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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33).

Tras el milagro de los panes y los peces (cf. Mt 14,13-21), el Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las olas y el viento en contra.

Hacia el final de la noche, Jesús les sale al encuentro sobre las aguas agitadas, y ellos, asustados, lo confunden con un fantasma (v. 26). Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» (v. 27). La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva. Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de Dios» (v. 33).

Para llegar a esto, no les bastó haber presenciado un milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Sólo de este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en medio de la tempestad.

Tiempo después, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas.

Este milagro nos enseña algo importante: ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante. En cualquier circunstancia, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino.

Que nos ayude María a vivir así, abandonados confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45).

[Multimedia]

1ª lectura: Dios ama al que da con alegría.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 6-10

Hermanos:

El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente
cosechará.

Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que
da con alegría”.

Y Dios tiene poder para colmaros de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y
en todo, os sobre para toda clase de obras buenas.

Como está escrito:

«Repartió abundantemente a los pobres, su justicia permanece eternamente».

El que proporciona “semilla al que siembra y pan para comer” proporcionará y multiplicará vuestra semilla
y aumentará los frutos de vuestra justicia.

Salmo: Sal 111, 1b-2. 5-6 7-8. 9

R. Dichoso el que se apiada y presta.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra
la descendencia del justo será bendita. R.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos,
porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo. R.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos. R.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. R.

Aleluya Jn 8, 12 bc

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

El que me sigue no camina en tinieblas - dice el Señor -,
sino que tendrá la luz de la vida. R.

Evangelio: A quien me sirva, el Padre lo honrará.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 12, 24-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si
muere, da mucho fruto.

El que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la
vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien
me sierva, el Padre lo honrará».

1ª lectura: Permanece en pie en el monte ante el Señor.

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a

En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la
noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo:

«Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».

Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas
ante del Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el
terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.
Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se
mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

Salmo: Sal 84, 9ab y 10. 11-12. 13-14

R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:


«Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos.»
La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R.

2ª lectura: Desearía ser un proscrito por el bien de mis hermanos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5

Hermanos:

Digo la verdad en Cristo, no miento - mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo - : siento
una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de
Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen
el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los
patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los
siglos. Amén.

Aleluya Cf. Sal 129, 5

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Espero en el Señor,
espero en su palabra. R.

Evangelio: Mándame ir a ti sobre el agua.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se
le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.

Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre
el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida:

«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:

«Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua».

Él le dijo:

«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del
viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento.

Los de la barca se postraron ante él, diciendo:

«Realmente eres Hijo de Dios».

1ª lectura: El justo por su fe vivirá.

Lectura de la profecía de Habacuc 1, 12-2, 4

Señor, ¿no eres, desde siempre, mi Dios?

¡Oh, Santo, que no muramos!

Señor, lo pusiste para sentenciar; ¡oh, Roca!, lo estableciste para juzgar.

Tus ojos, puros para contemplar el mal, no soportan ver la opresión.

¿Por qué, pues, ves a los traidores y callas, cuando el malvado se traga al justo?

Tratas a los hombres como a peces del mar, como a reptiles sin dueño.

Los atrapa a todos con su anzuelo, los arrastra con su red, los amontona en su barca, contento y alegre.

Por eso ofrecen sacrificios a su red e incienso a su barca, pues en ellos tienen su sustento, su ración y
comida abundante.

¿Seguirá vaciando su red, asesinando pueblos sin compasión?

Aguantaré de pie en mi guardia, me mantendré erguido en la muralla y observaré a ver que me responde,
cómo replica a mi demanda.

Me respondió el Señor:

«Escribe la visión y grábala en tablillas, que se lea de corrido; pues la visión tiene un plazo, pero llegará
a su término sin defraudar.

Si se atrasa, espera en ella, pues llegará y no tardará
Mira, el altanero no triunfará, pero el justo por su fe vivirá».

Salmo: Sal 9, 8-9. 10-11. 12-13

R. No abandonas a los que te buscan, Señor.

Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud. R.

Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan. R.

Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes. R.

Aleluya Cf. 2 Tim 1, 10

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte,
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R.

Evangelio: Si tuvierais fe, nada os sería imposible.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 14-20

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, de rodillas le dijo:

«Señor, ten compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho: muchas veces se cae en el fuego o en el
agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo».

Jesús contestó:

«¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros, ¿hasta cuándo tendré que
soportaros? Traédmelo».

Jesús increpó al demonio y salió; en aquel momento se curó el niño.

Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte:

«¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?».

