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XVI Encuentro de Delegados de Catequesis de la CEE

El pasado martes 27 de abril, ha tenido lugar, de forma telemática, el XVI Encuentro de Delegados y Responsables Diocesanos de Catecumenado de la CEE. Bajo el lema "El catecumenado: Niños no bautizados en edad catequética", los 42 asistentes – también nuestro Delegado de la Diócesis Castrense –  han podido participar de las ponencias que corrieron a cargo de los expertos en el área de catecumenado D. Jesús Úbeda, D. Felip Juli Rodríguez Piñel y D. Francisco Julián Romero Galván.

El último fin de semana del mes de abril tuvo lugar la visita del Arzobispo Castrense de los Estados Unidos, D. Timothy Broglio, a la Base Aérea de Morón. El Arzobispo fue recibido a su llegada por el Coronel Jefe de la Base Aérea de Morón y ALA 11 y por el Jefe del 496 Escuadrón de la Fuerza Aérea Estadounidense.

Celebración de Nuestra Señora del Buen Consejo

Patrona del Cuerpo Militar de Intervención

 En la jornada de ayer se celebró la Patrona del Cuerpo Militar de Intervención, Nuestra Señora del Buen Consejo en el ámbito de la Academia Central de la Defensa, centro de enseñanza donde el cuerpo se forma y que se erige hoy como referente para todos los interventores.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy (cf. Mateo 4, 12-23) nos presenta el comienzo de la misión pública de Jesús. Esto ocurrió en Galilea, un área periférica con respecto a Jerusalén, y a la que se miraba con recelo por su mezcla con los paganos. Nada bueno ni nuevo se esperaba de esa región; en cambio, fue allí donde Jesús, que había crecido en Nazaret de Galilea, comenzó su predicación.

Proclama el núcleo de su enseñanza resumido en el llamamiento: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos está cerca» (v. 17). Esta proclamación es como un poderoso rayo de luz que atraviesa la oscuridad y penetra la niebla, y evoca la profecía de Isaías que se lee en la noche de Navidad: «El pueblo que andaba a oscuras vio una luz intensa. Sobre los que vivían en tierra de sombras brilló una luz» (9, 1). Con la venida de Jesús, luz del mundo, Dios Padre mostró a la humanidad su cercanía y amistad. Nos las dio libremente más allá de nuestros méritos. La cercanía y la amistad de Dios no son mérito nuestro: son un don gratuito de Dios. Debemos cuidar este don.

La llamada a la conversión, que Jesús dirige a todos los hombres de buena voluntad, se comprende plenamente a la luz del acontecimiento de la manifestación del Hijo de Dios, sobre el que hemos meditado los últimos domingos. Muchas veces es imposible cambiar de vida, abandonar el camino del egoísmo, del mal, abandonar el camino del pecado porque el compromiso de conversión se centra sólo en uno mismo y en las propias fuerzas, y no en Cristo y su Espíritu. Pero nuestra fidelidad al Señor no puede reducirse a un esfuerzo personal, no. Creer esto también sería un pecado de soberbia. Nuestra fidelidad al Señor no puede reducirse a un esfuerzo personal, sino que debe expresarse en una apertura confiada de corazón y mente para recibir la Buena Nueva de Jesús. ¡Es esto – la Palabra de Jesús, la Buena Nueva de Jesús, el Evangelio – lo que cambia el mundo y los corazones! Estamos llamados, por lo tanto, a confiar en la palabra de Cristo, a abrirnos a la misericordia del Padre y a dejarnos transformar por la gracia del Espíritu Santo.

Aquí es donde comienza el verdadero camino de la conversión. Justamente como sucedió con los primeros discípulos: el encuentro con el divino Maestro, con su mirada, con su palabra, les dio el impulso para seguirlo, para cambiar su vida concretamente sirviendo al Reino de Dios.

El encuentro sorprendente y decisivo con Jesús inició el camino de los discípulos, transformándolos en anunciadores y testigos del amor de Dios por su pueblo. Siguiendo el ejemplo de estos primeros anunciadores y mensajeros de la Palabra de Dios, que cada uno de nosotros pueda moverse sobre las huellas del Salvador, para ofrecer esperanza a los que tienen sed de ella.

