Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Hoy, el Evangelio de la Liturgia nos habla del milagro de los panes y los peces (cfr. Jn 6,1-15). Un milagro, es decir, un “signo”, cuyos protagonistas realizan tres gestos que Jesús repetirá en la Última Cena. ¿Cuáles son estos gestos? Ofrecer, dar gracias y compartir.
Primero: ofrecer. El Evangelio habla de un muchacho que tiene cinco panes y dos peces (cfr. Jn 6,9). Es el gesto con el que reconocemos que tenemos algo bueno que dar, y decimos nuestro “sí” incluso si lo que tenemos es demasiado poco con respecto a lo que se necesita. En la Misa, esto se subraya cuando el sacerdote ofrece sobre el altar el pan y el vino, y cada uno se ofrece a sí mismo, su propia vida. Es un gesto que puede parecer poca cosa si pensamos en las inmensas necesidades de la humanidad, al igual que los cinco panes y los dos peces ante una multitud de miles de personas; pero Dios hace de él la materia para el milagro más grande que existe: aquel en el que Él mismo, ¡Él mismo!, se hace presente entre nosotros, para la salvación del mundo.
Y así se comprende el segundo gesto: dar gracias (cfr. Jn 6,11). El primer gesto es ofrecer, el segundo, dar gracias, esto es, decirle al Señor con humildad, pero también con alegría: “Todo lo que tengo es don tuyo, Señor, y para agradecértelo solamente puedo devolverte lo que Tú me has dado primero, junto con tu Hijo Jesucristo, añadiendo lo que puedo”. Cada uno de nosotros puede añadir algo. ¿Qué puedo darle al Señor? Quien es pequeño, ¿qué puede dar? Su pobre amor. Puede decir: “Señor, te amo”. ¡Nosotros somos pobres, nuestro amor es tan pequeño! Pero podemos dárselo al Señor, y Él lo acoge.
Ofrecer, dar gracias, y el tercer gesto es compartir (cfr. Jn 6,11). En la Misa es la Comunión, cuando juntos nos acercamos al altar para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo: fruto del don de todos transformado por el Señor en alimento para todos. El momento de la Comunión es un momento muy hermoso que nos enseña a vivir cada gesto de amor como un don de la gracia, tanto para quien da como para quien recibe.
Hermanos, hermanas, preguntarnos: ¿yo creo verdaderamente, por gracia de Dios, que tengo algo único que donar a los hermanos, o me siento anónimo, “uno entre muchos”? ¿Poseo un bien que puedo donar? ¿Agradezco al Señor los dones con los que continuamente me manifiesta su amor? ¿Vivo el compartir con los demás como un momento de encuentro y enriquecimiento recíproco?
Que la Virgen María nos ayude a vivir con fe cada Celebración eucarística, y a reconocer y gustar todos los días los “milagros” de la gracia de Dios.
_________________________________
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Aseguro mi oración por las víctimas del deslizamiento de tierras que arrolló un poblado en el sur de Etiopía. Estoy cerca de esta población que sufre tanto y de todos los que la están socorriendo.
Y mientras en el mundo hay tanta gente que sufre calamidades y hambre, se siguen fabricando y vendiendo armas y se queman recursos para alimentar guerras grandes y pequeñas. Este es un escándalo que la comunidad internacional no debería tolerar, y que contradice el espíritu de fraternidad de los Juegos Olímpicos que acaban de comenzar. No lo olvidemos, hermanos y hermanas: ¡la guerra es una derrota!
Hoy se celebra la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, con el tema “En la vejez no me abandones” (cf. Sal 71,9). El abandono de los ancianos es, de hecho, una triste realidad a la que no debemos acostumbrarnos. Para muchos de ellos, sobre todo en estos días de verano, la soledad puede convertirse en un peso difícil de soportar. La Jornada de hoy nos invita a escuchar la voz de los ancianos que dicen: “¡No me abandones!”, y a responderles: “¡No te abandonaré!”. Reforcemos la alianza entre nietos y abuelos, entre jóvenes y ancianos. ¡Digamos “no” a la soledad de los ancianos! Nuestro futuro depende mucho del modo en que los abuelos y los nietos aprendan a vivir juntos. ¡No olvidemos a los ancianos!¡ Y un aplauso para todos los abuelos, para todos!
