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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy en Italia y en muchos países celebramos la Ascensión del Señor, es decir, su regreso al Padre. En la Liturgia, el Evangelio según Lucas narra la última aparición del Resucitado a los discípulos (cf. 24,46-53). La vida terrenal de Jesús culmina precisamente con la Ascensión, que también profesamos en el Credo: "Ha subido al cielo, está sentado a la derecha del Padre". ¿Qué significa este acontecimiento? ¿Cómo debemos entenderlo? Para responder a esta pregunta, detengámonos en dos acciones que Jesús realiza antes de subir al cielo: primero anuncia el don del Espíritu y luego bendice a los discípulos. Anuncia el don del Espíritu y bendice.

En primer lugar, Jesús dice a sus amigos: "Les envío al que mi Padre ha prometido" (v. 49). Está hablando del Espíritu Santo, el Consolador, el que los acompañará, los guiará, los apoyará en su misión, los defenderá en las batallas espirituales. Entonces comprendemos algo importante: Jesús no abandona a los discípulos. Sube al cielo, pero no nos deja solos. Por el contrario, precisamente al ascender al Padre asegura la efusión del Espíritu Santo, de su Espíritu. En otra ocasión había dicho: "Les conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes" (Jn 16,7), es decir, el Espíritu. El amor de Jesús por nosotros también se puede ver en esto: la suya es una presencia que no quiere restringir nuestra libertad. Al contrario, nos hace un espacio, porque el verdadero amor siempre genera una cercanía que no aplasta, no es posesivo, es cercano, pero no posesivo; es más, el verdadero amor nos hace protagonistas. Por eso, Cristo asegura: "Voy al Padre, y serán revestidos de un poder de lo alto: les enviaré mi propio Espíritu, y con su poder continuarán mi obra en el mundo" (cf. Lc 24,49). Por eso, al subir al cielo, Jesús, en lugar de permanecer cerca de unos pocos con su cuerpo, se hace cercano a todos con su Espíritu. El Espíritu Santo hace presente a Jesús en nosotros, más allá de las barreras del tiempo y del espacio, para que seamos sus testigos en el mundo.

Inmediatamente después —es la segunda acción— Cristo levanta las manos y bendice a los apóstoles (cf. v. 50). Es un gesto sacerdotal. Dios, desde los tiempos de Aarón, había confiado a los sacerdotes la tarea de bendecir al pueblo (cf. Nm 6,26). El Evangelio quiere decirnos que Jesús es el gran sacerdote de nuestra vida. Jesús sube al Padre para interceder por nosotros, para presentarle nuestra humanidad. Así, ante los ojos del Padre, están y estarán siempre, con la humanidad de Jesús, nuestras vidas, nuestras esperanzas, nuestras heridas. Así, al hacer su "éxodo" al Cielo, Cristo "nos abre camino", va a preparar un lugar para nosotros y, desde ahora, intercede por nosotros, para que siempre estemos acompañados y bendecidos por el Padre.

Hermanos y hermanas, pensemos hoy en el don del Espíritu que hemos recibido de Jesús para ser testigos del Evangelio. Preguntémonos si realmente lo somos; y también si somos capaces de amar a los demás, dejándolos libres y dejándoles espacio. Y luego: ¿sabemos hacernos intercesores por los demás, es decir, sabemos rezar por ellos y bendecir sus vidas? ¿O servimos a los demás por nuestros propios intereses? Aprendamos esto: la oración de intercesión, interceder por las esperanzas y los sufrimientos del mundo, interceder por la paz. Y bendigamos con la mirada y las palabras a quienes encontramos cada día.

Ahora recemos a la Virgen, la bendita entre las mujeres, que, llena del Espíritu Santo, siempre reza e intercede por nosotros.

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Después del Regina Caeli

Ayer fue beatificado en Módena de Don Luigi Lenzini, mártir de la fe, asesinado en 1945 por señalar los valores cristianos como el camino más alto de la vida, en un clima de odio y conflicto en aquella época. Que este sacerdote, pastor según el corazón de Cristo y mensajero de la verdad y la justicia, nos ayude desde el cielo a dar testimonio del Evangelio con caridad y franqueza. ¡Aplaudamos al nuevo Beato!

Hoy se celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, con el tema Escuchar con el oído del corazón. Saber escuchar, además del primer gesto de caridad, es también el primer ingrediente indispensable del diálogo y de la buena comunicación: saber escuchar, dejar que los demás lo digan todo, no cortar por la mitad, saber escuchar con los oídos y el corazón. Deseo que todos crezcan en esta capacidad de escuchar con el corazón.

Hoy es el Día Nacional del Alivio en Italia. Recordemos que "el enfermo es siempre más importante que su enfermedad", el enfermo es siempre más importante que la enfermedad, y que "aunque no se pueda sanar, siempre es posible curar, siempre es posible consolar, siempre es posible hacer sentir una cercanía" (Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo 2022).