Que la Virgen María, a quien nos dirigimos en esta oración del Ángelus, sostenga estas intenciones y las confirme con su intercesión materna.


Después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Hoy celebramos por primera vez el domingo de la Palabra de Dios, establecido para celebrar y acoger cada vez mejor el don que Dios nos ha dado y da cada día de su Palabra a su Pueblo. Agradezco a las Diócesis, agradezco a las comunidades que han propuesto iniciativas para recordar la centralidad de la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia.

Mañana se cumple el 75º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Ante esta inmensa tragedia, esta atrocidad, no se puede aceptar la indiferencia y tenemos la obligación de recordar. Mañana todos estamos invitados a tener un momento de oración y de recogimiento, cada uno repitiendo en su corazón: ¡nunca más, nunca más!

Hoy se celebra el Día Mundial contra la Lepra. Estamos cerca de todas las personas que padecen esta enfermedad y de aquellos que cuidan de los enfermos de diferentes maneras.

También quiero estar cerca y rezar por las personas que están enfermas a causa del virus que se ha propagado en China. Que el Señor acoja a los muertos en su paz, reconforte a sus familias y apoye el gran compromiso de la comunidad china, que ya se ha puesto en marcha para combatir la epidemia.

Saludo a todos vosotros que habéis venido de Italia y de diferentes países, especialmente a los peregrinos de Valencia, Salamanca, Burgos, Santander y Valladolid; a los estudiantes y educadores de Murcia, Cuenca, Badajoz y a los de Panamá.

Saludo a los fieles de Tursi y al grupo UNITALSI de Lacio, que facilita la participación de los discapacitados en las audiencias generales y en el Ángelus, y que hoy distribuye el Misal con la Palabra de Dios de cada día.

Acaban de llegar los compañeros [dos chicos de Acción Católica de Roma junto al Papa]. Saludo con afecto a los chicos y chicas de Acción Católica, de las parroquias y escuelas católicas de la Diócesis de Roma. También este año, acompañados por el Obispo Auxiliar Mons. Selvadagi, vuestros padres y educadores y los sacerdotes asistentes, habéis venido en gran número para concluir la “Caravana de la Paz”. Os agradezco esta iniciativa. Y ahora escuchemos juntos el mensaje que vuestros amigos, aquí a mi lado, nos leerán.

Os deseo a todos un buen domingo. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Qué tengáis un buen almuerzo y hasta pronto!

La pandemia continúa provocando situaciones de necesidad en la sociedad.

Por este motivo Cáritas Parroquial Castrense de Valencia y Castellón ha vuelto a pedir mediante una campaña dirigida a los todas las personas, feligreses, voluntarios y colaboradores, una nueva muestra de solidaridad para poder apoyar a los más afectados por esta crisis social que está provocando la pandemia de la COVID-19.

En la Escuela de Guerra del Ejército y vía online

Robles: “Este año no lo olvidaremos nunca, se ha escrito una página de la historia de España con mucho dolor, y también con mucho orgullo”

Imposición de la Medalla Balmis a 24 militares y civiles de Defensa que participaron en la misión

La ministra de Defensa, Margarita Robles, ha presidido esta mañana en la Escuela de Guerra un solemne acto de homenaje a las 27 víctimas del COVID-19 de las Fuerzas Armadas con motivo de la conmemoración del 1º aniversario de las operaciones militares de lucha contra la pandemia, entre las cuales recordamos a nuestro querido Arzobispo Castrense de España, D. Juan del Río Martín.  

La Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas acogió en la mañana de hoy la Santa Misa presidida por el Ordinario Castrense de España, D. Carlos Jesús Montes Herreros, en honor de San Hermenegildo, patrón de los veteranos militares y de la Guardia Civil.

Jesús resucitado se aparece a los discípulos varias veces. Consuela con paciencia sus corazones desanimados. De este modo realiza, después de su resurrección, la “resurrección de los discípulos”. Y ellos, reanimados por Jesús, cambian de vida. Antes, tantas palabras y tantos ejemplos del Señor no habían logrado transformarlos. Ahora, en Pascua, sucede algo nuevo. Y se lleva a cabo en el signo de la misericordia. Jesús los vuelve a levantar con la misericordia ―los vuelve a levantar con la misericordia― y ellos, misericordiados, se vuelven misericordiosos. Es muy difícil ser misericordioso si uno de se da cuenta de ser miseridocordiado.