Saludo a todos los romanos y peregrinos venidos de varias partes de Italia y del mundo. En especial, saludo a los participantes en el Congreso General de la Unión del Apostolado Católico; a los chicos de la Acción Católica de Bolonia y a los de la Unidad pastoral Rivera del Po–Sermide, en la diócesis de Mántua; al grupo de jóvenes de la diócesis de Verona; y a los animadores del Oratorio “Carlo Acutis” de Quartu Sant’Elena.
Envío un saludo a cuantos participan en la conclusión de la fiesta de la Virgen del Carmen en Transtíber: esta tarde tendrá lugar la procesión de la Virgen por el río Tíber. ¡Aprendamos de María, nuestra Madre, a poner en práctica el Evangelio en la vida cotidiana!
He oído antes un canto neocatecumenal… ¡luego me gustaría volver a escucharlo!
Les deseo a todos un feliz domingo. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!
¡Queridos hermanos y hermanas, buen domingo!
El Evangelio de la liturgia de hoy (Mc 6,30-34) narra que los apóstoles, regresando de la misión, se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho; entonces Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco» (v. 31). La gente entiende sus movimientos y, al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, y estuvo enseñándoles largo rato (cfr v. 34).
Por tanto, por un lado, la invitación a descansar y, por el otro, la compasión de Jesús por la muchedumbre. Es hermoso detenerse a reflexionar sobre la compasión de Jesús. Parecen dos cosas inconciliables, la invitación a descansar y la compasión, pero en cambio van juntas: descanso y compasión. Veamos.
Jesús se preocupa por el cansancio de los discípulos. Quizás está intuyendo un peligro que puede incumbir también en nuestra vida y nuestro apostolado, cuando por ejemplo el entusiasmo en el llevar adelante la misión, o el trabajo, así como el papel y las tareas que nos son confiadas nos hacen víctimas del activismo, y esta no es una cosa buena: tan preocupados por las cosas que hacer y demasiado preocupados por los resultados. Y entonces ocurre que nos agitamos y perdemos de vista lo esencial, arriesgando acabar con nuestras energías y caer en el cansancio del cuerpo y del espíritu. Es una advertencia importante para nuestra vida, para nuestra sociedad a menudo prisionera de la prisa, pero también para la Iglesia y para el servicio pastoral: hermanos y hermanas ¡estemos atentos a la dictadura del hacer! Y esto puede pasar por necesidad, también en las familias, cuando por ejemplo el papá para ganarse el pan está obligado a ausentarse por trabajo sacrificando el tiempo que pudiera dedicar a la familia. A menudo salen temprano por la mañana cuando los niños todavía duermen y regresan la noche tarde cuando están ya en la cama. Esta es una injusticia social. En las familias, papá y mamá deberían tener tiempo para compartir con los hijos, para acrecentar este amor familiar y no caer en la dictadura del hacer. Pensemos en lo que podemos hacer para ayudar a las personas que están obligadas a vivir así.
Al mismo tiempo, el descanso propuesto por Jesús no es una fuga del mundo, un retirarse en el bienestar personal; por el contrario, frente a la gente confundida Él siente compasión. Y entonces del Evangelio aprendemos que estas dos realidades – descanso y compasión – están ligadas: solo si aprendemos a descansar podemos tener compasión. De hecho, es posible tener una mirada de compasión, que sabe reconocer las necesidades del prójimo, solamente si nuestro corazón no está consumado por el ansia del hacer, si sabemos detenernos y, en el silencio de la adoración, recibir la Gracia de Dios.
Por tanto, hermanos y hermanas, podemos preguntarnos: ¿se detenerme durante mis jornadas? ¿Se tomarme un momento para estar conmigo mismo y con el Señor, o estoy siempre sumido en la prisa, sumido en la prisa, la prisa de las cosas por hacer? ¿Sabemos encontrar un poco de “desierto” interior en medio al ruido y a las actividades de cada día?