Pasado mañana, último día del mes de mayo, fiesta litúrgica de la Visitación de la Santísima Virgen María, a las 18 horas, en la Basílica de Santa María la Mayor rezaremos el Rosario por la paz, en conexión con numerosos Santuarios de muchos países. Invito a los fieles, a las familias y a las comunidades a unirse a esta invocación, para obtener de Dios, por intercesión de la Reina de la Paz, el don que el mundo espera.

Saludo a todos, romanos y peregrinos. En particular, saludo a los fieles que han venido de Holanda, España y Australia. Saludo a la parroquia de San Roberto Belarmino que concluye el Año Jubilar por el 400 aniversario de la muerte de San Roberto Belarmino. Saludo a los polacos —¡siempre tantos polacos!— con una bendición para los que en su patria participan en la gran peregrinación al Santuario Mariano de Piekary Śląskie. Saludo a los alumnos del colegio San Vincenzo de Olbia y a los niños de Confirmación de Luras.

El lunes y el martes 29 y 30 de agosto habrá una reunión de todos los cardenales para reflexionar sobre la nueva Constitución Apostólica Praedicate Evangelium, y el sábado 27 de agosto celebraré un Consistorio para la creación de nuevos cardenales. Estos son los nombres de los nuevos cardenales:

1. S.E.R. Mons. Arthur Roche - Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

2. S.E.R. Mons. Lazzaro You Heung-sik – Prefecto de la Congregación para el Clero.

3. S.E.R. Mons. Fernando Vérgez Alzaga L.C. – Presidente de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano y Presidente del Governatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano.

4. S.E.R. Mons. Jean-Marc Aveline - Arzobispo Metropolitano de Marsella (Francia).

5. S.E.R. Mons. Peter Ebere Okpaleke – Obispo de Ekwulobia (Nigeria).

6. S.E.R. Mons. Leonardo Ulrich Steiner, O.F.M. - Arzobispo Metropolitano de Manaos (Brasil).

7. S.E.R. Mons. Filipe Neri António Sebastião do Rosário Ferrão - Arzobispo de Goa y Damán (India).

8. S.E.R. Mons. Robert Walter McElroy – Obispo de San Diego (EE. UU.)

9. S.E.R. Mons. Virgilio Do Carmo Da Silva, S.D.B. – Arzobispo de Dili (Timor Oriental).

10. S.E.R. Mons. Oscar Cantoni – Obispo de Como (Italia).

11. S.E.R. Mons. Anthony Poola – Arzobispo de Hyderabad (India).

12. S.E.R. Mons. Paulo Cezar Costa - Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de Brasilia (Brasil).

13. S.E.R. Mons. Richard Kuuia Baawobr M. Afr – Obispo de Wa (Ghana).

14. S.E.R. Mons. William Goh Seng Chye – Arzobispo de Singapur (Singapur).

15. S.E.R. Mons. Adalberto Martínez Flores - Arzobispo Metropolitano de Asunción (Paraguay).

16. S.E.R. Mons. Giorgio Marengo, I.M.C. – Prefecto Apostólico de Ulán Bator (Mongolia).
 

Junto con ellos uniré a los miembros del Colegio de Cardenales a:

1. S.E.R. Mons. Jorge Enrique Jiménez Carvajal - Arzobispo emérito de Cartagena (Colombia).

2. S.E.R. Mons. Lucas Van Looy S.D.B. - Arzobispo emérito de Gante (Bélgica).

3. S.E.R. Mons. Arrigo Miglio - Arzobispo emérito de Cagliari (Italia).

4. Rev.do Padre Gianfranco Ghirlanda SJ – Profesor de Teología.

5. Rev.do Mons. Fortunato Frezza – Canónigo de San Pedro.


Recemos por los nuevos cardenales para que, confirmando su adhesión a Cristo, me ayuden en mi ministerio de Obispo de Roma por el bien de todo el Santo Pueblo fiel de Dios.

Les deseo un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Que tengan un buen almuerzo y hasta pronto.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Y hoy, también buena fiesta, porque se celebra la solemnidad de Pentecostés. Se celebra la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que tuvo lugar cincuenta días después de la Pascua. Jesús lo había prometido varias veces. En la liturgia de hoy, el Evangelio recoge una de estas promesas, cuando Jesús dijo a los discípulos: “El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho” (Jn 14,26). Esto es lo que hace el Espíritu: enseña y recuerda lo que Cristo dijo. Reflexionemos sobre estas dos acciones, enseñar y recordar, porque así es como Él penetra nuestros corazones con el Evangelio de Jesús.

