La experiencia demuestra que la acción vengativa marca al vengador con la tristeza de ánimo y el peso de la conciencia de aquello que ya resulta irreparable. Ocurre que, en la mayoría de los hechos, también implica a los seres queridos ajenos en esos malos deseos. No hay justificación moral para la venganza, ni certeza plena de que la víctima elegida fuese la que realizo el estrago. Por eso mismo, el Antiguo Testamento afirma taxativamente: “El que se venga será víctima de la venganza del Señor, que le pedirá cuenta de sus pecados” (Eclo 28,1).
La lacra del terrorismo internacional, el hambre, la persecución y otros males que sufre la humanidad en la actualidad, hacen surgir voces que reclaman venganza. Pero el Evangelio de Jesús enseña cómo el camino del amor es el único que vence al mal (cf. Mt 5,43-38). El Papa Francisco nos dice: “Si todos los hombres y mujeres aprendiesen a perdonar, no existirían las guerras. Las guerras empiezan aquí, en la amargura, en el rencor, en el deseo de venganza, de hacerla pagar, pero esto destruye familias, amistades, barrios, destruye muchas cosas” (19/2/2017).
Una persona fuerte no es la que humilla con la venganza, sino aquella que tiene el coraje de alejar de su vida la envida, el odio, el rencor, mediante el perdón, el olvido y el amor.
