Presentamos el artículo de Mons. José Ángel Saiz Meneses publicado en OMNES sobre la piedad popular y el papel de las hermandades y cofradías en la vida de la Iglesia. Una reflexión actual sobre su valor evangelizador y su misión en el mundo de hoy.
1ª lectura: Ahora tengo que morir, siendo inocente.
Lectura de la profecía de Daniel 13, 1‐9. 15‐17. 19‐30. 33‐62.
En aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella
y temerosa del Señor.
Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de moisés. Joaquín era muy rico y tenía un jardín
junto a su casa; y como era el más respetado de todos, los judíos solían reunirse allí.
Aquel año fueron designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor denuncia diciendo:
«En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos jueces, que paso por guías del pueblo».
Solían ir a casa de Joaquín, y los que tenían pleitos que resolver acudían a ellos.
A mediodía, cuando la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos la
veían a diario, cuando salía a pasear, y sintieron deseos de ella.
Pervirtieron sus pensamientos y desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus justas leyes.
Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos
criadas, y tuvo ganas de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie, excepto los dos ancianos
escondidos y acechándola. Susana dijo a las criadas:
«Traedme el perfume y las cremas y cerrad la puerta del jardín mientras me baño»
Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella y le dijeron:
«Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate
con nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado
a las criadas». Susana lanzó un gemido y dijo:
«No tengo salida: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero prefiero no
hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor».
Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se pusieron también a gritar contra ella. Uno de ellos fue
corriendo y abrió la puerta del jardín.
Al oír los gritos en el jardín, la servidumbre vino corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado. Cuando
los ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana nunca había dado que hablar.
Al día siguiente, cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos ancianos con el propósito
criminal de hacer morir a Susana. En presencia del pueblo ordenaron:
«Id a buscar a Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín».
Fueron a buscarla, y vino ella con sus padres, hijos y parientes. Toda su familia y cuantos la veían lloraban.
Entonces los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos sobre la
cabeza de Susana.
Ella, llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor.
Los ancianos declararon:
«Mientras paseábamos nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió
a las criadas. Entonces se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados,
pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y, abriendo la puerta, salió corriendo.
En cambio, a esta la echamos mano y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio
de ello»
Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea los creyó y la condenó a muerte.
Susana dijo gritando:
«Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio
contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí».
Y el Señor escuchó su voz.
Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este
dio una gran voz:
«Yo soy inocente de la sangre de esta».
Toda la gente se volvió a mirarlo, y le preguntaron:
«¿Qué es lo que estás diciendo?»
Él, plantado en medio de ellos, les contestó:
«Pero ¿estáis locos, hijos de Israel? ¿Conque, sin discutir la causa ni conocer la verdad condenáis a una hija de Israel?
Volved al tribunal, porque esos han dado falso testimonio contra ella».
La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron:
«Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo te ha dado la ancianidad» Daniel les dijo:
«Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar».
Cuando estuvieron separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo:
«¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas sentencias injustas condenando
inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: “No matarás al inocente ni al justo”. Ahora puesto que
tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste abrazados». Él contestó:
«Debajo de una acacia».
Respondió Daniel:
«Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir
por medio».
Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo:
«¡Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. Lo mismo hacíais con las
mujeres israelitas, y ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha tolerado vuestra maldad.
Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?». Él contestó:
«Debajo de una encina».
Replicó Daniel:
«Tu calumnia también se vuelve contra ti. El ángel de Dios aguardad con la espada para dividirte por medio. Y así
acabará con vosotros».
Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra
los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con
ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron. Aquel día
se salvó una vida inocente.
Salmo: Sal 22, 1b-3a. 3bc-4. 5. 6
R. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mí copa rebosa. R.
Tu bondad y tu misericordia me
acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R.
Versículo Ez 33, 11
R. Gloria a ti, Cristo, Sabiduría de Dios Padre.
No me complazco en la muerte del malvado ‐ dice el Señor ‐,
sino en que se convierta y viva. R.
Evangelio: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 8, 1‐11.
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el
pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y, colocándola en medio, le dijeron:
«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras;
tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
«Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó:
«Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
1ª lectura: Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis.