En primer lugar, el Espíritu Santo enseña. De este modo nos ayuda a superar un obstáculo que se presenta en la experiencia de la fe: el de la distancia.  Él nos ayuda a superar el obstáculo de la distancia en la experiencia de fe. De hecho, puede surgir la inquietud de que hay mucha distancia entre el Evangelio y la vida cotidiana. Jesús vivió hace dos mil años, eran otros tiempos, otras situaciones, y por eso el Evangelio parece ya anticuado, parece inadecuado para hablar a nuestro hoy con sus exigencias y sus problemas. También se nos plantea esta interrogante: ¿qué puede decir el Evangelio en la era de Internet, en la era de la globalización? ¿Cómo puede impactar su palabra?

Podemos decir que el Espíritu Santo es especialista en acortar las distancias, Él sabe acortar las distancias; nos enseña a superarlas. Es Él quien conecta la enseñanza de Jesús con cada tiempo y cada persona. ¡Con Él, las palabras de Cristo no son un recuerdo, no! ¡Las palabras de Cristo por la fuerza del Espíritu Santo cobran vida, hoy! El Espíritu las hace vivas para nosotros. A través de la Sagrada Escritura nos habla y nos orienta en el presente. El Espíritu Santo no teme el paso de los siglos, sino que hace que los creyentes estén atentos a los problemas y acontecimientos de su tiempo. De hecho, cuando el Espíritu Santo enseña, actualiza, mantiene la fe siempre joven. Nosotros corremos el riesgo de hacer de la fe una cosa de museo: ¡Es el riesgo! Él en cambio la pone en sintonía con los tiempos, siempre al día, la fe al día: este es su trabajo. Porque el Espíritu Santo no se ata a épocas o modas pasajeras, sino que trae al presente la actualidad de Jesús, resucitado y vivo.

¿Y de qué manera el Espíritu realiza esto? Haciendo que recordemos. Aquí está el segundo verbo, re-cordar. ¿Qué quiere decir recordar? Re-cordar significa traer de vuelta al corazón, re-cordar. El Espíritu trae el Evangelio de vuelta a nuestro corazón. Ocurre como con los Apóstoles: habían escuchado a Jesús muchas veces, pero lo habían comprendido poco. A nosotros nos sucede lo mismo. Pero a partir de Pentecostés, con el Espíritu Santo, recuerdan y comprenden. Aceptan sus palabras como si hubiesen sido específicamente para ellos, y pasan de un conocimiento externo, un conocimiento de memoria, a una relación viva, a una relación convencida y alegre con el Señor. Es el Espíritu el que hace esto, el que pasa del hecho de “haber escuchado acerca de él” al conocimiento personal de Jesús, el que entra en el corazón. Así es como el Espíritu cambia nuestra vida: hace que los pensamientos de Jesús se conviertan en nuestros pensamientos. Y esto lo hace recordándonos sus palabras, llevando al corazón, hoy, las palabras de Jesús.

Hermanos y hermanas, sin el Espíritu que nos recuerda a Jesús, la fe se vuelve olvidadiza. Tantas veces la fe se transforma en un recuerdo sin memoria. Por el contrario, la memoria es viva y la memoria viva nos la da el Espíritu. Y nosotros - tratemos de preguntarnos - ¿somos cristianos olvidadizos? ¿Quizás basta una adversidad, un cansancio, una crisis para olvidar el amor de Jesús y caer en la duda y en nuestro miedo? ¡Ay! Estemos atentos a no convertirnos en cristianos olvidadizos. El remedio es invocar al Espíritu Santo. Hagámoslo a menudo, especialmente en los momentos importantes, antes de las decisiones difíciles y en situaciones no fáciles. Tomemos el Evangelio en la mano e invoquemos al Espíritu. Podemos decir: “Ven, Espíritu Santo, recuérdame a Jesús, ilumina mi corazón”. Esta es una bella oración: “Ven, Espíritu Santo, recuérdame a Jesús, ilumina mi corazón”. ¿La decimos juntos? “Ven, Espíritu Santo, recuérdame a Jesús, ilumina mi corazón”. Luego, abrimos el Evangelio y leemos un pequeño pasaje, lentamente. Y el Espíritu lo hará hablar a nuestras vidas.

Que la Virgen María, llena del Espíritu Santo, encienda en nosotros el deseo de orarle y de acoger la Palabra de Dios.

