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El Arzobispo Castrense de España, Monseñor don Juan Antonio Aznárez, presidió esta mañana, en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas, la Eucaristía con motivo de la fiesta de san Juan de Ávila, patrón del clero secular español.

La ceremonia ha contado con la participación del vicario general del Arzobispado castrense don Carlos Jesús Montes, los vicarios episcopales de los Ejércitos, la Armada, la Guardia Civil y Cuerpo Nacional de Policía y una amplia representación de capellanes pertenecientes al Presbiterio castrense.

Los pasados 6 y 7de mayo, el Arzobispo Castrense monseñor don Juan Antonio Aznárez, realizó una Visita Pastoral a la Plaza de Zaragoza.

El primer acto de la visita tuvo lugar en la Academia General Militar, donde fue recibido por el Coronel subdirector de la AGM y Jefe de Estudios, el cual le hizo una pormenorizada presentación de la historia de la Academia, del vigente plan de estudios y del próximo plan de estudios que se va a instaurar para el curso 2024-2025.

Los días 6 y 7 de mayo, nuestro Arzobispo, D. Juan Antonio, realizó una visita Pastoral a Zaragoza, acudiendo a las distintas unidades de las Fuerzas Armadas en esta ciudad, al Cuerpo Nacional de Policía y a la Guardia Civil.

San Juan Pablo II

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy el Evangelio nos cuenta que Jesús dijo a los Apóstoles: «Ya no los llamo siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15). ¿Qué significa esto?

En la Biblia, los «siervos» de Dios son personas especiales, a las que Dios confía misiones importantes, como Moisés (cf. Ex 14,31), el rey David (cf. 2 Sam 7,8), el profeta Elías (cf. 1 Re 18,36), hasta la Virgen María (cf. Lc 1,38). Son personas en cuyas manos Dios pone sus tesoros (cf. Mt 25,21). Pero todo esto, según Jesús, no basta para decir quiénes somos para Él, esto no basta, se necesita algo más, algo más grande, que va más allá de los bienes y de los planes mismos: se necesita la amistad.

Ya desde niños aprendemos lo hermosa que es esta experiencia: a los amigos les ofrecemos nuestros juguetes y los regalos más hermosos; luego, al crecer, como adolescentes, les confiamos nuestros primeros secretos; como jóvenes les ofrecemos lealtad; como adultos compartimos satisfacciones y preocupaciones; como ancianos compartimos los recuerdos, las consideraciones y los silencios de largos días. La Palabra de Dios, en el Libro de los Proverbios, nos dice que «el perfume y el incienso alegran el corazón, y la dulzura de un amigo consuela el alma» (27,9). Pensemos por un momento en nuestros amigos, en nuestras amigas, ¡y demos gracias al Señor! Un espacio para pensar en ellos…

La amistad no es fruto del cálculo, ni de constricción: nace espontáneamente cuando reconocemos algo de nosotros mismos en la otra persona. Y, si es verdadera, la amistad es tan fuerte que no decae ni siquiera ante la traición. «El amigo ama en toda ocasión» (Pr 17,17) -dice el Libro de los Proverbios-, como nos muestra Jesús cuando a Judas, que lo traiciona con un beso, le dice: «¡Amigo, para eso estás aquí!» (Mt 26,50). Un verdadero amigo no te abandona, ni siquiera cuando cometes un error: te corrige, puede reprenderte, pero te perdona y no te abandona.

Y hoy Jesús, en el Evangelio, nos dice que para Él somos precisamente eso, amigos: personas queridas más allá de todo mérito y expectativa, a las que Él tiende la mano y ofrece su amor, su Gracia, su Palabra; con las que – con nosotros, sus amigos - comparte lo que le es más querido, todo lo que ha escuchado del Padre (cf. Jn 15,15). Hasta el punto de hacerse frágil para nosotros, hasta ponerse en nuestras manos sin defensa ni pretensiones, porque nos ama. El Señor nos quiere, y como amigo quiere nuestro bien y quiere que participemos del suyo.

Preguntémonos, entonces: ¿qué rostro tiene el Señor para mí? ¿El rostro de un amigo o el de un extraño? ¿Me siento amado por Él como un ser querido? ¿Y cuál es el rostro de Jesús que testimonio a los demás, especialmente a los que cometen errores y necesitan perdón?

Que María nos ayude a crecer en la amistad con su Hijo y a difundirla a nuestro alrededor.
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Después del Regina Caeli

¡Queridos hermanos y hermanas!

Con mucho cariño envío mis mejores deseos a los hermanos y hermanas de las Iglesias ortodoxas y de algunas Iglesias católicas orientales que hoy, según el calendario juliano, celebran la santa Pascua. Que el Señor resucitado llene de alegría y de paz a todas las comunidades, y conforte a los que están en la prueba. A ellos, ¡Feliz Pascua!