Lectura de la profecía de Ezequiel 37, 12‐14
Esto dice el Señor Dios:
«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel.
Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo
y lo hago ‐oráculo del Señor‐».
Salmo: Sal 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8
R. Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.
Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz,
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R.
Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto. R.
Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R.
Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R.
2ª lectura: El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 8‐11
Hermanos:
Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si
es que el Espíritu de Dios habita en vosotros, en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia.
Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de
entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo
Espíritu que habita en vosotros.
Versículo Jn 11, 25a. 26
R. Gloria y alabanza a ti, Cristo.
Yo soy la resurrección y la vida ‐ dice el Señor ‐;
el que cree en mí no morirá para siempre. R.
Evangelio: Yo soy la resurrección y la vida.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 11, 1‐45
En aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana.
María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.
Las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús, diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado
por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos
días en donde estaba.
Sólo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Lo discípulos le replicaron:
«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?».
Jesús contestó:
«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de
noche tropieza, porque la luz no está en él».
Dicho esto, añadió:
«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo».
Entonces le dijeron sus discípulos:
«Señor, si duerme, se salvará».
Jesús se refiere a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.
Entonces Jesús les replicó claramente:
«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora
vamos a su encuentro».
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
«Vamos también nosotros y muramos con él».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios;
y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta
a Jesús;
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios
te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no
morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Si, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
«El Maestro está ahí y te llama».
Apenas lo oyó se levantó y salió adonde estaba él, porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que
estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María
se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba
Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció
y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba.
Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días».
Jesús le replico:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que
me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
1ª lectura: Yo, como manso cordero, era llevado al matadero.
Lectura del libro de Jeremías 11, 18‐20.
El Señor me instruyó, y comprendí, me explicó todas sus intrigas.
Yo, como manso cordero, era llevado al matadero; desconocía los planes que estaban urdiendo contra mí:
«Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra de los vivos, que jamás se pronuncie su nombre».
Señor del universo, que juzgas rectamente, que examinas las entrañas y el corazón, deja que yo no pueda ver cómo
te vengas de ellos, pues a ti he confiado mi causa.
Salmo: Sal 7, 2-3. 9bc-10. 11-12
R. Señor, Dios. mío, a ti me acojo.
Señor, Dios mío, a ti me acojo,
líbrame de mis perseguidores y sálvame,
que no me atrapen como leones
y me desgarren sin remedio. R.
Júzgame, Señor, según mi justicia,
según la inocencia que hay en mí.
Cese la maldad de los culpables,
y apoya tú al inocente,
tú que sondeas el corazón y las entrañas,
tú, el Dios justo. R.
Mi escudo es Dios,
que salva a los rectos de corazón.
Dios es un juez justo,
Dios amenaza cada día. R.
Versículo Cf. Lc 8, 15
R. La salvación y la gloria y el poder son del Señor Jesucristo.
Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios
con un corazón noble y generoso,
la guardan y dan fruto con perseverancia. R.
Evangelio: ¿Es que de Galilea va a venir el Mesías?
Lectura del santo Evangelio según san Juan 7, 40‐53.
En aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían:
«Este es de verdad el profeta».
Otros decían:
«Este es el Mesías».
Pero otros decían:
«¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén,
el pueblo de David?».
Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.
Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.
Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y éstos les dijeron:
«¿Por qué no lo habéis traído?» Los guardias respondieron:
«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».
Los fariseos les replicaron:
«¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no
entiende de la Ley son unos malditos».
Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:
«¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?».
Ellos le replicaron:
«¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas».
Y se volvieron cada uno a su casa.
1ª lectura: Lo condenaremos a muerte ignominiosa.
Lectura del libro de la Sabiduría 2, 1a. 12‐22.
Se decían los impíos, razonando equivocadamente:
«Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar, nos reprocha las faltas contra
la ley y nos reprende contra la educación recibida; presume de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios.
Es un reproche contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta insoportable.
Lleva una vida distinta de los demás, y va por caminos diferentes.
Nos considera moneda falsa y nos esquiva como a impuros.
Proclama dichoso el destino de los justos, y presume de tener por padre a Dios.