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Después del Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas:

En Pentecostés se hizo realidad el sueño de Dios sobre la humanidad. Cincuenta días después de la Pascua, pueblos que hablaban lenguas diferentes se encontraron y se entendieron. Pero ahora, cien días después del comienzo de la agresión armada contra Ucrania, la pesadilla de la guerra, que es la negación del sueño de Dios, ha descendido de nuevo sobre la humanidad: pueblos que se enfrentan, pueblos que se matan, personas que, en lugar de acercarse, son expulsadas de sus hogares. Y mientras la furia de la destrucción y la muerte se desata y el conflicto se recrudece, alimentando una escalada cada vez más peligrosa para todos, renuevo mi llamamiento a los líderes de las naciones: ¡Por favor, no lleven a la humanidad a la ruina! ¡Por favor, no lleven a la humanidad a la ruina! Que se lleven a cabo verdaderas negociaciones, tratativas concretas para un alto el fuego y para una solución duradera. Que se escuche el grito desesperado de la gente que sufre -lo vemos todos los días en los medios de comunicación-, que se respete la vida humana y se detenga la macabra destrucción de ciudades y pueblos en el este de Ucrania. Por favor, sigamos rezando y luchando por la paz, sin cansarnos.

Ayer, en Beirut, fueron beatificados dos frailes menores capuchinos, Leonard Melki y Thomas George Saleh, sacerdotes y mártires, asesinados por odio a la fe en Turquía en 1915 y 1917 respectivamente. Estos dos misioneros libaneses, en un contexto hostil, dieron prueba de una confianza inquebrantable en Dios y de una abnegación por el prójimo. Que su ejemplo fortalezca nuestro testimonio cristiano. Eran jóvenes, no tenían 35 años. ¡Aplaudamos a los nuevos beatos!

Me he enterado con satisfacción que la tregua en Yemen se ha renovado por otros dos meses. Gracias a Dios y a ustedes. Espero que esta señal de esperanza pueda ser un paso más para poner fin a ese sangriento conflicto, que ha generado una de las peores crisis humanitarias de nuestro tiempo. Por favor, no dejemos de pensar en los niños de Yemen: hambre, destrucción, falta de educación, falta de todo. ¡Pensemos en los niños!

Quisiera asegurar mis oraciones por las víctimas de los deslizamientos de tierra causados por las lluvias torrenciales en la región metropolitana de Recife, Brasil.

Los saludo a todos, romanos y peregrinos. Saludo a la Asociación "Avvocatura in missione"; a los miembros del Movimiento Internacional por la Reconciliación y del Movimiento por la No Violencia; al grupo scout francés "Saint Louis", a la Sociedad de San Vicente de Paúl y a la fraternidad Evangelii Gaudium. Saludo a los fieles de Piacenza d'Adige, al Coro de Castelfidardo, a los jóvenes de Pollone y a los de Cassina de' Pecchi -recuerdo cuando visité estos lugares hace tantos años-, a los peregrinos de los Santuarios Antoniani de Camposampiero y a los ciclistas de Sarcedo, y saludo también a los muchachos de la Inmaculada.

Expreso mi cercanía a los pescadores, pensemos en los pescadores que, debido al aumento del costo del combustible, corren el riesgo de tener que cesar sus actividades; y la extiendo a todas las categorías de trabajadores que se ven gravemente afectados por las consecuencias del conflicto en Ucrania.

Rezo por ustedes, ustedes recen por mí. Les deseo a todos un buen domingo. Que tengan un buen almuerzo y adiós.

Queridos hermanos y hermanos, ¡buenos días y feliz domingo!

Hoy es la solemnidad de la Santísima Trinidad, y en el Evangelio de la celebración Jesús nos presenta a las otras dos Personas divinas, al Padre y al Espíritu Santo. Dice del Espíritu: «No hablará de sí mismo, sino que recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros». Y luego, respecto al Padre, dice: «Todo lo que tiene el Padre es mío» (Jn 16,14-15). Vemos que el Espíritu habla, pero no de sí mismo: anuncia a Jesús y revela al Padre. Y vemos también que el Padre, que posee todo porque es el origen de todo, le da al Hijo todo lo que posee, no se queda con nada para sí mismo y se dona enteramente al Hijo. Es decir, el Espíritu Santo no habla de sí mismo, habla de Jesús. Y el Padre, no da sí mismo, da el Hijo. Es la generosidad abierta, uno abierto al otro.

Pasemos ahora a nosotros, a las cosas de las que hablamos y a lo que poseemos. Cuando hablamos, queremos siempre que se hable bien de nosotros y a menudo hablamos de nosotros y de lo que hacemos. ¡Cuántas veces! “Yo he hecho esto, y eso…”, “tenía este problema…”. Se habla siempre así. ¡Qué diferencia respecto al Espíritu Santo, que habla anunciando a los otros, el Padre, el Hijo! Y, sobre lo que poseemos, ¡qué celosos somos y cuánto nos cuesta compartirlo con los demás, incluso con los que carecen de lo necesario! De palabra es fácil, pero luego en la práctica es muy difícil.

