autoridad eclesiástica de Múnich, por la simple razón de que contiene datos inexactos, que todos los hijos de Múnich saben inexactos, como, por ejemplo, la información propalada por la radioemisora de Estrasburgo indicando que el padre Mayer había sido puesto en libertad.

La detención, que fue llevada a cabo el 5 de junio, suscitó vivos comentarios en todas las esferas de Múnich. La curia arzobispal hizo leer desde los púlpitos de Múnich una declaración en la que se advertía que las autoridades eclesiásticas estaban realizando toda clase de gestiones, a fin de conseguir la libertad del padre Rupert Mayer, y que yo había enviado una carta al gobierno del Reich. La curia arzobispal hizo esa declaración para evitar que el pueblo irritado organizara manifestaciones callejeras y diera pasos desconsiderados. Los corresponsales de los periódicos extranjeros en Múnich serían ciegos y sordos, si no se hubieran enterado de todos estos sucesos. Por lo demás, no hay necesidad de mandar informes al extranjero. Los diarios y semanarios del interior publican continuamente un material tan abundante, que los periódicos extranjeros, sin necesidad de informes especiales, basándose en los diarios y revistas alemanes, pueden formarse un juicio sobre la situación del clero católico de Alemania.

Hombres católicos: En esta hora tan grave es necesario comprender el misterio de la Cruz. Así es la ley y el misterio en el Reino de Dios: la Iglesia debe llevar en todo momento los estigmas sagrados de su Maestro divino, y es por esos estigmas, precisamente, por lo que se la conoce como el Cuerpo Místico del Señor, como la verdadera Iglesia de Cristo. No debemos, pues, empezar a dudar de esta Iglesia porque veamos a nuestra Madre, la Iglesia, llevar al igual que su Fundador divino el manto burlesco, la corona de espinas y la cruz, ni siquiera cuando tengamos que consumar sacrificios personales por nuestra fe.

Cuando suba el humo de las almenaras,
entonces el mundo necesitará de hombres,
que sólo nacen junto a la Cruz.

Ha llegado la hora de la decisión. A cada uno se le planteará la cuestión: ¿Crees en Dios, o profesas la fe de Cristo y de su Iglesia? Creer en Dios no tiene, en esta nueva estadística de religiones, su antiguo significado de primer artículo de fe; hoy creer en Dios sólo significa: únicamente creo en Dios del mismo modo que los turcos y hotentotes creen en un dios, y reniego de Cristo y de su Iglesia. Quien pretende creer en Dios de tal manera ha renegado de Cristo y se ha separado de la Iglesia Católica. Ha llegado la hora de la decisión. Así pues, cuando se os pregunte individualmente: “¿Crees en Dios?”, entonces es hora de hablar y de hacer profesión de fe sin rodeos, sin vacilaciones y sin componendas. Entonces, el católico debe declarar francamente, hasta por escrito si se lo exigiesen: “yo soy católico”. No solamente creo en Dios, sino también en Cristo y en su Iglesia. Yo soy católico. Yo soy católico, sí. Amén».

 

“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”

El cardenal Miguel von Faulhaber fue el gran valedor del padre Rupert Mayer; no era la primera vez que alzaba su voz para discrepar contra el régimen de Adolf Hitler. Tanto él como el padre Mayer[14] llevaban largo tiempo denunciando los atropellos y persecuciones que sufría la Iglesia Católica en Alemania. Ya el 24 de agosto de 1935, Faulhaber protestaba contra la sistemática persecución a la que se veía sometido el clero. En la primavera de 1937, sus sermones -publicados bajo el título de Sermones cardenalicios de Múnich- fueron secuestrados y destruidos por la Policía.

El papa Pío XI[15] -que acababa de publicar la encíclica Mit brennender sorge (14 de marzo de 1937)- con severidad no empleada hasta entonces, en su alocución de Navidad de 1937, comenzó a fustigar públicamente las persecuciones anticatólicas en Alemania.