1. Ante todo, son misericordiados por medio de tres dones: primero Jesús les ofrece la paz, después el Espíritu, y finalmente las llagas. En primer lugar, les da la paz. Los discípulos estaban angustiados. Se habían encerrado en casa por temor, por miedo a ser arrestados y correr la misma suerte del Maestro. Pero no sólo estaban encerrados en casa, también estaban encerrados en sus remordimientos. Habían abandonado y negado a Jesús. Se sentían incapaces, buenos para nada, inadecuados. Jesús llega y les repite dos veces: «¡La paz esté con ustedes!». No da una paz que quita los problemas del medio, sino una paz que infunde confianza dentro. No es una paz exterior, sino la paz del corazón. Dice: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes» (Jn 20,21). Es como si dijera: “Los mando porque creo en ustedes”. Aquellos discípulos desalentados son reconciliados consigo mismos. La paz de Jesús los hace pasar del remordimiento a la misión. En efecto, la paz de Jesús suscita la misión. No es tranquilidad, no es comodidad, es salir de sí mismo. La paz de Jesús libera de las cerrazones que paralizan, rompe las cadenas que aprisionan el corazón. Y los discípulos se sienten misericordiados: sienten que Dios no los condena, no los humilla, sino que cree en ellos. Sí, cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos. “Nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos” (cf. S. J.H. Newman, Meditaciones y devociones, III,12,2). Para Dios ninguno es un incompetente, ninguno es inútil, ninguno está excluido. Jesús hoy repite una vez más: “Paz a ti, que eres valioso a mis ojos. Paz a ti, que tienes una misión. Nadie puede realizarla en tu lugar. Eres insustituible. Y Yo creo en ti”.

En segundo lugar, Jesús misericordia a los discípulos dándoles el Espíritu Santo. Lo otorga para la remisión de los pecados (cf. vv. 22-23). Los discípulos eran culpables, habían huido abandonando al Maestro. Y el pecado atormenta, el mal tiene su precio. Siempre tenemos presente nuestro pecado, dice el Salmo (cf. 51,5). Solos no podemos borrarlo. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas. Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar, decir desde lo profundo del corazón: “Perdón Señor”. Abrir el corazón para dejarse perdonar. El perdón en el Espíritu Santo es el don pascual para resurgir interiormente. Pidamos la gracia de acogerlo, de abrazar el Sacramento del perdón. Y de comprender que en el centro de la Confesión no estamos nosotros con nuestros pecados, sino Dios con su misericordia. No nos confesamos para hundirnos, sino para dejarnos levantar. Lo necesitamos mucho, todos. Lo necesitamos, así como los niños pequeños, todas las veces que caen, necesitan que el papá los vuelva a levantar. También nosotros caemos con frecuencia. Y la mano del Padre está lista para volver a ponernos en pie y hacer que sigamos adelante. Esta mano segura y confiable es la Confesión. Es el Sacramento que vuelve a levantarnos, que no nos deja tirados, llorando contra el duro suelo de nuestras caídas. Es el Sacramento de la resurrección, es misericordia pura. Y el que recibe las confesiones debe hacer sentir la dulzura de la misericordia. Este es el camino de los sacerdotes que reciben las confesiones de la gente: hacerles sentir la dulzura de la misericordia de Jesús que perdona todo. Dios perdona todo.

Después de la paz que rehabilita y el perdón que realza, el tercer don con el que Jesús misericordia a los discípulos es ofrecerles sus llagas. Esas llagas nos han curado (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Las llagas son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia. Adorando, besando sus llagas descubrimos que cada una de nuestras debilidades es acogida en su ternura. Esto sucede en cada Misa, donde Jesús nos ofrece su cuerpo llagado y resucitado; lo tocamos y Él toca nuestra vida. Y hace descender el Cielo en nosotros. El resplandor de sus llagas disipa la oscuridad que nosotros llevamos dentro. Y nosotros, como Tomás, encontramos a Dios, lo descubrimos íntimo y cercano, y conmovidos le decimos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Y todo nace aquí, en la gracia de ser misericordiados. Aquí comienza el camino cristiano. En cambio, si nos apoyamos en nuestras capacidades, en la eficacia de nuestras estructuras y proyectos, no iremos lejos. Sólo si acogemos el amor de Dios podremos dar algo nuevo al mundo.