Por ello, celebrar la Santísima Trinidad no es solo un ejercicio teológico, sino una revolución de nuestra manera de vivir. Dios, en quién cada Persona vive para la otra en continua relación, no para sí misma, nos estimula a vivir con los demás y para los demás. Abiertos. Hoy podemos preguntarnos si nuestra vida refleja el Dios en el que creemos: yo, que profeso la fe en Dios Padre e Hijo y Espíritu Santo, ¿creo verdaderamente que para vivir necesito a los demás, necesito entregarme a los demás, necesito servir a los demás? ¿Lo afirmo de palabra o lo afirmo con la vida?

Dios trino y uno, queridos hermanos y hermanas, hay que mostrarlo así, con los hechos antes que con las palabras. Dios, que es el autor de la vida, se transmite menos a través de los libros y más a través del testimonio de vida. Él que, como escribe el evangelista Juan, «es amor» (1 Jn 4,16), se revela a través del amor. Pensemos en las personas buenas, generosas, mansas que hemos conocido: recordando su manera de pensar y actuar podemos tener un pequeño reflejo de Dios-Amor. Y, ¿qué quiere decir amar? No sólo apreciar y hacer el bien, sino antes incluso, en la raíz, acoger, estar abierto a los otros, hacer sitio a los otros, dejar espacio a los otros. Esto significa amar, en la raíz.

Para entenderlo mejor, pensemos en los nombres de las Personas divinas que pronunciamos cada vez que hacemos la señal de la cruz: en cada nombre está la presencia del otro. El Padre, por ejemplo, no sería tal sin el Hijo; del mismo modo el Hijo no puede ser pensado por sí solo, sino siempre como Hijo del Padre. Y el Espíritu Santo, a su vez, es Espíritu del Padre y del Hijo. En resumen, la Trinidad nos enseña que no se puede estar nunca sin el otro. No somos islas, estamos en el mundo para vivir a imagen de Dios: abiertos, necesitados de los demás y necesitados de ayudar a los demás. Así pues, hagámonos esta última pregunta: ¿Soy un reflejo de la Trinidad en la vida de todos los días? La seña de la cruz que hago cada día —Padre e Hijo y Espíritu Santo—, esa señal de la cruz que hago todos los días,  ¿se queda en un mero gesto ocioso o inspira mi manera de hablar, conocer, responder, juzgar, perdonar?

Que la Virgen, hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu, nos ayude a acoger y testimoniar en la vida el misterio de Dios-Amor.


Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Ayer en Breslavia, Polonia, fueron beatificadas sor Paschalina Jahn y nueve hermanas mártires, de la Congregación de las Hermanas de Santa Isabel, asesinadas al final de la Segunda Guerra Mundial en un contexto hostil a la fe cristiana. Estas diez monjas, aunque conscientes del peligro que corrían, permanecieron a lado de los ancianos y enfermos que cuidaban. Que su ejemplo de fidelidad a Cristo nos ayude a todos, especialmente a los cristianos perseguidos en diferentes partes del mundo, a dar testimonio del Evangelio con valentía. ¡Un aplauso a las nuevas beatas!

Y ahora deseo dirigirme al pueblo y a las autoridades de la República Democrática del Congo y de Sudán del Sur. Queridos amigos, con gran pesar, debido a los problemas de la pierna, he tenido que posponer mi visita a vuestros países, prevista para los primeros días de julio. Realmente siento un gran pesar, por haber tenido que posponer este viaje que significa mucho para mí. Os pido disculpas. Oremos juntos para que, con la ayuda de Dios y la asistencia médica, pueda ir a visitaros lo antes posible. ¡Confiamos en ello!

Hoy se celebra el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Trabajemos todos para eliminar esta plaga, para que ningún niño o niña sea privado de sus derechos fundamentales y obligado a trabajar. ¡La de los menores explotados para el trabajo es una realidad dramática que nos interpela a todos!

El pensamiento por la población ucraniana afligida por la guerra está siempre vivo en mi corazón. Que el paso del tiempo no enfríe nuestro dolor y nuestra preocupación por esta gente martirizada. ¡Por favor, no nos acostumbremos a esta trágica realidad! Llevémosla siempre en nuestro corazón. Recemos y luchemos por la paz.

Os saludo a todos, romanos y peregrinos de Italia y de muchos países. En particular, saludo a los fieles procedentes de España y de Polonia; a la Banda Musical de San Giorgio di Castel Condino —que espero toquen algo al final—; a la Fundación Verona Minor Hierusalem, los catequistas de Grottammare, los confirmados de Castelfranco Veneto y los fieles de Mestrino. Saludo también al grupo AVIS de Codogno y expreso mi agradecimiento a quienes donan sangre, un sencillo y noble gesto de solidaridad.

Un saludo a todos, también a los muchachos de la Inmaculada. Os deseo un feliz domingo. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz domingo!

