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Líbano: más que un País

Publicado en Tribuna de Opinión del Diario ABC, edición nacional, el 8 de agosto del 2020.
Alberto Gatón Lasheras, Vicario Episcopal del Ministerio de Defensa.

Líbano, sinónimo del blanco de sus montañas y heredera de Fenicia, tiene azules costas mediterráneas con playas bañadas por el sol, montañas nevadas que albergan estaciones de esquí entre cedros milenarios, fértiles huertas entre los olivos y viñedos más antiguos del mundo, un patrimonio histórico heredero de Fenicia, Macedonia y Roma, y una población culta, en especial la mayoría cristiana maronita, hospitalaria y custodia del legado bíblico que corre por sus venas. Y sus museos, universidades, bancos, el turismo y su alto nivel de vida hicieron que esta nación fuese llamada a finales del siglo pasado “la Suiza de Medio Oriente”.

El escritor libanés maronita Kahlil Gibrán afirmó en “El Profeta” que “La belleza es la eternidad contemplándose en un espejo”. Y Líbano es eternidad y espejo de la belleza de la historia de la humanidad. Y de Europa. Hermosura que elogió el sensual Cantar de los Cantares: “Como panal de miel destilan tus labios, oh esposa; miel y leche hay bajo tu lengua; y el olor de tus vestidos como el olor del Líbano”. Pueblo humanista, comerciante y trabajador, multiconfesional y multicultural, el País de los Cedros es nexo geopolítico y diplomático entre Oriente y Occidente, y único estado en el que el idioma de los cristianos es el árabe. Pero, como una pesadilla, padece las profecías destinadas a la misteriosa Nínive, cuando afirma el libro de Nahum que “languidecen Basán y el Carmelo, y las flores del Líbano se marchitan”.

Sí, sus flores y campos, sus gentes y modo de vida se agostan primero por una guerra civil libanesa de mil novecientos setenta y cinco hasta mil novecientos noventa, después en el dos mil seis por la Guerra del Líbano entre Hezbollah e Israel, con la posterior presión social de los refugiados palestinos, las injerencias sirias e israelitas en su gobierno, su degradación administrativa e institucional, la ineficacia de su modelo parlamentario Confesionalista y el abandono diplomático de Francia y Occidente. Y ahora que volvía a mejorar su economía y desarrollo, a la epidemia del Coronavirus se añade la reciente explosión del puerto de Beirut.

Durante los seis meses que viví en Líbano como capellán militar de la Brigada española Líbano XIV, integrados como Cascos Azules de Naciones Unidas FINUL con nuestro objetivo de apoyar a las Fuerzas Armadas Libanesas en la vigilancia del cese de hostilidades, en especial en la Línea Azul (Blue Line) entre Líbano e Israel y cooperar en la consolidación de la paz, fui testigo de cómo el pueblo libanés anhela la prosperidad y la paz. Pero todo se conjuga para que tras las guerras, la descomposición democrática, los enfrentamientos armados, los conflictos internos y el COVID, Líbano sufra un nuevo revés humanitario, moral y financiero con la explosión de los depósitos de Nitrato de Amonio del puerto de Beirut. Después de años de inestabilidad y deshonestidad política, ahora afronta cientos de muertos y más de cinco mil heridos por esta catástrofe, a los que hay que sumar las víctimas del Coronavirus en los hospitales colapsados, la desolación institucional y material, las reservas de trigo arruinadas, el transporte, tecnología, turismo, comunicaciones y comercio marítimo perdidos y las presiones de Siria e Israel en sus fronteras, además de la coacción palestina dentro de su territorio.

Europa debe salvar Líbano, liderada por Francia por su especial relación diplomática e histórica con el País de los Cedros desde mil novecientos veinte hasta el final de la II Guerra Mundial, cuando dejó de ser Mandato galo. Y con Europa, Naciones Unidas. Occidente no puede abandonar Líbano porque, además de bastión multiconfesional y democrático, es un estado militar y estratégicamente clave en el equilibrio geopolítico, diplomático y cultural de Oriente Medio. Compromiso de nuestro Viejo Continente con el País de los Cedros material y, asimismo, ético. Porque, como ha denunciado el presidente francés Emmanuel Macron, primer líder internacional en visitar Beirut, “la crisis en el Líbano es profunda, es política y ética, y su víctima es el pueblo libanés”, mientras postula el control internacional a los políticos, financieros e instituciones libaneses, cuyo sistema bancario ha quebrado, con las instituciones inutilizadas, y la clase dirigente bajo sospecha de corrupción general.

Sí, Occidente ha de ayudar al Líbano, porque es más que un estado. El País de los Cedros simboliza un oasis de esperanza, un pueblo de pueblos milenarios, un cántico a la convivencia y a la libertad de las tres religiones monoteístas que el romántico Lessing exaltó en su tesis de los tres anillos de su poema dramático “Natán el Sabio”, cuando éste exclama: “¡Dios! ¡Poderse mover por el mundo ante los hombres con la misma libertad que ante Ti!”. Por la libertad, por el humanismo cristiano, por la paz, y por seguridad geopolítica, Líbano debe ser salvado por Europa y, una vez más en sus tres veces milenaria existencia, resurgir de sus cenizas.

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