2. Así, misericordiados, los discípulos se volvieron misericordiosos. Lo vemos en la primera Lectura. Los Hechos de los Apóstoles relatan que «nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común» (4,32). No es comunismo, es cristianismo en estado puro. Y es mucho más sorprendente si pensamos que esos mismos discípulos poco tiempo antes habían discutido sobre recompensas y honores, sobre quién era el más grande entre ellos (cf. Mc 10,37; Lc 22,24). Ahora comparten todo, tienen «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). ¿Cómo cambiaron tanto? Vieron en los demás la misma misericordia que había transformado sus vidas. Descubrieron que tenían en común la misión, que tenían en común el perdón y el Cuerpo de Jesús; compartir los bienes terrenos resultó una consecuencia natural. El texto dice después que «no había ningún necesitado entre ellos» (v. 34). Sus temores se habían desvanecido tocando las llagas del Señor, ahora no tienen miedo de curar las llagas de los necesitados. Porque allí ven a Jesús. Porque allí está Jesús, en las llagas de los necesitados.

Hermana, hermano, ¿quieres una prueba de que Dios ha tocado tu vida? Comprueba si te inclinas ante las heridas de los demás. Hoy es el día para preguntarnos: “Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, que tantas veces recibí su perdón y su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás? Yo, que tantas veces me he alimentado con el Cuerpo de Jesús, ¿qué hago para dar de comer al pobre?”. No permanezcamos indiferentes. No vivamos una fe a medias, que recibe pero no da, que acoge el don pero no se hace don. Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos. Porque si el amor termina en nosotros mismos, la fe se seca en un intimismo estéril. Sin los otros se vuelve desencarnada. Sin las obras de misericordia muere (cf. St 2,17). Hermanos, hermanas, dejémonos resucitar por la paz, el perdón y las llagas de Jesús misericordioso. Y pidamos la gracia de convertirnos en testigos de misericordia. Sólo así la fe estará viva. Y la vida será unificada. Sólo así anunciaremos el Evangelio de Dios, que es Evangelio de misericordia.

La campaña Alas de Solidaridad, organizada por el Mando Aéreo de Canarias, finalizó el pasado 7 de abril con la entrega de los alimentos donados a Cáritas Diocesana de Canarias, en sus instalaciones ubicadas en la Av. de Escaleritas, en Las Palmas de Gran Canaria.

La campaña se desarrolló entre todas las unidades del Ejército del Aire ubicadas en Gran Canaria, con el eslogan: “Tu colaboración por pequeña que la consideres hará grande esta campaña.”

​Los lazos de unión entre el personal de este Mando Aéreo y la sociedad Canaria quedo de manifiesto con el éxito de la campaña.

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Ayer Jueves Santo  presidió la celebración litúrgica D. Carlos Jesús Montes Herreros, titular de la jurisdicción castrense.

Condicionados por la situación de pandemia actual y siguiendo las medidas de prevención señaladas por las autoridades sanitarias se ha iniciado el Triduo Pascual en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas. D. Carlos Jesús inició su homilía agradeciendo a los alabarderos su presencia, facilitando a los asistentes la veneración a la imagen del Cristo de la Fe, titular de su Real Congregación y colaborando con el control en los accesos al templo, en uno de los días más grandes del año. 

El Ordinario Castrense señaló que en esta fiesta de la última cena se celebran tres acontecimientos de modo particular: la institución del sacerdocio, la institución de la Eucaristía, y el día del amor fraterno, por eso de modo especial acompañamos hoy a Nuestro Señor en el monumento, que no nos pueda decir Jesús como a sus discípulos, que no hemos sido capaces de acompañarlos una hora.

Por las limitaciones actuales no se ha podido hacer el lavatorio de los pies, signo en que Cristo muestra que vino a servir y no a ser servido, destacando la importancia de su humildad y entrega. Finalizada la liturgia eucarística se trasladó el santísimo sacramento al monumento para ser acompañado por las personas que lo deseen. Finalizando el día con la Hora Santa dirigida por los seminaristas castrenses.

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Causa Padre Huidobro

Estampita Padre Huidobro

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