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Ángelus: “La misión de proclamar a todos que Dios nos ama”

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La página del Evangelio de hoy (cf. Lc 10,1-12.17-20) presenta a Jesús que envía en misión setenta y dos discípulos, además de los doce apóstoles. El número setenta y dos probablemente indica todas las naciones. De hecho, en el libro del Génesis se mencionan setenta y dos naciones diferentes (cf. 10,1-).32). Así pues, este envío prefigura la misión de la Iglesia de proclamar el Evangelio a todos las naciones. A estos discípulos de Jesús les dice: “La mies es abundante, pero hay pocos obreros. Rueguen pues, al”¡Señor de la mies que envíe obreros a su mies!” (v. 2).

Esta petición de Jesús es siempre válida. Debemos rezar siempre al “dueño de la mies, es decir, al Dios Padre, para que envíe obreros a trabajar en su campo, que es el mundo. Y cada uno de nosotros debe hacerlo con el corazón abierto, con una actitud misionera; nuestra oración no debe limitarse sólo a nuestras necesidades, a nuestras carencias: una oración que es verdaderamente cristiana es también así si tiene una dimensión universal.

Al enviar a los setenta y dos discípulos, Jesús les da instrucciones precisas, que expresan las características de la misión. La primera -ya lo hemos visto-: oren; la segunda: vayan; y después: no lleven una bolsa o una alforja…; digan: “Paz a esta casa”….quédense en esa casa….no vayan de una casa a otra; curen a los enfermos y díganles: “El Reino de Dios está cerca de ustedes”; y, si no los acogen, salgan a las plazas y despídanse (ver vv. 2-10). Estos imperativos muestran que la la misión se basa en la oración; que es itinerante, no está detenida, es itinerante; que requiere desapego y pobreza; que lleva paz y sanación signos de la cercanía del Reino de Dios; que no es proselitismo sino anuncio y testimonio  y que también requiere la franqueza y la libertad evangélica para irse, subrayando la responsabilidad de haber rechazado el mensaje de la salvación, pero sin condenas ni maldiciones.

Si se vive en estos términos, la misión de la Iglesia se caracterizará por la alegría. Y como termina este pasaje: “Los setenta y dos regresaron llenos de alegría” (v. 17). No se trata de una alegría efímero, que brota del éxito de la misión; al contrario, es una alegría enraizada en la Promesa que -dice Jesús- “sus nombres están escritos en el cielo” (v. 20). Con esta expresión se refiere a la alegría interior e indestructible que surge de la conciencia de haber sido llamado por Dios a seguir a su Hijo. Es decir, la alegría de ser sus discípulos. Hoy por ejemplo: Cada uno de nosotros aquí en la plaza, puede pensar en el nombre que recibió el día de su bautismo: ese nombre está “escrito en los cielos”, en el corazón de Dios Padre. Y es la alegría de este don la que hace de cada discípulo un misionero, uno que camina en compañía del Señor Jesús, que aprende de Él a gastarse sin reservas por los demás, libre de sí mismo y de sus propias posesiones.

Invoquemos juntos la protección maternal de María Santísima, para que ella sostenga en todo lugar, la misión de los discípulos de Cristo; la misión de proclamar a todos que Dios nos ama, nos quiere salvar, y nos llama a ser parte de su Reino.