Que la Virgen Santa nos ayude a “descansar en el Espíritu” también en medio de todas las actividades cotidianas, y a ser disponibles y compasivos para con los otros.
__________________
Después del Ángelus
¡Queridos hermanos y hermanas!
Esta semana comienzan los Juegos Olímpicos de París, que precederán a los Juegos Paraolímpicos. El deporte tiene también una gran fuerza social, capaz de unir pacíficamente a personas de diversas culturas. Deseo que este evento pueda ser un signo del mundo inclusivo que queremos construir y que los atletas, con su testimonio deportivo, sean mensajeros de paz y modelos válidos para los jóvenes. De manera particular, según la antigua tradición, que las Olimpiadas sean una ocasión para establecer una tregua en las guerras, demostrando una sincera voluntad de paz.
Saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos de Italia y de tantos Países. En particular saludo a l’Équipe Notre Dame de la diócesis de Quixadá en el Brasil; la Asociación “Assumpta Science Center Ofekata”, comprometida en proyectos solidarios formativos para África.
Saludo también a los Silenziosi Operai della Croce y al Centro Volontari della Sofferenza, reunidos en recuerdo del fundador Beato Luigi Novarese; a las aspirantes y a las jóvenes profesas del Istituto delle Missionarie della Regalità di Cristo; a los jóvenes del grupo vocacional del Seminario Menor de Roma, que han transitado por los caminos de San Francisco de Asís en Roma.
Recemos, hermanos y hermanas, por la paz. No olvidemos a la martirizada Ucrania, a Palestina, a Israel, Myanmar y a tantos otros Países en guerra. No olvidemos, no olvidemos. ¡La guerra es una derrota!
Deseo a todos un buen domingo. y por favor no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Hoy el Evangelio nos habla de Jesús que envía a sus discípulos a la misión (cf. Mc 6,7-13). Los envía “de dos en dos” y les recomienda que lleven con ellos solo lo necesario.
Detengámonos un momento en esta imagen: los discípulos son enviados juntos y deben llevar con ellos solo lo necesario.
El Evangelio no se anuncia solos, sino juntos, como una comunidad, y para hacerlo es importante saber custodiar la sobriedad: saber ser sobrios en el uso de las cosas, compartiendo los recursos, las capacidades y los dones, y prescindiendo de lo superfluo, para ser libres y para que todos tengan lo necesario para vivir de manera digna y para contribuir activamente a la misión; y también ser sobrios en los pensamientos y en los sentimientos, abandonando las propias visiones parciales, los prejuicios y las rigideces que, como un equipaje inútil lastran y entorpecen el camino, para favorecer, en cambio, la confrontación y la escucha, haciendo así más eficaz el propio testimonio.
Pensemos, por ejemplo, en lo que sucede en nuestras familias o en nuestras comunidades: cuando nos conformamos con lo necesario, incluso con poco, con la ayuda de Dios, somos capaces de avanzar y de llevarnos bien, compartiendo lo que hay, renunciando todos a algo y apoyándonos mutuamente (cf. Hch 4,32-35). Y esto es ya un anuncio misionero, antes e incluso más que las palabras, porque encarna la belleza del mensaje de Jesús en la concreción de la vida. Una familia o una comunidad que viven de esta forma, de hecho, crean a su alrededor un ambiente rico de amor, en el que es más fácil abrirse a la fe y a la novedad del Evangelio y del que sale mejor, más serenos.
Si, por el contrario, cada uno va por su cuenta, si lo que cuentan son solo las cosas – que nunca son suficientes –, si no nos escuchamos, si prevalecen el individualismo y la envidia, el aire se vuelve pesado, la vida, difícil y los encuentros se convierten más en una ocasión de inquietud, de tristeza y de desaliento que de alegría (cf. Mt 19,22).
Queridos hermanos y hermanas, comunión y sobriedad son valores importantes para nuestra vida cristiana y para nuestro apostolado, valores indispensables para una Iglesia verdaderamente misionera, a todos los niveles.