En Italia y en otros países hoy se celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. La Eucaristía, instituida en la Última Cena, fue como el punto de llegada de un recorrido, a lo largo del cual Jesús la había prefigurado a través de algunos signos, sobre todo la multiplicación de los panes, narrada en el Evangelio de la Liturgia de hoy (cfr. Lc 9,11b-17). Jesús cuida de la gran multitud que lo ha seguido para escuchar su palabra y ser liberada de varios males. Bendice cinco panes y dos peces, los parte, los discípulos distribuyen, y «comieron todos hasta saciarse» (Lc 9,17), dice el Evangelio. En la Eucaristía cada uno puede experimentar esta amorosa y concreta atención del Señor. Quien recibe con fe el Cuerpo y la Sangre de Cristo no solo come, sino que queda saciadoComer y quedar saciados: se trata de dos necesidades fundamentales, que se satisfacen en la Eucaristía.

Comer. «Comieron todos», escribe san Lucas. Al atardecer los discípulos aconsejan a Jesús que despida a la multitud, para que pueda ir a buscar comida. Pero el Maestro quiere proveer también a esto: quiere dar también de comer a quien le ha escuchado. Pero el milagro de los panes y de los peces no sucede de forma espectacular, sino casi de forma reservada, como en las bodas de Caná: el pan aumenta pasando de mano en mano. Y mientras come, la multitud se da cuenta de que Jesús se encarga de todo. Este es el Señor presente en la Eucaristía: nos llama a ser ciudadanos del Cielo, pero mientras tanto tiene en cuenta el camino que debemos afrontar aquí en la tierra. Si tengo poco pan en la bolsa, Él lo sabe y se preocupa.

A veces se corre el riesgo de confinar la Eucaristía a una dimensión vaga, lejana, quizá luminosa y perfumada de incienso, pero lejos de las situaciones difíciles de la vida cotidiana. En realidad, el Señor se toma en serio todas nuestras necesidades, empezando por las más elementales. Y quiere dar ejemplo a los discípulos diciendo: «Dadles vosotros de comer» (v. 13), a esa gente que le había escuchado durante la jornada. Nuestra adoración eucarística encuentra su verificación cuando cuidamos del prójimo, como hace Jesús: en torno a nosotros hay hambre de comida, pero también de compañía, hay hambre de consuelo, de amistad, de buen humor, hay hambre de atención, hay hambre de ser evangelizados. Esto encontramos en el Pan eucarístico: la atención de Cristo a nuestras necesidades, y la invitación a hacer lo mismo hacia quien está a nuestro lado. Es necesario comer y dar de comer.

Pero, además del comer, no debe faltar el quedar saciados. ¡La multitud se sació por la abundancia de comida, y también por la alegría y el estupor de haberlo recibido de Jesús! Ciertamente necesitamos alimentarnos, pero también quedar saciados, saber que el alimento nos es dado por amor. En el Cuerpo y en la Sangre de Cristo encontramos su presencia, su vida donada por cada uno de nosotros. No nos da solo la ayuda para ir adelante, sino que se da a sí mismo: se hace nuestro compañero de viaje, entra en nuestras historias, visita nuestras soledades, dando de nuevo sentido y entusiasmo. Esto nos sacia, cuando el Señor da sentido a nuestra vida, a nuestras oscuridades, a nuestras dudas, pero Él ve el sentido y este sentido que nos da el Señor nos sacia, esto nos da ese “algo más” que todos buscamos: ¡es decir la presencia del Señor! Porque al calor de su presencia nuestra vida cambia: sin Él sería realmente gris. Adorando el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pidámosle con el corazón: “¡Señor, dame el pan cotidiano para ir adelante, Señor sáciame con tu presencia!”.

Que la Virgen María nos enseñe a adorar a Jesús vivo en la Eucaristía y a compartirlo con nuestros hermanos y hermanas.


Después del Ángelus

Ayer, en Sevilla, fueron beatificados algunos religiosos de la familia dominica: Ángel Marina Álvarez y diecinueve compañeros; Juan Aguilar Donis y cuatro compañeros, de la Orden de los hermanos predicadores; Isabel Ascensión Sánchez Romero, anciana monja de la Orden de Santo Domingo, y Fructuoso Pérez Márquez, laico terciario dominico. Todos asesinados por odio a la fe en la persecución religiosa que ocurrió en España en el contexto de la guerra civil del siglo pasado. Su testimonio de adhesión a Cristo y el perdón para sus asesinos nos muestran el camino de la santidad y nos animan a hacer de la vida una ofrenda de amor a Dios y a los hermanos. Un aplauso a los nuevos beatos.