Esta, pues, era la consigna de todos (del vicario de Cristo, Pío XI; de un cardenal alemán, el arzobispo de Múnich; y de un religioso jesuita, el padre Rupert Mayer): “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

La Gestapo le ofrecía al padre Mayer la libertad, si accedía a predicar exclusivamente en la capital bávara. El jesuita declaró: “En caso de libertad, y no obstante la prohibición de predicar, seguiré predicando en Múnich y en toda Baviera, y seguiré defendiendo a la Iglesia de cualquier ataque”.

El 23 de julio de 1937 el prisionero Mayer fue condenado a seis meses de cárcel y a pagar las costas del proceso. Aunque el peso de la opinión pública era prácticamente nulo, la Gestapo accedió a la libertad provisional pedida por el provincial de Berlín. Días después, el 27 de julio, el padre Rupert Mayer regresaba a San Miguel. La condición impuesta por la Gestapo para ponerle en libertad fue que dejase de predicar. Pronto convenció a sus superiores de lo contrario: “El pueblo católico -afirmó el jesuita- no comprenderá esta actitud y se escandalizará de mí. Dirán que cuando se me amenaza, actúo como los demás. ¡Adiós, entonces, al Evangelio...!”[16].

El Provincial accedió y, a finales de diciembre, el padre Mayer retomó sus tareas de predicación. Durante la Navidad de 1937, la iglesia de San Miguel estuvo repleta de fieles que deseaban escucharle.

El 5 de enero de 1938 la Gestapo le visitó en la residencia de los padres jesuitas, inquiriéndole sobre si pensaba predicar en la fiesta de la Epifanía, al día siguiente. El padre Mayer contestó que sí. Detenido nuevamente, se le condujo a la prisión común de Landsberg, ingresando en la sección de inválidos. También ahora el cardenal Faulhaber visitó al padre Rupert Mayer. Tras esta visita, a los pocos días, pudo comenzar a decir misa en su celda.

La anexión de Austria al III Reich[17] le devolverá la libertad, a través de una amnistía especial que decretó Hitler por tal evento. El prisionero de Landsberg regresaba, el 3 de mayo, a la residencia de los jesuitas de Múnich.

En numerosas ocasiones, los obispos habían declarado que la mayoría de los sermones pronunciados en Alemania eran controlados por espías y agentes secretos que, posteriormente, denunciaban a la Gestapo todo aquello que, susceptiblemente, podría ser interpretado como un ataque al Estado o al Partido. La credibilidad dada por la Policía Secreta a estos espías tenía como consecuencia que un sinnúmero de sacerdotes tuviese que comparecer ante los tribunales[18].

Meses después del estallido de la Segunda Guerra Mundial[19], la Gestapo volvía a detenerlo.

El padre Rupert se dedicaba a pequeños círculos privados y a grupos familiares. En octubre de 1939, un espía de la Gestapo le denunció por abusar de su sacerdocio y hacer propaganda política durante la confesión sacramental. La denuncia era falsa porque el padre Mayer nunca había confesado a ese hombre que ahora le acusaba. Actuaban sabiendo la reacción del jesuita. El secreto de confesión, sobre el cual la Policía Política intentaba sonsacar al padre Rupert Mayer, le llevaría de nuevo a ser encarcelado. “La gente se desconcertaría -afirma- si yo fuera a decir a la Gestapo lo que se me dice como sacerdote. Así pues, no hablaré. No me importa el futuro...”.

 

Nueve meses en Sachsenhausen

El 3 de noviembre el padre Rupert Mayer era deportado al campo de concentración de Sachsenhausen[20]. En el formulario que tuvo que rellenar en la prisión, escribió: “No estoy descontento con esta suerte: no la considero una vergüenza, sino la coronación de mi vida”. Encarcelado, y esperando ser enviado al campo de concentración, relata: “Cuando se cerró la puerta de la cárcel y me quedé solo en la sala en la que ya había pasado tantas horas, me saltaron las lágrimas; eran lágrimas de alegría por haber sido considerado digno de sufrir la cárcel y enfrentarme con un futuro incierto por causa de mi vocación”.