Preguntémonos, entonces: ¿Yo siento el gusto de anunciar el Evangelio, de llevar, allí donde vivo, la alegría y la luz que proceden del encuentro con el Señor? Para hacerlo, ¿me esfuerzo por caminar junto a los demás, compartiendo con ellos ideas y capacidades, con la mente abierta y el corazón generoso? Y finalmente: ¿Sé cultivar un estilo de vida sobrio y atento a las necesidades de los hermanos?
Que María, Reina de los Apóstoles, nos ayude a ser verdaderos discípulos misioneros, en la comunión y en la sobriedad de vida.
He querido agradecer al arzobispo, [por] muchas cosas, pero sobre todo por una: que no ha “hablado” de los enfermos… ¡Los ha nombrado! ¡Los conoce por su nombre! Y esto es un ejemplo, porque la caridad es concreta, el amor es concreto. Agradezco mucho al arzobispo porque tiene esta costumbre. Cada persona, sana o enferma, grande o pequeña, cada persona tiene dignidad. La dignidad se deja ver con el nombre y el conoce el nombre. Bello. Deseo que continue en este conocimiento, porque una vez he encontrado un párroco de montaña – era párroco de tres pueblos -, y le pregunté: “¿Dime, eres capaz de conocer a la gente por su nombre?”, y él me respondió: “Conozco también el nombre de los perros de las familias!”. Deseo que él vaya adelante y conozca también el nombre de los perros.
Queridos hermanos y hermanas,
antes de la bendición final deseo saludar a todos ustedes, reunidos en esta Plaza tan sugestiva. Agradezco al Obispo por sus palabras y sobre todo por la preparación de la visita, y con él a todos aquellos que de muchas maneras han colaborado, especialmente en la liturgia- son muy buenos los encargados de la liturgia; un aplauso al maestro y a todos- y en los tantos servicios; así como también a las tantas personas que han participado con la oración. Aseguro mi cercanía a los enfermos- he saludado a muchos-, a los encarcelados, que han querido estar presentes, a los migrantes- Trieste es una puerta abierta a los migrantes- y a todos aquellos que tienen más afanes.
Trieste es una de aquellas ciudades que tienen la vocación de hacer encontrar gente diversa: sobre todo porque es un puerto, es un puerto importante, y luego porque se encuentra en el cruce de caminos entre Italia, Europa central y los Balcanes. En esta situación, el desafío para la comunidad eclesial y para aquella civil es el saber conjugar la apertura y la estabilidad, la acogida y la identidad. Y entonces puedo decirles: ¡tienen todos los “papeles en regla”. ¡Gracias! ¡Tienen los papeles en regla para encarar este desafío! Como cristianos tenemos el Evangelio, que da sentido y esperanza a nuestra vida; y como ciudadanos tienen la Constitución, “brújula” confiable para el camino de la democracia.
¡Y entonces, adelante! Adelante. Sin temor, abiertos y firmes en los valores humanos y cristianos, acogedores, pero sin compromisos sobre la dignidad humana. Sobre esto no se juega.
Desde esta ciudad renovamos nuestro empeño a rezar y a trabajar por la paz: por la martirizada Ucrania, por Palestina e Israel, por Sudán, Myanmar y por cada pueblo que sufre por la guerra. Invocamos la intercesión de la Virgen María, venerada en el Monte Grisa como Madre y Reina.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de la liturgia de hoy nos relata dos milagros que parece que están entrelazados entre sí. Mientras que Jesús va a casa de Jairo, uno de los responsables de la sinagoga, porque su hija pequeña está gravemente enferma, por el camino una mujer con hemorroísa le toca la túnica y Él se detiene para sanarla. Mientras tanto, anuncian que la hija de Jairo ha muerto, pero Jesús no se detiene, llega a la casa, va a la habitación de la pequeña, la toma de la mano y la levanta, devolviéndola a la vida (Mc 5,21-43). Dos milagros, uno de curación y otro de resurrección.