Aseguro mis oraciones por el pueblo del Estado de Rio Grande do Sul, Brasil, afectado por grandes inundaciones. Que el Señor acoja a los difuntos y conforte a sus familias y a quienes han tenido que abandonar sus hogares.

Saludo a los fieles de Roma y de diversas partes de Italia y del mundo, en particular a los peregrinos procedentes de Texas, de la arquidiócesis de Chicago y de Berlín; a los estudiantes del colegio Saint-Jean de Passy de París y al grupo Human Life International. Saludo a los jóvenes de Certaldo y Lainate; a los fieles de Ancona y Rossano Cariati; a los chicos de confirmación de Cassano D'Adda, de la Unidad pastoral de Tesino y de la parroquia de S. Maria del Rosario de Roma. Y saludo y agradezco mucho a las bandas musicales de varias partes de Italia: gracias a ustedes, que tocaron tan bien, y espero que sigan tocando un poco más. ¡Gracias! Saludo al grupo «Francigeni Monteviale»; así como a los ciudadanos de Livorno y Collesalvetti, que desde hace tiempo esperan la recuperación de las zonas más contaminadas, recemos por ellos.

Saludo cordialmente a los nuevos Guardias Suizos y a sus familias, con ocasión de la celebración de este histórico y benemérito Cuerpo. ¡Un aplauso para los Guardias Suizos!

Doy la bienvenida a la Asociación «Meter», comprometida en la lucha contra todas las formas de abuso de menores. ¡Gracias, gracias por su compromiso! Y, por favor, continúen con valentía su importante labor.

Y, por favor, sigan rezando por la atormentada Ucrania - ¡sufre tanto! - y también por Palestina e Israel, para que haya paz, para que el diálogo se fortalezca y dé buenos frutos. ¡No a la guerra, sí al diálogo!     

Deseo a todos un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. Saludo a los chicos de la Inmaculada, tan buenos. Buen almuerzo y ¡hasta la vista!

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¡Queridos hermanos y hermanas!

Antes de concluir nuestra celebración, quisiera saludar a todos ustedes que han participado. Doy las gracias de todo corazón al Patriarca, Francesco Moraglia, y con él a los colaboradores y voluntarios. Estoy agradecido a las autoridades civiles y a la policía que han facilitado esta visita. ¡Gracias a todos!

También desde aquí, como cada domingo, queremos invocar la intercesión de la Virgen María por las numerosas situaciones de sufrimiento en el mundo.

Pienso en Haití, donde está vigente el estado de emergencia y la población está desesperada por el colapso del sistema sanitario, la falta de alimentos y la violencia que empuja a la gente a huir. Confiamos al Señor el trabajo y las decisiones del nuevo Consejo presidencial de transición, que tomó posesión el pasado jueves en Puerto Príncipe, para que, con el renovado apoyo de la comunidad internacional, pueda conducir al país a alcanzar la paz y la estabilidad que tanto necesita.

Pienso en la atormentada Ucrania, en Palestina e Israel, en los Rohingya y en las muchas poblaciones que sufren la guerra y la violencia. Que el Dios de la paz ilumine los corazones, para que en todos crezca la voluntad de diálogo y de reconciliación.

Queridos hermanos y hermanas, ¡gracias nuevamente por vuestra acogida! Gracias al Patriarca. Los llevo conmigo en la oración; y ustedes también, por favor, no se olviden de rezar por mí, ¡porque este trabajo no es fácil!

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1ª lectura: La madre de todos los que viven.

Lectura de la carta del libro del Génesis 3, 9-15. 20

El Señor Dios llamó a Adán y le dijo: «¿Dónde estás?». Él contestó: «Oí tu ruido en el jardín, me dio
miedo, porque estaba desnudo, y me escondí». El Señor Dios le replicó: «¿Quién te informó de que
estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?». Adán respondió: «La
mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí». El Señor Dios dijo a la mujer:

«¿Qué has hecho?». La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí».

El Señor Dios dijo a la serpiente:

«Por haber hecho eso, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás
sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia
y su descendencia; esta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón».

A la mujer le dijo:

«Mucho te haré sufrir en tu preñez, parirás hijos con dolor, tendrás ansia de tu marido, y él te dominará».

A Adán le dijo:

«Por haber hecho caso a tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí, maldito el suelo por
tu culpa: comerás de él con fatiga mientras vivas; brotará para ti cardos y espinas, y comerás hierba
del campo.

Comerás el pan con sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste sacado;
pues eres polvo y al polvo volverás».

Adán llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.

Salmo: Sal 86, 1b-3. 4-5. 6-


R. Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios.