Les contestó:

«Por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a
aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible»

1ª lectura: Ay de la ciudad sanguinaria.

Lectura de la profecía Nahúm 2,1,3; 3,1-3, 6-7

He aquí sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz.

Celebra tus fiestas, Judá, cumple tus votos, que no pasará más por ti el perverso; se acabó la destrucción.

Pues restaura el Señor la dignidad de Jacob y de Israel: los desoladores los habían asolado habían
destrozado sus sarmientos.

¡Ay de la ciudad sanguinaria, toda ella mentira, llena de rapiña, insaciable de botín!

Ruido de látigo, estrépito de ruedas, galope de caballos, brincos de carros, asalto de caballería,
brillo de espadas, fulgor de lanzas, heridos sin cuento, montones de muertos, cadáveres sin fin,
tropiezan en cadáveres.

Echaré sobre ti, inmundicias, te deshonraré públicamente.

Todo el que te vea huirá de ti, diciendo: «¡Nínive está devastada! ¿Quién se compadecerá? ¿Dónde
encontraré quien te consuele?».

Salmo: Salmo Dt 32, 35cd-36ab. 39abcd. 41

R. Yo doy la muerte y la vida.

El día de su ruina se acerca,
y se precipita su destino.
El Señor hará justicia a su pueblo
y tendrá piedad de sus siervos. R.

Pero ahora mirad: soy yo, solo yo,
y no hay dios fuera de mí.
Yo doy la muerte y la vida,
yo hiero y yo curo. R.

Cuando afile el rayo de mi espada,
y empuñe en mi mano el juicio,
tomaré venganza de mis enemigos
y daré su paga a los que me aborrecen. R.

Aleluya Mt 5, 10

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos. R.

Evangelio: ¿Qué podrá dar un hombre para recobrar su alma?

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 24-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.

¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para
recobrarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada
uno según su conducta.

En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del
hombre en su reino».

1ª lectura: Su vestido era blanco como nieve.

Lectura de la profecía de Daniel 7, 9-10. 13-14

Miré y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó. Su vestido era blanco como nieve, su cabellera
como lana limpísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas; un río impetuoso de fuego brotaba
y corría ante él. Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron
los libros.

Seguí mirando. Y en mi visión nocturna vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo.

Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia.

A él se le dio poder, honor y reino.

Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron.

Su es un poder eterno, no cesará.

Su reino no acabará.

Salmo: Sal 96, 1-2. 5-6. 9

R. El Señor reina, Altísimo sobre toda la tierra.

El Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono. R.

Los montes se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R.

Porque tú eres, Señor, Altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R.

Aleluya Mt 17, 5c

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es mi Hijo, el amado,
en quien me complazco.
Escuchadlo. R.

Evangelio: Su rostro resplandecía como el sol

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte
a un monte alto.

Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos
como la luz.

De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:

«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra
para Elías».

Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde
la nube decía:

«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.

Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:

«Levantaos, no temáis».

Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:

«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!

Cuando se proclama el Evangelio, con frecuencia escuchamos el relato de los signos realizados por Jesús. Son gestos que manifiestan su especial entrega por nosotros, es decir, la salvación que Él trae al mundo. El Señor se presenta como Aquel que da sentido a la vida, liberándola del mal y del pecado.

Cristo, al dar la vista a los ciegos y hacer oír a los sordos, no sólo realiza acciones prodigiosas, sino que anuncia a todos que el Reino de Dios está cerca. Por eso el Evangelio de hoy (Mt 14,13-21) da testimonio de que Jesús no se limita a dar los sentidos a quien carece de ellos, sino que hace gustar a nuestros sentidos. Al sordo, que vuelve a oír, el Señor le dirige la Buena Noticia para que escuche; al ciego, que ve nuevamente, le muestra la espléndida obra de la redención que se realiza en él. Del mismo modo, Jesús da de comer al que tiene hambre. El episodio de la multiplicación de los panes significa que el encuentro con el Señor es una experiencia que nos alimenta. En el desierto, es decir, en el lugar de nuestras necesidades, Cristo es el pan de vida. Con Él, lo esencial es sobreabundante: «Comieron todos y se saciaron» y sobraron «doce cestos llenos» (v. 20). Este número demuestra que el don del Señor es universal, y que su Providencia hacia nosotros nunca falla.