Estas dos curaciones se relatan en un único episodio. Ambas suceden a través del contacto físico. De hecho, la mujer toca la túnica de Jesús y Jesús toma de la mano a la pequeña. ¿Por qué motivo es importante “tocar”? porque estas dos mujeres – una porque tiene pérdidas de sangre y la otra porque está muerta – se consideran impuras y por lo tanto con ellas no puede haber contacto físico. Y, en cambio, Jesús se deja tocar y no teme tocar. Jesús se deja tocar y no tiene miedo de tocar. Antes incluso de la curación física, Él desafía una concepción religiosa equivocada, según la cual Dios separa a los puros por un lado y a los impuros por otro. En cambio, Dios no hace esta separación, porque todos somos sus hijos, y la impureza no deriva de alimentos, enfermedades y ni siquiera de la muerte, sino que la impureza viene de un corazón impuro.
Aprendamos esto: frente a los sufrimientos del cuerpo y del espíritu, frente a las heridas del alma, frente a las situaciones que nos abaten e incluso frente al pecado, Dios no nos mantiene a distancia, Dios no se avergüenza de nosotros, Dios no nos juzga; al contrario, Él se acerca para dejarse tocar y para tocarnos y siempre nos levanta de la muerte. Siempre nos toma de la mano para decirnos: ¡Hija, hijo, levántate! (cf. Mc 5,41), ¡Camina, ve hacia delante! “Señor, soy un pecador” – “¡Sigue adelante, yo me hice pecado por ti, para salvarte!” – Pero tú, Señor, no eres un pecador” – “No, pero yo sufrí todas las consecuencias del pecado para salvarte”. ¡Es hermoso esto!
Fijemos en el corazón esta imagen que Jesús nos entrega: Dios es el que te toma de la mano y te levanta, el que se deja tocar por tu dolor y te toca para curarte y darte de nuevo la vida. Él no discrimina a nadie porque ama a todos.
Y entonces podemos preguntarnos: ¿Nosotros creemos que Dios es así? ¿Nos dejamos tocar por el Señor, por su Palabra, por su amor? ¿Entramos en relación con los hermanos ofreciéndoles una mano para levantarse o nos mantenemos a distancia y etiquetamos a las personas en base a nuestros gustos y a nuestras preferencias? Nosotros etiquetamos a las personas. Os hago una pregunta: Dios, el Señor Jesús, ¿etiqueta a las personas? Que cada uno responda. ¿Dios etiqueta a las personas? Y yo, ¿vivo constantemente etiquetando a las personas?
Hermanos y hermanas, miremos al corazón de Dios, para que la Iglesia y la sociedad no excluyan, no excluyan a nadie, para que no traten a nadie como “impuro”, para que cada uno, con su propia historia, sea acogido y amado sin etiquetas, sin prejuicios, para que sea amado sin adjetivos.
Recemos a la Virgen Santa: que Ella que es Madre de la ternura interceda por nosotros y por el mundo entero.
______________________________
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de diversos países.
Saludo en particular a los niños del Círculo misionero “Misyjna Jutrzenka” de Skoczów, en Polonia; y a los fieles de California y de Costa Rica.
Saludo a las monjas Hijas de la Iglesia, que, en estos días, junto a un grupo de laicos, han vivido un peregrinaje sobre los pasos de su fundadora, la Venerable Maria Oliva Bonaldo. Y saludo a los chicos de Gonzaga, en Mantova.
Hoy se recuerda a los Protomártires romanos. También nosotros vivimos en tiempos de martirio, aún más que en los primeros siglos. En varias partes del mundo tantos hermanos y hermanas nuestros sufren discriminaciones y persecuciones a causa de su fe, fecundando así la Iglesia. Otros se enfrentan a un martirio “con guante blanco”. Apoyémosles y dejémonos inspirar por su testimonio de amor por Cristo.
En este último día de junio, imploremos al Sagrado Corazón de Jesús que toque los corazones de quienes quieren la guerra, para que se conviertan a proyectos de diálogo y de paz.
Hermanos y hermanas, no nos olvidemos de la martirizada Ucrania, Palestina, Israel, Myanmar y tantos otros lugares donde se sufre tanto a causa de la guerra.
Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto. Gracias.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, en el Evangelio Jesús dice a Simón, por Él llamado Pedro: "A ti te daré las llaves del reino de los cielos" (Mt 16,19). Por eso vemos a menudo a San Pedro representado con dos grandes llaves en la mano, como en la estatua de esta plaza. Esas llaves representan el ministerio de autoridad que Jesús le confió para servir a toda la Iglesia. Porque la autoridad es un servicio, y la autoridad que no es servicio es dictadura.
Tengamos cuidado, sin embargo, de comprender bien el significado de esto. Las llaves de Pedro, en efecto, son las llaves de un Reino, que Jesús no describe como una caja fuerte o una caja blindada, sino con otras imágenes: una semilla pequeña, una perla preciosa, un tesoro escondido, un puñado de levadura (cf Mt 13,1-33), es decir, como algo precioso y rico, sí, pero al mismo tiempo pequeño y poco visible. Para alcanzarlo, por tanto, no es necesario accionar mecanismos y cerrojos de seguridad, sino cultivar virtudes como la paciencia, la atención, la constancia, la humildad, el servicio.
Por eso, la misión que Jesús confía a Pedro no consiste en atrancar las puertas de la casa, dejando entrar sólo a unos pocos invitados selectos, sino en ayudar a todos a encontrar el camino de entrada, en fidelidad al Evangelio de Jesús. A todos: todos, todos, todos pueden participar.
Y Pedro lo hará durante toda su vida, fielmente, hasta su martirio, después de haber experimentado por sí mismo, no sin esfuerzo y con muchas caídas, la alegría y la libertad que vienen del encuentro con el Señor. Fue el primero, para abrir la puerta a Jesús, tuvo que convertirse, y entender que la autoridad es un servicio. Y no fue fácil para él. Piensa que, justo después de decirle a Jesús: "Tú eres el Cristo", el Maestro tuvo que reprenderle, porque se negaba a aceptar la profecía de su pasión y su muerte en cruz (cf. Mt 16,21-23).
Pedro recibió las llaves del Reino no porque fuera perfecto -no, es un pecador- sino porque era humilde, honesto y el Padre le había dado una fe franca (cf. Mt 16,17). Por eso, confiando en la misericordia de Dios, pudo sostener y fortalecer, como se le pedía, también a sus hermanos (cf. Lc 22,32).
Hoy podemos preguntarnos: ¿cultivo el deseo de entrar, con la gracia de Dios, en su Reino, y de ser, con su ayuda, su guardián acogedor también para los demás? Y para ello, ¿me dejo "pulir", suavizar, modelar por Jesús y su Espíritu, el Espíritu que habita en nosotros, en cada uno?
Que María, Reina de los Apóstoles, y los santos Pedro y Pablo nos consigan, con sus oraciones, ser unos para otros guía y apoyo para el encuentro con el Señor Jesús.
___________________________
Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas.
Saludo a todos los que han venido en la fiesta de los santos Pedro y Pablo, y de modo especial saludo al pueblo de Roma. Hoy quisiera que mi saludo llegara a todos los habitantes de Roma, a todos, junto con mi oración: por las familias, especialmente por las que más luchan; por los ancianos, los que están más solos; por los enfermos, los encarcelados y los que por diversos motivos se encuentran en dificultades. Deseo que cada uno tenga la experiencia de Pedro y Pablo, es decir, que el amor de Jesucristo salva la vida y empuja a darla, empuja a darla con alegría, gratuitamente. ¡La vida no se vende!
Saludo a los Canónigos Regulares de la Inmaculada Concepción, reunidos en Roma para su Capítulo General; y les felicito por la gran infiorata organizada por la "Pro Loco" en la Piazza Pio XII, realizada por maestros floristas de varias partes de Italia. Gracias, ¡muchas gracias! Puedo verlas desde aquí, ¡son preciosas!
Pienso con dolor en nuestros hermanos y hermanas que sufren a causa de la guerra: pensemos en todos los pueblos heridos o amenazados por los combates, que Dios los libere y los apoye en su lucha por la paz. Y doy gracias a Dios por la liberación de los dos sacerdotes greco-católicos. ¡Que todos los prisioneros de esta guerra vuelvan pronto a casa! Recemos juntos: que todos los prisioneros vuelvan a casa.
