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Noticias del Arzobispado Castrense

A la Fragata “NAVARRA”

    Como “Hijo Adoptivo” del Ayuntamiento y Valle de Lamasón no olvido los siete bellos años compartidos como cura de aldea con mis vecinos masoniegos entre otoñales bosques de hayas, castaños y tejos, días grises de niebla y lectura junto al fuego, vacas tudancas y ovejas de vuelta a los establos, aguanieve y barro en las solitarias calles, la cosecha de manzanas, avellanas y moras lista para su recolección, y las primeras nieves que orlan de blanco las cimas. Naturaleza y aldeas de esta tolkeniana comarca al abrigo de Peña Sagra que evoco con cariño en nuestra Fragata “Navarra” al navegar desde sus verdes brañas a las glaucas aguas del Mar de Libia. Porque en esta Operación “Sophia” ¡cuántas veces he revivido la felicidad de Lamasón para atenuar la tristeza de la mirada de los migrantes que anhelando un cálido paraíso se adentran en el gélido infierno del Reino de las Algas! Y cuántas tertulias con la dotación he recordado las charlas al calor de la roja lumbre cuando allí en Lamasón la galerna azotaba las humeantes chimeneas y la lluvia empapaba prados y torales mientras aquí en el Mediterráneo africano la negra tempestad cruje las amuras y las olas azulean la cubierta con rocío de espuma y de sal. Recuerdos y realidad que motivan que esta noche, después de ver en nuestro “Diario Montañés” y en nuestro “Diario ABC” sendos vídeos realizados por nuestro barco cumpliendo esta misión en el Mar de Libia, sean estas líneas un homenaje a nuestra Marina de Guerra al tiempo que al buen pueblo de España simbolizado en mi Valle de Lamasón.

    No es fácil redactar esta columna sin emocionarme cuando nuestra F-85, Fragata “Navarra”, desplegada en la operación “Eunavfor MED Sophia” en persecución de mafias traficantes de personas, acaba de realizar otro zafarrancho “Solas”, salvamento marítimo de víctimas de los criminales en su éxodo de África a Europa. Un drama al que Europa no puede ser indiferente, porque las cifras, frías en la confortable distancia, estremecen numeradas en cada náufrago cuando conseguimos rescatarlos del Imperio de las Nereidas. Como me dijo un veterano marino, y cité hace unos días en mi Tribuna en el “Diario Abc”, sus rostros enseñan lo que vale la vida lejos de la sociedad occidental: un asiento en un ataúd flotante a la deriva.

    Cruel ironía que en su anhelo de libertad atraviesen África huyendo del hambre, de la pobreza y del terrorismo islámico para ser engañados y capturados en Libia por mafias traficantes de personas (chacales), hacinados en paupérrimos campamentos costeros y, después de torturas semiesclavizados como mano de obra, cuando el pronóstico marítimo es favorable, embarcados mar adentro fuera de las aguas territoriales. Después, tras comunicar por radio la posición, son abandonados sin agua, alimentos ni chalecos salvavidas, amontonados hombres, mujeres y niños en pequeñas lanchas neumáticas sin motor semihundidas por el peso, o en destartaladas barcazas de madera con el agua mezclada con combustible hasta las rodillas. Fatum: si las Parcas no cortan sus hilos, sobrevivirán; si no, descansarán hasta el día del Juicio Final en el frío seno de las Sirenas.

     No es poesía, sino drama, lo que acontece en este Mediterráneo africano. Al alba, navegando a toda máquina, la megafonía avisa zafarrancho. Se moviliza la dotación a las órdenes claras y precisas del Comandante, transmitidas por el Segundo. Se activa otro salvamento en este macabro concurso de los chacales con los migrantes como cromos intercambiables de muerte y de vida: dinero por alma. Las lanchas neumáticas se arrían por babor con sus patrones y nasares (nadadores de rescate), se lanza el helicóptero, cada miembro del barco ocupamos nuestro puesto vestidos con mono blanco, mascarillas y gafas sanitarias, se activa el hospital de campaña, los infantes de Marina vigilan la seguridad ante la avalancha de los distintos grupos de inmigrantes, y reposteros y cocineros se esfuerzan para alimentar a rescatados y rescatadores. Marineros y mandos nos desdoblamos en el zafarrancho al tiempo que en máquinas, enfermería, cocina, lavandería, vigilancia, maniobra, artillería, centro de información y combate, oficinas, vuelo, puente y radio.

     Cada ocaso los marinos de nuestra Armada de España rezamos en nuestros barcos al Señor de la calma y de la tempestad: “Tú, que dispones de cielo y mar, haces la calma, la tempestad. Ten de nosotros, Señor, piedad. Piedad, Señor. Señor, piedad”. Y este atardecer rogamos al Creador por nuestros hogares y Patria, pero también por estos hijos de Dios librados del Hades en la mar.

     Cae la noche y, ya a bordo, los migrantes son identificados, acompañamos a enfermos y embarazadas a la cámara de torpedos habilitada como enfermería, se asea y reparte ropa de abrigo, bebida y alimentos, y se asignan los sitios acondicionados en el hangar de helicópteros, niños y mujeres y familias aparte. Reposan tranquilos, y es imposible no meditar las causas de este estremecedor éxodo de África a Europa de miles de personas que apuestan su futuro en una ruleta que rueda sus existencias como la bola de un verde tapete marino: negro, vida; rojo, muerte. Hoy, negro: vida.

     Y agotados, en paz por el deber militar y humanitario cumplido, al cerrar los cansados ojos, con el rumor de los motores y de las olas tenemos presentes a nuestros seres amados, con el orgullo de ser marinos de nuestra Armada de España. Hasta esta noche nuestra Fragata “Navarra” ha rescatado de la muerte a más de dos mil almas. Y quien escribe esta columna en el océano de los sueños navega de la guerra a la paz, del odio al amor, de la tristeza a la alegría, de la muerte a la vida: de las glaucas aguas del Mar de Libia a las verdes brañas del Valle de Lamasón.

Alberto Gatón Lasheras, Capellán de la Fragata “Navarra”.
Artículo publicado en “El Diario Montañés” el 15-12-2017.

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