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Noticias del Arzobispado Castrense

Ayuno y Abstinencia para poder mirar a los ojos de los mas pobres

Comenzamos la Cuaresma. ¡Madre mía!, si fue, como quien dice, ayer Navidad.

Tan solo hace pocos días celebrábamos y festejábamos con comidas, mazapanes y polvorones el gozo de aquel que siendo Dios se hizo hombre como uno más de nosotros.

Vino a rescatar nuestra pobreza. Se encarnó en ella con todas las consecuencias. Recorrió el camino de la vida entre la soberbia y el egoísmo de los hombres, pero también inmerso en sus esperanzas, en aquellas que todos anhelamos y por las que luchamos.

Estoy seguro de que si a cada uno nos preguntasen antes de nacer donde querríamos hacerlo, elegiríamos sin duda un paraíso: buena familia, buena casa, buena ciudad, un hermoso país…, un lugar sin odios, sin dolor, sin pena, sin miserias, sin pobreza. Un lugar donde ser felices, en el que poder ser uno mismo, querido por ser uno mismo, respetado, acogido, valorado, amado por sí y en sí mismo.

El Cristo nacido entre nosotros, en su peregrinar entre nosotros, entre nuestras miserias, en el paraíso roto y caído, nos muestra el paraíso del reino de los bienaventurados, el de los felices y dichosos, caminando entre el asombro de los suyos, la incomprensión de otros, el miedo de los poderosos.

Es bueno que junto a Él, en nuestro propio peregrinaje y caminar en la búsqueda del reino, en el que necesitamos convertir nuestra soberbia y egoísmo en bienaventuranza, sepamos retirarnos y hacer un alto, y en el desierto, junto a Él, en la soledad del alma, sin prisas, agobios, ansiedad…, guardando distancia del pecado (envidias, celos, desconfianzas, soberbia, prepotencia, envidias…), dispongamos nuestro corazón para retomar el camino ya andado y hacerlo otra vez nuevo, proyectado al paraíso, a la felicidad y a la dicha bienaventurada.

Ayer Navidad, hoy tiempo para la soledad. Ayer polvorón y mazapán, hoy ayuno y abstinencia. Momento para el desierto en el que reencontrarnos a nosotros mismos, para que busquemos y pongamos ante nuestros ojos y corazones a los hombres y mujeres tendidos, caídos o perdidos, a aquellos que desechados y descartados siguen viviendo en la esperanza de una vida mejor y que en ella se convierten en felices y bienaventurados, empujados de nuevo al camino del paraíso por todos anhelado.

En el camino de la vida, en el que siempre esperamos una cota mejor, hemos de saber pararnos, retomar el plano y la brújula y reorientar la senda para no perder la meta en el horizonte. Detenernos y beber agua, tomar alimento y recobrar la energía y la fuerza necesaria para poder seguir caminando y poder reconocer y recoger a los hermanos caídos, desorientados o perdidos.

Nuestro ayuno y abstinencia, en el desierto interior, se convierten en acción solidaria con aquellos que sufren y que menos tienen, y nos enseña a prescindir de lo superfluo e innecesario para el camino, y andar, junto a ellos, hacia el paraíso, en el que encontraremos a su lado, superada ya su pobreza y por supuesto la nuestra, la verdadera felicidad. 

Francisco José Bravo Castrillo
Delegado de Caritas Castrense

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