Queridos hermanos, Cristo sacia realmente el hambre de la humanidad, nuestra hambre de verdad y de vida. Al mismo tiempo, su gesto nos enseña que nada se pierde cuando se comparte. La acumulación y el descarte, en cambio, son las dos caras de un mismo mal: la avaricia. Esta enfermedad del alma lleva a perder los sentidos porque embriaga de riquezas, hasta el punto de olvidar a aquellos que lloran de hambre y gritan de sed. Y, de ese modo, ante la opulencia de las cosas que se corrompen, están las manos tendidas de quienes no tienen qué comer, las casas destruidas de quienes no tienen paz.

En el desierto de la guerra y de la arrogancia, vemos con cuánta bondad el Señor, «alzando la mirada al cielo», «pronunció la bendición», «partió los panes y se los dio» a los discípulos, para que los repartieran a la gente (cf. v. 19). En este milagro de la caridad reconocemos las acciones típicas de Jesús, que encuentran su punto culminante en la última Cena, donde el Hijo de Dios nos entrega su misma vida como nuestro hermano en humanidad. Al saborear la gracia de la Eucaristía, comprometámonos a testimoniar su belleza en nuestros gestos cotidianos, comenzando por la bendición de la mesa, cuando compartimos el pan en familia y entre los amigos. En compañía de Jesús, también las vacaciones pueden convertirse en tiempo de serena fraternidad, incluyendo a quienes están a nuestro lado y pasan necesidad.

Pidamos pues a la Virgen María, Madre premurosa, que nos haga crecer en la caridad, para que a nadie le falte el pan cotidiano.

_______________________

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

sigo con preocupación la alarmante situación en Ceuta, pidiendo a Dios, por medio de la intercesión de Nuestra Señora de África, que se puedan encontrar soluciones de paz, de estabilidad y de justicia.

Continuemos rezando por la paz, para que cesen las guerras en el mundo y se encuentren soluciones diplomáticas a los conflictos. Recordemos a todas las víctimas de las hostilidades, sobre todo a los más débiles e indefensos: los niños, los ancianos y los enfermos. Que el Señor consuele a quienes sufren y bendiga la labor de quienes llevan ayuda y consuelo.

En estos días se celebra el “Perdón de Asís”. San Francisco obtuvo esta indulgencia del papa Honorio III en 1216, inspirado, mientras oraba en la Porciúncula, por una visión de Jesús y María, rodeados de ángeles. Demos gracias al Señor por este gran don y atesorémoslo, especialmente en el octavo centenario del “Tránsito” del Poverello de Asís, que falleció precisamente en la Porciúncula el 3 de octubre de 1226.

Los saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos procedentes de diversos países: en particular a los jóvenes de las parroquias de Saccolongo y Creola (Padua), y a los de la parroquia de San Juan Bosco en Altamura y a los chicos de la Colaboración Pastoral de Castelfranco Veneto, acompañados por sus sacerdotes y animadores.

¡Les deseo a todos un feliz domingo!
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1ª lectura: Con amor eterno te amé

Lectura del libro de Jeremías 31, 1-7

En aquel tiempo - oráculo del Señor -, seré el Dios de todas las tribus de Israel, y ellas serán mi pueblo.
Esto dice el Señor:

«Encontró mi favor en el desierto el pueblo que escapó de la espada. Israel camina a su descanso.
El Señor se le apareció de lejos.

Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi misericordia para contigo.

Te construiré, serás reconstruida, doncella capital de Israel; volverás a llevar tus adornos, bailarás entre
corros de fiesta. Volverás a plantar viñas allá por los montes de Samaria; las plantarán y vendimiarán. “Es
de día”, gritarán los centinelas arriba, en la montaña de Efraín: “En marcha, vayamos a Sión, donde está el
Señor nuestro Dios”».

Porque esto dice el Señor:

«Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por la flor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: ¡El Señor
ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel!».

Salmo: Salmo Jer 31. 10-13

R. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor,
anunciadla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño». R.

«Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,
afluirán hacia los bienes del Señor. R.

Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. R.

Aleluya Mt 4, 23

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús proclamaba el evangelio del reino,
y curaba toda dolencia en el pueblo. R.

Evangelio: Mujer, qué grande es tu fe.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

«Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle
«Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:

«Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo:

«Señor, ayúdame».

Él le contestó:

«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso:

«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió:

«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.

3/8/2026 - Lunes de la 18ª semana de Tiempo Ordinario, feria.

1ª lectura: Jananías, el Señor no te ha enviado, y tú has inducido al pueblo a una falsa confianza.