Las fuerzas físicas del jesuita -que ya tenía más de sesenta años- fueron declinando ostensiblemente. El adelgazamiento hizo que no pudiera usar la pierna artificial que llevaba desde que fue herido en la Gran Guerra. Su estado de ánimo no decae. En una carta que escribió a su anciana madre, leemos: “Ahora sí que no tengo nada ni nadie más que al Buen Dios, pero es suficiente; más que suficiente. Si los hombres quisieran entender esto, habría mucha gente feliz en la tierra”. En otra ocasión escribía: “He recibido tu carta del 11 de diciembre de 1939. ¡Ha sido una alegría de verdadero domingo! Gracias a Dios estoy completamente resignado a cuanto me ha sucedido y me sucede... Procuro orar y ofrecerlo todo en sacrificio”.

El 5 de agosto de 1940, después de nueve meses en el campo de concentración de Sachsenhausen, temiendo por su vida, fue confinado a la Abadía de los Padres Benedictinos de Ettal, en los Alpes Bávaros. El nacionalsocialismo no quería mártires. Y menos tratándose del padre Rupert Mayer. Allí lo tendrían bien vigilado; temiendo la enorme influencia que ejercía entre los católicos de Alemania, aquel “mártir” sería olvidado por todos.

Se le sometió a un completo aislamiento:

“Estoy como muerto en vida, -afirma-; esta muerte es para mí peor que la muerte real, a la que estaba ya preparado. Nada podía ocurrirle mejor a la Gestapo que el que yo muera aquí...”.

Cinco largos años de silencio, de contemplación, de humillación y de impotencia. De silencio, cuando se le prohibió incluso el poder bendecir a sus congregantes desde la ventana... De contemplación, a través de sus largos ratos de intimidad con el Señor Jesús, que no se intensificaron, porque siempre fueron muy intensos... De humillación y de impotencia ante las noticias de los bombardeos sobre Múnich[21], o de la detención y asesinato de su hermano Alfred... También de regocijo, cuando acudió a visitarlo su anciana madre.

Durante esos cinco años el padre Rupert Mayer, que profundizaba en todo lo que observaba, veía cómo el Gran Reich comenzaba a resquebrajarse. Recordó las palabras del profeta: “Puesto que rechazáis esta palabra, y confiáis en la opresión y la perversidad, y os apoyáis en ellas, por eso será para vosotros esta culpa como brecha ruinosa en una alta muralla, cuya quiebra sobrevendrá de un momento a otro; como se rompe una vasija de loza, hecha añicos sin piedad, hasta no quedar ni un trozo con que sacar brasas del brasero (Isaías 30, 12b-14)”.

Poco era lo que quedaba en el invierno de 1944 de la Europa hitleriana. La Alemania nazi estaba en plena descomposición. En la primavera de 1945, se precipitaron los acontecimientos. El 2 de abril, el II Ejército Británico ocupaba Münster. El 13 de abril, las fuerzas soviéticas lograban tomar definitivamente Viena. El 29 de abril, las tropas estadounidenses entran en Múnich. Al día siguiente Adolf Hitler se suicidó, mientras los soldados soviéticos ocupaban el Reichstag. El 8 de mayo de 1945, Alemania se rendía incondicionalmente; el III Reich desaparecía de los mapas de Europa. El 6 de mayo las tropas americanas, tras la liberación de Múnich, llegaban a Ettal.

El 11 de mayo, el padre Rupert Mayer regresaba a la capital bávara, retomando sus actividades sacerdotales. Como balance frente a las destrucciones causadas en Europa por la guerra, que desencadenaron los nacionalsocialistas, afirmaba: “Los pueblos de Europa se han alejado, prácticamente, cada vez más de Dios. Ahora puede verse, de modo más claro, en qué ciego callejón sin salida están prisioneros los hombres. No se sabe ya qué hacer. Quien tiene ojos, ve que sin Dios las cosas no van... El tiempo actual es una terrible advertencia a los pueblos de la tierra para que retornen a Dios, a quien hace décadas han abandonado, tanto en las ideas como en la práctica. No se avanza sin Dios”.