Veamos si es verdad lo que dice, comprobando cómo es su muerte.
Si el justo es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo librará de las manos de sus enemigos.
Lo someteremos a ultrajes y torturas, para conocer su temple y comprobar su resistencia.
Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues, según dice, Dios lo salvará»
Así discurren, pero se equivocan, pues los ciega su maldad.
Desconocen los misterios de Dios, no esperan el premio de la santidad ni creen en la recompensa
de una vida intachable.
Salmo: Sal 33, 17-18. 19-20. 21 y 23
R. El Señor está cerca de los atribulados.
El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R.
El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo librará el Señor. R.
Él cuida de todos sus huesos,
y ni uno solo se quebrará.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él. R.
Versículo Mt 4, 4b
R. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor.
No solo de pan vive el hombre
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. R.
Evangelio: Intentaban agarrarlo, pero todavía no había llegado su hora.
Lectura del santo Evangelio según san Juan 7, 1‐2. 10. 25‐30.
En aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se
acercaba la fiesta judía de las Tiendas.
Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente,
sino a escondidas.
Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron:
«¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes
se han convencido de que éste es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando
llegue, nadie sabrá de dónde viene». Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó:
«A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es
el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él, y él me ha enviado».
Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.
Nuestro Seminario
Madrid, a 18 de marzo de 2026
Os escribo, hermanos en esta recta final de la Cuaresma, con motivo de la celebración, el domingo 22 de marzo, del día del seminario.
En este curso contamos en nuestro Seminario Castrense “San Juan Pablo II” con cuatro seminaristas, y las perspectivas para el que viene no son malas.
Os recuerdo lo que ya sabéis:
Es importante sostener con nuestra oración a quienes actualmente están preparándose para ser capellanes castrenses, también a sus formadores, y perseverar en la oración por las futuras vocaciones.
Esta tarea es responsabilidad de todos, laicos y sacerdotes.
El pasado 6 de marzo, el contingente MN BG TF SVK V, desplegado en Eslovaquia en el marco de la misión de la OTAN, llevó a cabo la inauguración y bendición de la nueva capilla “Santísimo Cristo y San Juan Pablo II”.
Este espacio ha sido habilitado para que el personal militar desplegado pueda disponer de un lugar de recogimiento y práctica religiosa durante el desarrollo de la misión.
Este fin de semana se ha celebrado una nueva edición de la Javierada, la tradicional peregrinación de jóvenes hasta el Castillo de Javier (Navarra), lugar de nacimiento deSan Francisco Javier. La convocatoria ha reunido a miles de peregrinos procedentes de diferentes puntos de España, entre ellos un nutrido grupo de alumnos de centros docentes de las Fuerzas Armadas.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de este cuarto domingo de Cuaresma nos relata la curación de un hombre ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Por medio de la simbología de este episodio, el evangelista Juan nos habla del misterio de la salvación: mientras estábamos en la oscuridad, mientras la humanidad caminaba en las tinieblas (cf. Is 9,1), Dios envió a su Hijo como luz del mundo, para abrir los ojos de los ciegos e iluminar nuestra vida.
Los profetas habían anunciado que el Mesías abriría los ojos de los ciegos (cf. Is 29,18; 35,5; Sal 146,8). Jesús mismo acredita su misión mostrando que «los ciegos ven» (Mt 11,4); y se presenta diciendo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). En efecto, podemos decir que todos nosotros somos “ciegos de nacimiento”, porque solos no podemos ver en profundidad el misterio de la vida. Por eso Dios se hizo carne en Jesús, para que el barro de nuestra humanidad, amasado con el aliento de su gracia, pudiera recibir una luz nueva, que nos hace capaces de ver finalmente a Dios, a los demás y a nosotros mismos en la verdad.
Llama la atención el hecho de que durante siglos se haya difundido la opinión, presente aún hoy, según la cual la fe sería una especie de “salto en la oscuridad”, una renuncia a pensar, por lo que tener fe significaría creer “ciegamente”. El Evangelio, en cambio, nos dice que en contacto con Cristo los ojos se abren, hasta el punto de que las autoridades religiosas piden con insistencia al ciego sanado: «¿Cómo se te han abierto los ojos?» (Jn 9,10); y también: «¿Cómo te abrió los ojos?» (v. 26).