Él la ha cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sion
a todas las moradas de Jacob.
¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios! R.

«Contaré a Egipto y a Babilonia
entre mis fieles;
filisteos, tirios y etíopes
han nacido allí».
Se dirá de Sion: «Uno por uno,
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado». R.

El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Este ha nacido allí».
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en Ti». R.

Aleluya Cf. Lc 1, 28. 42

Aleluya, aleluya, aleluya.

Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo,
bendita tú entre las mujeres. R.

Evangelio: Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 19, 25-34

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María,
la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:

«Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura,
dijo: «Tengo sed».

Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de
hisopo, se la acercaron a la boca.

Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la
cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las
piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro
que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron
las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre
y agua.

19/5/2024 - Domingo de Pentecostés, solemnidad.

1ª lectura: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo
desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se
encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose
encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras
lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.

Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al
oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su
propio idioma. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:

«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los
oímos hablar en nuestra lengua nativa?

Entre nosotros hay partos, medos y elamitas y habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, del
Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos
romanos forasteros, tantos judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los
oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

Salmo: Sal 103.

R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R.

Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R.

2ª lectura: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13

Hermanos:

Nadie puede decir: «Jesús es Señor», sino por el Espíritu Santo.

Y hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo
Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. pero a cada cual
se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común.

Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a
pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.

Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu,
para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

SECUENCIA

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

Aleluya

Aleluya, aleluya, aleluya

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos la llama de tu amor. R.

Evangelio: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las
puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al
Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se
los retengáis, les quedan retenidos».

1ª lectura: Permaneció en Roma, predicando el reino de Dios.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 28, 16-20. 30-31

Cuando llegamos a Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado
que lo vigilaba.

Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les dijo:

«Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de nuestros padres,
fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los romanos. Me interrogaron y querían
ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos
se oponían, me vi obligado a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi
pueblo. Por este motivo, pues, os he llamado para veros y hablar con vosotros; pues por causa de la
esperanza de Israel llevo encima estas cadenas». Permaneció allí un bienio completo en una casa
alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo
que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.

Salmo: Sal 10.

R. Los buenos verán tu rostro, Señor.
El Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres. R.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro. R.

Aleluya Cf, Jn 17, 7. 13

Aleluya, aleluya, aleluya.

Os enviaré el Espíritu de la verdad - dice el Señor -
él os guiará hasta la verdad plena. R.

Evangelio: Este es el discípulo que ha escrito todo esto, y su testimonio es verdadero.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 21, 20-25

En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo
que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va
a entregar?».

Al verlo, Pedro dice a Jesús:

«Señor, y éste ¿qué?». Jesús le contesta:

«Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».

Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no
le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?».

Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio
es verdadero.

Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría
contener los libros que habría que escribir.

1ª lectura: De un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 25, 13-21

En aquellos días, el rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea para cumplimentar a Festo. Como se
quedaron allí bastantes días, Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole:

«Tengo aquí un hombre a quien Félix ha dejado preso y contra el cual, cuando fui a Jerusalén, presentaron
acusación los sumos sacerdotes y los ancianos judíos, pidiendo su condena. Les respondí que
no es costumbre romana entregar a un hombre arbitrariamente; primero, el acusado tiene que carearse
con sus acusadores, para que tenga ocasión de defenderse de la acusación. Vinieron conmigo, y yo,
sin dar largas al asunto, al día siguiente me senté en el tribunal y mandé traer a este hombre.

Pero, cuando los acusadores comparecieron, no presentaron ninguna acusación de las maldades que
yo suponía; se trataba sólo de ciertas discusiones acerca de su propia religión y de un tal Jesús, ya
muerto, que Pablo sostiene que está vivo. Yo, perdido en semejante discusión, le pregunté si quería ir
a Jerusalén a que lo juzgase allí de esto Pero, como Pablo ha apelado, pidiendo que lo deje en la
cárcel, para que decida el Augusto, he dado orden de que se le custodie hasta que pueda remitirlo
al César».

Salmo: Sal 102.

R. El Señor puso en el cielo su trono.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R.

El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendecid al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes. R.

Aleluya

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu Santo será quien os lo enseñe todo
y os vaya recordando todo lo que os he dicho. R.

Evangelio: Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 21, 15-19

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer con ellos, le dice
a Simón Pedro:

«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?».

Él le contestó:

«Sí, Señor, tú, sabes que te quiero».

Jesús le dice:

«Apacienta mis corderos».

Por segunda vez le pregunta:

«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».

Él le contesta:

«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».

Él le dice:

«Pastorea mis ovejas».

Por tercera vez le pregunta:

«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».

Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó:

«Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».

Jesús le dice:

«Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas
adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no
quieras».

Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.

Dicho esto, añadió:

«Sígueme».

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