Todos esperaban del padre Mayer duras críticas contra el enemigo, ya derrotado; sin embargo, él siguió predicando la dulce palabra evangélica que siempre había salido de su corazón y de sus labios: “Tenemos que desprender calor; la gente tiene que encontrarse a gusto a nuestro lado; y debe percibir que el motivo de todo ello es nuestra unión con Dios”.

“María -predicaba en otra ocasión- fue portadora de Cristo; también nosotros lo somos después de la santa comunión. Desearía que muchos días meditásemos en nuestros corazones la siguiente idea: deseo vivir el día como lo vivió la Virgen, en íntima comunión vital con Cristo. No basta que Cristo viniera un día a la tierra y que vaya a volver el día del juicio final. Es necesario que tome posesión de nuestro propio corazón”.

Vivía aquello que predicaba. Su bondad llegaba hasta el extremo de permitir, a sabiendas, que abusaran de él. Siempre decía: “Quien no ha sido engañado, no ha hecho nunca nada bueno”.

 

“¡Mi corazón reposa en tus manos!”

Con motivo de la beatificación del padre Rupert Mayer, el cardenal Friedrich Wetter[22] afirmaba:

“La vinculación con Dios le dio tal libertad interior, tal superioridad, que le hizo declarar ante sus jueces, en el proceso de 1937, que prefería encontrarse allí como acusado más que como juez. De su unión con Dios, que conservaba y profundizaba continuamente a través de la oración diaria, sacó, además, la fuerza para llevar adelante un apostolado de amor al prójimo, que no tiene parecido. Quiso llevar el amor de Dios a los hombres porque estaba convencido de que de él procede la verdadera curación. Por eso, administró con fervor el sacramento de la penitencia, se sentó muchas horas en el confesionario para derramar, como el Buen Samaritano, el aceite de la misericordia divina en los corazones quebrantados”.

Comenzó a trabajar infatigablemente. En su confesionario de San Miguel se reanudaron las filas de feligreses, que esperaban de él una palabra consoladora de perdón y de paz. La prisión había minado irreparablemente su salud y, dos meses después de su regreso, sufre un ligero ataque cerebral, del que se recuperará con relativa facilidad.

El 3 de octubre, solicita al cardenal Faulhaber el nombramiento de otro director para la Congregación Mariana. Siente que sus fuerzas comienzan a abandonarle. Le habían oído decir en los últimos días que el final estaba próximo. No cesaba de repetir su oración preferida, oración de confianza y de abandono absoluto:

Señor, yo quiero caminar por el camino
de lo que Tú quieres que suceda y como Tú lo quieras.
¡Ayúdame sólo a cumplir tu querer!
Señor, cuando Tú quieras, entonces es tiempo,
y yo estoy dispuesto para cuanto Tú quieras, hoy y siempre.
Señor, yo acepto lo que Tú quieres,
y lo que Tú quieres es para mí ganancia,
pues basta con que sea tuyo.
Señor, porque Tú lo quieres está bien.
¡Mi corazón reposa en tus manos!

 

1 de noviembre de 1945. Solemnidad de Todos los Santos. La iglesia de San Miguel estaba repleta de feligreses. El padre Rupert Mayer se dispone a comenzar la misa.

Después de leer el Evangelio de las bienaventuranzas, empezó la predicación. Todos le escuchaban con atención: “Bienaventurados los pobres de espíritu, los sufridos, los que lloran... Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia...”. Fue glosando la bella perícopa de Mateo, siempre tan actual, pero, tal vez más que nunca, en esos primeros meses de postguerra. Les habló de la obligación de imitar a los santos para poder alcanzar la meta del Cielo.

“¿De dónde sacan los apóstoles de Cáritas su fuerza en estos tiempos? De la misa, de la comunión”.

Hablaba con dificultad. De repente, calló. Haciéndose fuerza, intentó proseguir: “El Señor..., el Señor...”. Fueron sus últimas palabras. Se trataba de un nuevo ataque cerebral, de mayor intensidad que el sufrido a finales de junio.