Llega todavía de Myanmar el grito del dolor de tantas personas a las que le falta la asistencia humanitaria básica y que se ven obligadas a dejar sus casas porque han sido quemadas o para huir de la violencia. Me uno al llamamiento de los Obispos de esa amada tierra, para que la Comunidad internacional no se olvide de la población birmana, para que la dignidad humana y el derecho a la vida sean respetados, como también los lugares de culto, los hospitales y las escuelas. Y bendigo la comunidad birmana en Italia, hoy aquí representada.

El próximo miércoles, 22 de junio, iniciará el X Encuentro Mundial de las Familias, que tendrá lugar en Roma y al mismo tiempo se extenderá por todo el mundo. Doy las gracias a los obispos, a los párrocos y a los agentes de la pastoral familiar que han convocado a las familias a momentos de reflexión, de celebración y de fiesta. Doy las gracias sobre todo a los esposos y a las familias que darán testimonio del amor familiar como vocación y camino de santidad. ¡Feliz encuentro!

Y ahora os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países, en particular a los estudiantes de la London Oratory School. Saludo a los participantes del primer Curso de pastoral de la acogida y del cuidado “Vida naciente”; a los fieles de Gragnano y la Asociación ciclista “Pedale Sestese” de Sesto San Giovanni. Y no olvidemos al martirizado pueblo ucraniano en este momento, pueblo que está sufriendo. Me gustaría que quedara una pregunta en todos vosotros: ¿qué estoy haciendo hoy por el pueblo ucraniano? ¿Rezo? ¿Estoy haciendo algo? ¿Intento entender? ¿Qué hago yo hoy por el pueblo ucraniano? Cada uno responda en su propio corazón.

A todos deseo un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de la Liturgia de este domingo nos habla de un punto de inflexión. Dice así: «Cuando se acercaban los días en que iba a ser elevado a lo alto, Jesús tomó la firme decisión de ponerse en camino hacia Jerusalén» (Lc 9,51). Así comienza el “gran viaje” a la ciudad santa, que requiere una decisión especial porque es el último. Los discípulos, llenos de un entusiasmo todavía demasiado mundano, sueñan que el Maestro está en camino hacia el triunfo; Jesús, en cambio, sabe que en Jerusalén le esperan el rechazo y la muerte (cf. Lc 9,22.43b-45); sabe que tendrá que sufrir mucho; y esto requiere una decisión firme. Así Jesús se dirige con paso decidido hacia Jerusalén. Es la misma decisión que debemos tomar nosotros si queremos ser discípulos de Jesús. ¿En qué consiste esta decisión? Porque debemos ser discípulos de Jesús en serio, con verdadera determinación, no como decía una anciana que conocí: cristianos sin fundamento, superficiales. ¡No! Cristianos decididos. Y para entender esto nos ayuda el episodio que el evangelista Lucas relata inmediatamente después.  

Mientras iban de camino, una aldea de samaritanos, al enterarse de que Jesús se dirigía a Jerusalén —que era la ciudad adversaria— no le da la bienvenida. Los apóstoles Santiago y Juan, indignados, sugieren a Jesús que castigue a esa gente haciendo bajar fuego del cielo. Jesús no sólo no acepta la propuesta, sino que reprende a los dos hermanos. Quieren involucrarlo en su deseo de venganza y Él no está de acuerdo (vv. 52-55). El “fuego” que vino a traer a la tierra es otro (cf. Lc 12,49), es el Amor misericordioso del Padre. Y para hacer crecer este fuego hace falta paciencia, hace falta constancia, hace falta espíritu penitencial. 

Santiago y Juan, en cambio, se dejaron vencer por la ira. Y esto también nos sucede a nosotros, cuando, aunque hagamos el bien, quizás con sacrificio, en lugar de acogida encontramos una puerta cerrada. Entonces surge la ira: incluso intentamos involucrar a Dios mismo, amenazando con castigos celestiales. Jesús, en cambio, recorre otro camino, no el camino de la rabia, sino el de la firme decisión de ir hacia adelante que, lejos de traducirse en dureza, implica calma, paciencia, longanimidad, sin por ello aflojar lo más mínimo en nuestro empeño por hacer el bien. Esta forma de ser no denota debilidad, sino, por el contrario, una gran fuerza interior. Dejarse vencer por la ira en la adversidad es fácil, es instintivo. Lo difícil, en cambio, es dominarse a sí mismo, haciendo como Jesús, que —dice el Evangelio— se puso «en camino hacia otra aldea» (v. 56). Esto significa que cuando encontremos puertas cerradas, debemos ir a hacer el bien en otro lugar, sin recriminaciones. Así, Jesús nos ayuda a ser personas serenas, contentas con el bien que hemos hecho y sin buscar la aprobación humana.

