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Líbano, entre Oriente y Occidente

Publicado en “El Diario Montañés” el día 30 de agosto del 2020.

Alberto Gatón Lasheras, Vicario Episcopal del Ministerio de Defensa.

Después de dejar mi amado valle de Lamasón, hace ya más de una década mi primera misión como capellán militar fue con la Brigada Acorazada “Guadarrama XII”, BRILIB XIV, en Líbano. Soldados de España, integrados como cascos azules en FINUL, que, como entonces publiqué en el diario “ABC” y en nuestro “El Diario Montañés”, vivimos seis meses peligrosos, duros y enriquecedores en la custodia de la paz en el legendario País de los Cedros. Líbano, amalgama en lengua árabe de credos, etnias y culturas, de mística, misterio y mitología, castigado este verano con la explosión de los depósitos de nitrato de amonio acumulados en su puerto de Beirut, la cual amenaza su precaria existencia en el polvorín que es Oriente Medio.

T. E. Lawrence, “Lawrence de Arabia”, fue un oficial británico durante la revuelta árabe contra el Imperio turco, previa a la Primera Guerra Mundial. Su autobiografía “Los siete pilares de la sabiduría” entrevera combates militares, táctica geopolítica, reflexiones teológico-filosóficas y aventuras personales mientras reflexiona cómo “por su posición geográfica, sus escuelas y la libertad Beirut albergaba antes de la guerra una población que hablaba, escribía y pensaba como los intelectuales franceses”. Y definió Líbano como puente geopolítico, estratégico, cultural y militar de Occidente con Oriente.

Así, hasta los años ochenta del pasado siglo, Líbano fue un modelo de convivencia y progreso entre la entonces mayoritaria población católica maronita con los musulmanes chiíes, suníes, drusos e ismaelitas y los judíos. Un paraíso árabe-cristiano (el único. Los demás, como los armenios, han sido exterminados) convertido a finales del siglo XX en un infierno tras volverse minoría social la poblacion maronita, y no cesar la entrada de refugiados palestinos, conflictos internos y la milenaria guerra fraticida entre Hezbolá e Israel, hermanos semitas.

La Biblia describe la antigua Fenicia como un edén arruinado por las divisiones de sus tribus y etnias, entre ellas las seguidoras del diabólico dios Baal al que se sacrificaban los bebés y del que quedan ruinas en su tan hermoso como siniestro santuario de Baal-Bek. Tres mil años después no sólo la Biblia nos ilustra los esplendores y tinieblas del Líbano en búsqueda de la paz, casi siempre alterada por sus vecinos. Así lo hacen escritores, todos árabes y católicos de rito maronita, armenio, melquita o greco-romano, como Amin Maalouf, quien en “La Roca de Tanios” narra el horror de la guerra que altera la existencia de los pequeños y antiquísimos pueblos cristianos en las agrestes faldas calizas de sus montañas (cuya geología recuerda a nuestros Picos de Europa o a la Maiella en los Apeninos).

O el retrato de la ruina de Beirut, urbe de costumbres y corazón cristiano-árabe, cosmopolita, acogedora, próspera, feliz, pero siete veces arrasada, como cuenta la autora Hoda Barakat en “El labrador de aguas” por la memoria de un humilde vendedor de telas. O Khalil Gibrán, quien en “El Profeta” funde Oriente y Occidente entre el pesimismo existencial y el romanticismo místico. Propósito similar al de su amigo Mikhail Naimy en su “El libro de Mirdad” sobre la relación del hombre con Dios y con los demás habitantes del País de los Cedros. O el intento de conciliación de Amin Al-Rihani entre las culturas de las naciones del Este y del Oeste en “El libro de Khalid”. O, para terminar estos literatos esenciales del Líbano de hoy, el cristiano greco-ortodoxo Georges Schehadé cuando en su “Historia de Vasco” personaliza en un pobre peluquero de mente árabe y corazón cristiano su ideal de fraternidad humana entre exilios y sueños, guerras y progreso, muerte y vida, tristeza y felicidad.

Empero, parece cumplirse la terrible cita bíblica de Habacuc, 2, 17: “la violencia contra el Líbano te cubrirá, a causa del derramamiento de sangre humana y la violencia hecha a la tierra, a la ciudad y a todos los que habitan en ella”. Para evitarlo, el mundo Occidental, liderado por Francia por sus lazos históricos y diplomáticos con esta nación que fue su Mandato, debe volcarse en el saneamiento económico, institucional y político del País de los Cedros. Líbano debe volver a florecer en aras de un mundo mejor. Y colmar la visión del profeta Isaías, 29, 17 cuando exclama: “¿Acaso no queda ya muy poco tiempo para que el Líbano se convierta en campo fértil, y el campo fértil sea considerado bosque?

Europa no puede abandonar Líbano. En primer lugar, por compromiso internacional humanitario. Asimismo, porque es parte de nuestra identidad e historia desde los fenicios y puente humanista entre los mundos oriental y occidental. También, porque el País de los Cedros es un estado militar y estratégicamente clave en el equilibrio geopolítico, diplomático y cultural de Oriente Medio. Y, sobre todo, porque si no lo remedia Occidente con sus valores cristianos de libertad y democracia, como es hoy Líbano, mañana puede ser Europa.

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