Su voz, que nunca logró acallar el régimen nacionalsocialista, a pesar de todas las prohibiciones, se fue apagando mientras exponía la Palabra de Dios.

Durante aquellas duras jornadas en que sentía que sus fuerzas le iban abandonando, no cesó de repetirle al Señor: “¡Mi corazón reposa en tus manos! ¡Mi corazón reposa en tus manos!”. Los textos de la misa de Todos los Santos recogían los primeros versículos del capítulo tercero del libro de la Sabiduría:

“La vida de los justos está en las manos de Dios, y no les alcanzará el tormento de los malvados; a los ojos de los insensatos pareció que morían; mas ya están en paz”.

Se le diagnosticó un ataque de apoplejía. Poco después de llegar al hospital, falleció. Entre lágrimas, a todos los rincones de la ciudad llegó la inesperada noticia:

“Esta mañana, mientras celebraba la Santa Misa, ha fallecido el padre Mayer...”.

Todos le lloraron. Múnich entera lloró a su querido jesuita. Fue enterrado en el cementerio del colegio de los padres jesuitas de Pullach, localidad próxima a la capital bávara.

El 23 de mayo de 1948, sus restos fueron trasladados desde dicho cementerio hasta el ayuntamiento de Múnich, y desde aquí a la iglesia Bürgersaal[23]. En medio de una calurosa expresión de devoción hacia el padre Rupert Mayer, se formó un cortejo de treinta y cinco mil personas procedentes de la ciudad y del campo; cerca de cien mil se alineaban a lo largo de la calle[24].

Desde entonces no faltan flores en la tumba del padre Rupert y la concurrencia de quienes bajan a la cripta a solicitar su intercesión es constante. Hablan de él como si continuara vivo.

El Proceso Ordinario Informativo sobre la fama de santidad del padre Mayer se inició en 1950. Seis años después, el 16 de febrero de 1956, se publicó el decreto sobre sus escritos. El 20 de julio de 1960, se introdujo la causa de beatificación. En mayo de 1983, Juan Pablo II firmó el decreto sobre la heroicidad de las virtudes. En 1985 se hizo el proceso sobre el milagro y se firmó en junio de 1986. Rupert Mayer, el apóstol de Múnich, fue beatificado por san Juan Pablo II el 3 de mayo de 1987, en el estadio Olímpico de Múnich, que albergó a más de ochenta mil personas que presenciaron la solemne ceremonia

 


[1] Sermón pronunciado por el cardenal Miguel von Faulhaber, arzobispo de Múnich, el 4 de julio de 1937 en la iglesia de San Miguel. Recogido íntegramente por TESTIS FIDELIS, El cristianismo en el Tercer Reich (Buenos Aires, 1941).

[2] La Compañía de Jesús fue expulsada del II Reich en 1872 por representar un grave peligro para el Estado. El peligro, sin embargo, tenía un nombre propio: la kulturkampf (combate por la civilización). Con este nombre se denomina la lucha que, entre 1871 y 1878, llevó a cabo el canciller Bismarck contra el Partido Católico Alemán y el Vaticano. Por temor a las simpatías de los católicos alemanes por Francia, por Austria, por el Papa y por Polonia, Bismarck renovó mediante las “Leyes de mayo” (1873-1875) la política josefina, endureciéndola contra la Iglesia: disolución de las congregaciones, laicización de la enseñanza, supresión de los pequeños seminarios, limitación de la jurisdicción eclesiástica y encarcelamiento del primado de Polonia y de numerosos eclesiásticos. Pero la reprobación del emperador Guillermo I (1797-1888) y de los conservadores prusianos, junto con los éxitos electorales del Centro católico y de los socialistas, le obligaron a transigir. Aprovechando la elección de León XIII (1878), Bismarck abolió las “Leyes de mayo”.

[3] Las Hermanas de la Sagrada Familia se dedicaban a trabajar en los ambientes de la clase obrera, ocupándose del orden de sus casas, de regular las confusas situaciones matrimoniales, de cuidar a los hijos enfermos y de educar a la juventud obrera femenina en línea de crear familias católicas.