Ahora preguntémonos, ¿cuál es nuestra posición? Ante los desacuerdos, los malentendidos, ¿nos dirigimos al Señor, le pedimos su constancia para hacer el bien? ¿O buscamos la confirmación en los aplausos y acabamos amargados y resentidos cuando no los oímos?  ¿Cuántas veces, consciente o inconscientemente, buscamos el aplauso, la aprobación de los demás? ¿Y lo hacemos por los aplausos? No, eso no está bien. Debemos hacer el bien por el servicio y no buscar el aplauso. A veces creemos que nuestro fervor se debe a un sentimiento de rectitud por una buena causa, pero en realidad la mayoría de las veces no es más que orgullo, combinado con debilidad, susceptibilidad e impaciencia. Pidamos entonces a Jesús la fuerza para ser como Él, para seguirle con firmeza por el camino del servicio. No ser vengativo, no ser intolerante cuando surgen dificultades, cuando nos desvivimos por el bien y los demás no lo entienden, es más, cuando nos descalifican. No: silencio y adelante.

Que la Virgen María nos ayude a hacer nuestra la firme decisión de Jesús de permanecer en el amor hasta el final.


Después del Ángelus  

¡Queridos hermanos y hermanas!Sigo con preocupación lo que ocurre en Ecuador. Estoy cerca de ese pueblo y animo a todas las partes a abandonar la violencia y las posiciones extremas. Aprendamos: sólo a través del diálogo será posible encontrar, espero que pronto, la paz social, con especial atención a las poblaciones marginadas y a los más pobres, pero siempre respetando los derechos de todos y las instituciones del país.

Deseo expresar mi cercanía a la familia y a las hermanas de la hermana Luisa Dell'Orto, Hermanita del Evangelio de Carlos de Foucauld, asesinada ayer en Puerto Príncipe, capital de Haití. La hermana Luisa llevaba 20 años viviendo allí, dedicada sobre todo al servicio de los niños de la calle. Encomiendo su alma a Dios y rezo por el pueblo haitiano, especialmente por los más pequeños, para que tengan un futuro más sereno, sin miseria ni violencia. Sor Luisa hizo de su vida un don para los demás, hasta el martirio.

Los saludo a todos, romanos y peregrinos de Italia y de muchos países: veo la bandera argentina, mis compatriotas. Los saludo a todos. En particular, saludo a los fieles de Lisboa, a los estudiantes del Instituto Notre-Dame de Sainte-Croix de Neuilly, Francia, y a los de Telfs, Austria. Saludo al Coro polifónico de Riesi, al grupo de padres de Rovigo y a la comunidad pastoral Beato Serafino Morazzone de Maggianico. Veo que hay banderas de Ucrania. Allí, en Ucrania, los bombardeos continúan, causando muerte, destrucción y sufrimiento a la población. Por favor, no olvidemos a este pueblo afligido por la guerra. No los olvidemos en nuestros corazones y en nuestras oraciones.

Le deseo un buen domingo. Y, por favor, no olviden rezar por mí. Que tengas un buen almuerzo y hasta luego.

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Esta mañana se ha celebrado en el Arzobispado Castrense la reunión final del 62 Encuentro Internacional de Militares por la Paz, que se celebró el pasado mes de enero en Lourdes que ha contado con la participación de los responsables de la coordinación nacional de este Encuentro.

Como cada año la Inspección General de Sanidad , convocó a la celebración de los actos conmemorativos en torno a la Patrona del Cuerpo Militar de Sanidad, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. 

Las ceremonias han estado presididas por el embajador de España en Líbano

El contingente español en Líbano ha participado en las ceremonias celebradas en Marjayoun en memoria de los soldados españoles que perdieron la vida en un atentado en 2007 y del cabo Ospina fallecido en accidente en 2008. Los actos se han desarrollado en los alrededores de El Khiam y en las inmediaciones de la Base Miguel de Cervanteslugares donde se produjeron los hechos.

En la Capilla de la Base Aérea de Torrejón de Ardoz, se celebró la Eucaristía en honor a la Patrona de Sanidad, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Estuvieron presentes las unidades de Sanidad de la B.A. Torrejón: UME, UMAER, UMAAD, CIMA, Botiquín Base Aérea, Farmacia de la Base.  La Eucaristía fue presidida por el Pater Juan Carlos Pinto Suárez, quien ofició la celebración y dedicó unas sencillas palabras:

El pasado sábado día 25 de junio, se celebró en la Parroquia Castrense de Zaragoza, Iglesia de San Fernando, la celebración de la Octava del Corpus Christi, a las 20:00 horas.

Los actos comenzaron con la Eucaristía, la cual fue presidida por el Párroco Capellán Castrense de esta Parroquia, D. Ángel Briz, siendo asistido en la celebración por el Diácono Permanente, D. Octavio Pérez, Guardia Civil Retirado, dependiente del Arzobispado de Zaragoza, pero que colabora con esta Parroquia Castrense.

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