Hermanos y hermanas, también nosotros, sanados por el amor de Cristo, estamos llamados a vivir un cristianismo “de ojos abiertos”. La fe no es un acto ciego, un renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción religiosa que nos lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la fe nos ayuda a mirar «desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver» (Carta enc. Lumen fidei, 18) y, por eso, nos pide que “abramos los ojos”, como hacía Él, sobre todo a los sufrimientos de los demás y a las heridas del mundo.
Hoy, en particular, frente a las numerosas preguntas del corazón humano y a las dramáticas situaciones de injusticia, violencia y sufrimiento que marcan nuestro tiempo, es necesaria una fe despierta, atenta y profética, que abra los ojos ante las oscuridades del mundo y lleve allí la luz del Evangelio por medio de un compromiso de paz, de justicia y de solidaridad.
Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros, para que la luz de Cristo abra los ojos de nuestro corazón y podamos dar testimonio de Él con sencillez y valentía.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Desde hace dos semanas, los pueblos de Oriente Medio sufren la terrible violencia de la guerra. Miles de personas inocentes han perdido la vida y muchas otras se han visto obligadas a abandonar sus hogares. Reitero mi cercanía en la oración a todos aquellos que han perdido a sus seres queridos en los ataques que han golpeado escuelas, hospitales y zonas pobladas.
La situación en el Líbano es motivo de gran preocupación. Espero que se abran caminos de diálogo que puedan ayudar a las autoridades del país a implementar soluciones duraderas a la grave crisis actual, para el bien común de todos los libaneses.
En nombre de los cristianos de Oriente Medio y de todas las mujeres y hombres de buena voluntad, me dirijo a los responsables de este conflicto: ¡cesen las hostilidades! ¡Que se reanuden caminos de diálogo! La violencia nunca podrá llevar a la justicia, la estabilidad y la paz que los pueblos esperan.
Les doy la bienvenida a todos los que se encuentran hoy en la Plaza de San Pedro.
Saludo a los fieles venidos de Valencia y Barcelona, en España, así como a los de Palermo.
Doy la bienvenida con alegría a varios grupos de jóvenes que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación: de Berceto, diócesis de Parma; de Tuto, diócesis de Florencia; de Torre Maina y Gorzano, diócesis de Módena-Nonantola. Saludo también a los jóvenes de la parroquia de San Gregorio Magno, en Roma, y a los jóvenes de Capriano del Colle y Azzano Mella, de la diócesis de Brescia.
Les deseo un feliz domingo a todos.
1ª lectura: El Señor Dios le dará el trono de David, su padre.
Lectura del segundo libro de Samuel 7, 4‐5a. 12‐14a. 16
En aquellos días, vino esta palabra del Señor a Natán:
«Ve y habla a mi siervo David:
“Así dice el Señor: Cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré descendencia tuya después.
Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino.
Será él quien construya una casa a mi nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.
Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo.
Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmen ante mí; tu trono durará para siempre”».
Salmo: Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29
R. Su linaje será perpetuo.
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R.
«Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades». R.
«Él me invocará: “Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora”;
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable». R.
2ª lectura: Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 4, 13. 16‐18. 22.
Hermanos:
No por ley sino por la justicia de la fe recibieron Abrahán y su descendencia la promesa de que iba a ser heredero
del mundo.
Por eso depende de la fe, para que sea según gracia; de este modo, la promesa está asegurada para toda la
descendencia, no solamente para la que procede de la ley, sino también para la que procede de la fe de Abrahán, que
es padre de todos nosotros. Según está escrito: «Te he constituido padre de muchos pueblos»; la promesa está asegurada
ante aquel en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe.
Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con
lo que se le había dicho:
«Así será tu descendencia».
Por lo cual le fue contado como justicia.
Versículo Sal 83, 5
R. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor.
La semilla es la palabra de Dios, y el sembrador es Cristo;
todo el que lo encuentra vive para siempre. R.
Evangelio: José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 1, 16. 18‐21. 24a
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del
Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta
resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no tengas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.
Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.