[4] Durante diez años consecutivos celebró las dos primeras misas, a las 3:10 y a las 3:45 de la mañana, que se decían en la sala de espera de la estación ferroviaria, los domingos y fiestas de precepto, después de haber permanecido hasta bien entrada la noche en el confesionario. En 1937 las celebraciones eucarísticas de la estación fueron prohibidas por el Gobierno; aunque en 1945 volvieron a restablecerse.

[5] El 24 de febrero de 1920 Adolf Hitler da a conocer el programa político del Partido Obrero Nacionalsocialista Alemán (NSDAP), que hereda las estructuras del antiguo Partido Obrero Alemán, fundado en 1919 por Anton Drexler. Los objetivos del nuevo partido tendrán un contenido en el que el nacionalismo y el rechazo al Tratado de Versalles se mezclan con un fuerte antisemitismo.

[6] Hitler, junto al comandante Röhm, organizó las SA (Sturm Abteilungen, Secciones de Asalto) y dio al partido su emblema (la cruz gamada del racismo), su uniforme (la camisa parda) y su saludo (el brazo en alto). Su palabra poseía un extraño atractivo, a pesar de que sus discursos no eran más que repeticiones de fórmulas simplistas. Cuando lo tuvo todo organizado, el 9 de noviembre de 1923 dio un golpe de Estado, aunque sólo contaba con el respaldo de las SA y del teniente general Erich von Ludendorff. El golpe fracasó por temor del Ejército a comprometerse con los nazis. Sin embargo, la fuerza de estos iba en aumento: Ludendorff no fue acusado y Hitler recobró muy pronto la libertad. En la cárcel escribió el ideario para sus seguidores: Mein Kampf. El 27 de febrero de 1925 Adolf Hitler reorganizaba el Partido Nacionalsocialista Alemán para presentarse a las futuras elecciones y así acceder al poder dentro de la legalidad.

[7] En la prisión de Stadelheim fue fusilado Ernst Röhm en la famosa “Noche de los cuchillos largos”. El comandante alemán Röhm creó en 1921 las Secciones de Asalto (SA) del Partido Nazi -grupo reducido que formaba el cuerpo de guardaespaldas de Hitler-. Ante la gradual importancia que dicha organización había alcanzado dentro del Partido, Hitler ordenó la defenestración de sus más altos dirigentes. Las labores paramilitares realizadas por las SA hasta entonces, pasan a manos de las temibles SS, de Heinrich Himmler.

[8] La célebre homilía Die flammenzeichen rauchen (“Cuando suba el humo de las almenaras”) del 4 de julio de 1937, se recoge en la obra de TESTIS FIDELIS, El cristianismo en el Tercer Reich (Buenos Aires, 1941). La presentamos prácticamente íntegra, a pesar de su extensión, por la información que nos ofrece y por presentarnos la realidad que vivía el catolicismo alemán.

[9] El cardenal Faulhaber se refiere aquí al episodio narrado en el Libro segundo de los Reyes, cuyos protagonistas son el profeta Eliseo y una mujer sunamita. Eliseo siempre que pasaba por la casa de esta mujer, impelido por ella, se quedaba a comer. Tras consultarlo con su marido, decidieron construirle “una pequeña alcoba en la terraza y le pondremos en ella una cama, una mesa, una silla y una lámpara...” (4,10).

[10] También es conocido aquel otro episodio en el cual el padre Mayer, gracias a su prestigio personal y a su actitud varonil, había hecho entrar en razón y llevado a la línea de fuego a una compañía desmoralizada y a punto de amotinarse.

[11] Se entiende por almenara el fuego que, como señal, se hacía en atalayas y torres. Un almenar es un pie de hierro, en el cual se clavaban teas para alumbrar.

[12] Localidad cercana a Múnich, donde se celebraron diversas convenciones del Partido.