Les deseo a todos unas felices fiestas. Por favor, no olviden rezar por mí. Buen provecho y ¡hasta luego!
San Juan Pablo II
Esta mañana el Arzobispo castrense, monseñor don Juan Antonio Aznárez, ha presidido en la sede del Arzobispado, la ceremonia de profesión de fe y juramento de fidelidad de los capellanes castrenses, recién incorporados a diversas unidades de las Fuerzas Armadas, Guardia Civil y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Con anterioridad, el Vicario General del Arzobispado, Carlos Jesús Montes, ha presidido la celebración de la Eucaristía en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas, que ha sido concelebrada por los nuevos capellanes castrenses.
En el Arzobispado Castrense de España, nuestra misión es acompañar a los miembros de las Fuerzas Armadas y sus familias en su camino de fe, brindando apoyo espiritual y humano en cada etapa de sus vidas. Las peregrinaciones que organizamos no son solo un viaje físico, sino una oportunidad para renovar el espíritu, fortalecer la fe y compartir la comunión fraterna con aquellos que comparten nuestra vocación de servicio a la patria.
Objetivos de las Peregrinaciones:
Fortalecer la fe: Cada peregrinación es una oportunidad para profundizar en nuestra relación con Dios, reflexionando sobre Su presencia en nuestras vidas y en nuestro servicio.
Fomentar la unidad: Al caminar juntos, miembros de diferentes cuerpos y rangos encuentran un espacio para el compañerismo, el entendimiento mutuo y el fortalecimiento de los lazos que nos unen.
Renovar el espíritu: Lejos de las obligaciones cotidianas, estas jornadas permiten un tiempo de introspección, oración y renovación espiritual.
Destinos de Peregrinación:
Santuario de Lourdes: Un lugar de sanación y esperanza, donde cada año miles de peregrinos castrenses se reúnen para vivir una experiencia de fe y devoción.
Camino de Santiago: Siguiendo los pasos de innumerables peregrinos, nos embarcamos en una travesía hacia la tumba del Apóstol Santiago, patrono de España, renovando nuestro compromiso con los valores cristianos.
Tierra Santa: Un viaje al corazón de nuestra fe, recorriendo los lugares donde Jesús vivió, murió y resucitó, y profundizando en el misterio de nuestra redención.
Testimonios:
"Peregrinar a Lourdes fue una experiencia transformadora. Sentí la presencia de la Virgen en cada paso que di y volví con un espíritu renovado para enfrentar mis responsabilidades."
"El Camino de Santiago me enseñó la importancia de la paciencia y la perseverancia. Cada kilómetro recorrido me acercó más a Dios y a mis hermanos en la fe."
Cómo Participar: Las peregrinaciones están abiertas a todos los miembros de las Fuerzas Armadas, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y sus familias. Para obtener más información sobre las próximas peregrinaciones y cómo inscribirse, contacte con la Delegacion de peregrinaciones del Arzobispado Castrense en nuestra página web: https://www.arzobispadocastrense.com/arzobispado/delegaciones
Descarga gratuita del Libro de Peregrinaciones
COLABORACION DE LA PARROQUIA VATICANA Y CASTRENSE DE SAN FRANCISCO DE ASÍS, SAN FERNANDO (CADIZ) AL PROYECTO DE EMERGENCIA EN TIERRA SANTA DE CÁRITAS CASTRENSE
Con motivo de la celebración de Nuestra Señora del Monte Carmelo, en el 125.º aniversario de su patronazgo sobre la Armada, se llevó a cabo la
...Entre los días 9 y 12 de julio ha tenido lugar en Guadarrama el Encuentro Nacional de Delegados de Familia y Vida. Este año, la reflexión ha girado en
...Con motivo del 125 Aniversario de la proclamación de Nuestra Señora la Santísima Virgen del Carmen como Patrona de la Armada, se ha celebrado esta
...