Lectura del libro de Jeremías 28, 1-17

El mismo año, el año cuarto de Sedecías, rey de Judá, el quinto mes, Jananías, hijo de Azur, profeta de
Gabaón, me dijo en el templo, en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo:

«Esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: “He roto el yugo del rey de Babilonia. Antes de dos años
devolveré a este lugar el ajuar del templo, que Nabucodonosor, rey de Babilonia, tomó de este lugar para
llevárselo a Babilonia. A Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y a todos los desterrados de Judá que
marcharon a Babilonia, yo mismo los haré volver a este lugar - oráculo del Señor - cuando rompa el yugo
del rey de Babilonia”». El profeta Jeremías respondió al profeta Jananías delante de los sacerdotes y de toda
la gente que estaba en el templo.

Le dijo así el profeta Jeremías:

«¡Así sea; así lo haga el Señor! Que el Señor confirme la palabra que has profetizado y devuelva de
Babilonia a este lugar el ajuar del templo y a todos los que están allí desterrados. Pero escucha la palabra
que voy a pronunciar en tu presencia y ante toda la gente aquí reunida: Los profetas que nos precedieron a
ti y a mí, desde tiempos antiguos, profetizaron a países numerosos y a reyes poderosos guerras, calamidades
y pestes. Si un profeta profetizaba prosperidad, sólo era reconocido como profeta auténtico enviado por el
Señor cuando se cumplía su palabra». Entonces Jananías arrancó el yugo del cuello del profeta Jeremías y
lo rompió.

Después dijo Jaranías a todos los presentes:

«Esto dice el Señor: “De este modo romperé del cuello de todas las naciones el yugo de Nabucodonosor,
rey de Babilonia, antes de dos años”».

El profeta Jeremías se marchó.

Vino la palabra del Señor a Jeremías después de que Jananías hubo roto el yugo del cuello del
profeta Jeremías.

El Señor le dijo:

«Ve y dile a Jananías: “Esto dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, pero yo haré un yugo de hierro.
Porque esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: Pondré yugo de hierro al cuello de todas estas naciones
para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y se le sometan. Le entregaré hasta los animales salvajes”».

El profeta Jeremías dijo al profeta Jananías:

«Escúchame, Jananías: el Señor no te ha enviado, y tú has inducido a este pueblo a una falsa confianza.

Por tanto, esto dice el Señor: “Voy hacerte desaparecer de la tierra; este año morirás porque has predicado
rebelión contra el Señor”».

Y el profeta Jananías murió aquel mismo año, el séptimo mes.

Salmo: Sal 118, 29. 43. 79. 80. 95. 102

R. Instrúyeme, Señor, en tus decretos.

Apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu ley. R.

No quites de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos. R.

Vuelvan a mí los que te temen
y hacen caso de tus preceptos. R.

Sea mi corazón perfecto en tus decretos,
así no quedaré avergonzado. R.

Los malvados me esperaban para perderme,
pero yo meditaba tus preceptos. R.

No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido. R.

Aleluya Mt 4, 4b

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. R.

Evangelio: Mándame ir hacia ti sobre el agua.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 14, 22-36

Después que la gente se hubo saciado, enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la
barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.

Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre
el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida:

- «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó:

- «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua».

Él le dijo:

- «Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del
viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

- «Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

- «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de
la barca se postraron ante él, diciendo:

- «Realmente eres Hijo de Dios».

Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel lugar apenas lo reconocieron,
pregonaron la noticia por toda aquella comarca y trajeron a todos los enfermos.

Le pedían tocar siquiera la orla de su manto. Y cuantos la tocaban quedaban curados.

1ª lectura: Venid y comed.

Lectura del libro de Isaías 55, 1-3

Esto dice el Señor:

«Oíd, sedientos todos, acudid por agua; venid, también los que no tenéis dinero: comprad trigo y comed,
venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche.

¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?

Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos.

Inclinad vuestro oído, venid a mí: escuchadme, y viviréis.

Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David».

Salmo: Sal 144, 8-9. 15-16. 17-1

R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente. R.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R.

2ª lectura: Ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 35. 37-39

Hermanos:

¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?,
¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?

Pero en todo esto vencemos de sobra a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni
muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad,
ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro
Señor.

Aleluya Mt 4, 4b

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. R.

Evangelio: Comieron todos y se saciaron.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a
un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.

Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde,
se acercaron los discípulos a decirle:

«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se
compren comida».

Jesús les replicó:

«No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer».

Ellos le replicaron:

«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».

Les dijo:

«Traédmelos».

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la
mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los
dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos
cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

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