[13] El periódico de lucha Der Durchbruch (La brecha), órgano de combate por la fe alemana, por la raza y por la nación alemana, superaba ampliamente todo lo que en odio y vulgaridad contra el cristianismo pueda hallarse en toda la literatura del Tercer Reich en conjunto.

[14] De hecho, en el periódico Der Durchbruch, citado ya anteriormente, en su número del 30 de enero de 1936, aparecen sus nombres unidos: “No han de determinar el porvenir alemán los Faulhaber y los Muckermann, los Mayer y los Wurm, los frailecitos y las monjitas, sino el hombre alemán victorioso y consciente de su ontología, por el que fluye la sangre alemana, y que pisa espiritual y religiosamente bajo sus pies un suelo propio”.

[15] El papa Pío XI (Achille Ratti) ocupó la Cátedra de San Pedro del 6 de febrero de 1922 al 10 de febrero de 1939, antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Sus encíclicas nos lo muestran como el gran adversario contra todo poder estatal que pudiera humillar a la persona humana: condenó la Acción Francesa (1926), el fascismo (1931), el comunismo ateo (con la encíclica Divini Redemptoris, 1937) y el nacionalsocialismo (con la encíclica Mit brennender sorge, 1937).

[16] Manuel Alcalá: Rupert Mayer. Misionero popular perseguido por causa del Evangelio. Del pliego “Edith Stein y Rupert Mayer: Del infierno al altar”, publicado por la revista Vida Nueva el 9 de mayo de 1987 (nº 1.580). En dicho artículo, Manuel Alcalá nos ofrece una amplia biografía de la figura del jesuita, de la cual hemos tomado varias citas textuales del padre Rupert Mayer.

[17] El 12 de marzo de 1938 Adolf Hitler hacía su entrada en Viena; las tropas alemanas lo habían hecho el día anterior. Mientras unos hablaban de reintegración, otros hablaban de ocupación. Se cumplía así la antigua aspiración nazi de integrar Austria en el Reich alemán, que desde entonces adopta el nombre de Gran Reich. Recordemos que Hitler nació en Branau, localidad austriaca fronteriza con Alemania. La reunificación de Austria y Alemania fue aprobada mediante un referéndum celebrado el 10 de abril.

[18] Se conocen documentos confidenciales de la Policía Política de Baviera, concretamente uno fechado el 23 de abril de 1935, donde se escribe a todas las jefaturas de policía alertando sobre la defensa contra los jesuitas. Estos, según el documento, desarrollaban en Baviera actividades que, de acuerdo a un amplio plan metódico, intentaban minar el III Reich y difamar a sus dirigentes.

[19] El 1 de septiembre de 1939 las tropas alemanas invadían Polonia. Dos días después, Francia y Gran Bretaña se declaraban en guerra contra Alemania.

[20] El campo de concentración de Sachsenhausen, en las cercanías de Oranienburg, situado en una región pantanosa plantada de pinos, a treinta kilómetros al norte de Berlín, se construyó en el año 1936. El campo tenía una extensión de 18 hectáreas y estaba formado por 78 barracones.

[21] El 8 de noviembre de 1940, durante el discurso de aniversario del “putsch” de Hitler, los ingleses de la RFA (Royal Air Force) bombardean Múnich. En enero de 1945, se arrojaron sobre las ciudades de Bochum, Launa, Múnich y Stuttgart, 36.000 toneladas de bombas. La ciudad de Múnich sufrió, en total, 71 ataques aéreos, durante los cuales murieron 6.000 personas y fueron heridas unas 16.000.

[22] Fragmento de un artículo publicado por el arzobispo de Múnich y Freising, cardenal Friedrich Wetter, en L'Osservatore Romano el 24 de mayo de 1987.

[23] La Bürgersaal, iglesia que pertenece a la Congregación Mariana de hombres de Múnich, fue construida en 1710 y consagrada en 1778. Un ataque aéreo la destruyó casi por completo en 1944. Fue restaurada en 1945.

[24] Paulius RABIKAUSKAS, voz Ruperto Mayer, Bibliotheca Sanctorum (Roma, 1967).

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